Cuando Alfonso López-Chau sugiere que Víctor Polay Campos y el MRTA fueron “solamente un grupo de rebeldes”, o ubica a Abimael Guzmán en una categoría narrativa similar a la de Haya de la Torre al denominarlo “líder”, no se trata únicamente de una imprecisión histórica ni de un inmoral juicio de valor. Estas afirmaciones constituyen la manifestación de un marco interpretativo específico desde el cual la violencia política deja de ser entendida como el resultado de decisiones individuales y organizacionales, para ser reinterpretada como una consecuencia de dinámicas estructurales.
En ese sentido, la violencia deja de ser atribuida a quienes la ejercieron y pasa a explicarse como reacción frente a supuestas condiciones sistémicas preexistentes. En este esquema, la agencia individual se diluye en favor de una narrativa donde las “estructuras” —consideradas como herencias históricas— operan como causas determinantes del conflicto.
Pero ojo con algo, dicho marco no emerge de manera espontánea, por el contrario, encuentra sustento en una tradición intelectual que, en el ámbito político, ha sido articulada por Carlo Magno Salcedo de Ahora Nación, quien opera como el “secretario nacional de construcción narrativa e ideológica” de la organización presidida por Alfonso López-Chau.
Bajo la ideología de Ahora Nación, los problemas se vuelven de corte estructural. Esta visión implica riesgos. Pues cuando fenómenos como pobreza o desigualdad son interpretados mediante la identificación de culpables históricos permanentes —ya sean élites, herencias coloniales u otros actores abstractos— el análisis llega a derivar siempre en la construcción de antagonismos políticos, enemigos gaseosos fácil de señalar y agrupar, dejando atrás cualquier atisbo de explicación verificable.
Esta perspectiva, que Salcedo recoge de alguna forma del historiador socialista Nelson Manrique, parte de la premisa de que la violencia política debe entenderse como una manifestación de desigualdades estructurales y no como una criminalidad autónoma del presente y su contexto vigente.
La controversia no tendría que limitarse al contenido puntual de ciertas declaraciones reprochables e indignantes, por supuesto, sino al marco interpretativo que las sostiene. Más que errores de información, que, si las son, estas posturas reflejan una visión ideológica, he ahí el verdadero problema.
La ignorancia se puede curar, la ideología no.
