El martes pasado, Perú vacó al presidente Jerí. Un día está, al siguiente ya no. Y con eso el país vuelve a sentir esa sensación rara de vivir en una república que no termina de cuajar. El cargo más alto se ha vuelto pasajero, provisional, reemplazable. Ya no sabemos si contamos presidentes por quinquenio o por temporada. Y cuando un país deja de contar con precisión es porque algo se rompió en el peso simbólico del poder.
Lo más inquietante es que esto no suena nuevo. Suena viejo. Suena a los primeros años de la independencia. Coincidentemente, estuve leyendo el libro de Natalia Sobrevilla sobre Ramón Castilla y recordé que entre 1826 y 1845 el Perú fue una república que caminaba con el piso flojo. Había Constituciones, había congresos, había discursos y juramentos. Pero el poder real se movía por otro lado: pronunciamientos, lealtades militares, caudillos regionales, montoneras o milicias, pactos de ocasión. Se gobernaba con bayoneta y se “ordenaba” después, cuando ya estaba hecho el daño. Los cambios eran traumáticos y visibles. Se escuchaban. Se temían. Se cobraban en sangre.
Hoy, el Perú cambió de herramienta, pero no necesariamente de resultado. Ya no se entra a Palacio con fusil. Se entra con votos, mociones, reglamentos, interpretaciones, reformas a la medida. La violencia directa ya no es el camino principal del cambio, pero el efecto se parece demasiado: crisis permanente, desconfianza, reglas que pierden peso y un país que vive en modo provisional.
Con esa idea en la cabeza, imaginemos que Ramón Castilla vuelve. No como estatua ni como nombre de avenida, sino como personaje vivo, caminando por Lima, mirando y preguntando.
Castilla antes del viaje
A Castilla no lo fabricó un escritorio. Lo fabricó el Perú áspero, ese Perú que todavía no terminaba de convertirse en Estado. Fue militar, sí, pero también fue un organizador. No fue un santo ni un mago, pero entendió algo básico: un país sin reglas compartidas se vuelve pelea eterna. Y un país con pelea eterna no progresa, solo gira en círculos.
Castilla tenía experiencia con un Perú partido de verdad. No “polarizado” por redes, sino quebrado, con décadas de guerra civil, levantamientos, traiciones, pactos rotos, cambios de mando por la fuerza. Él vio lo que pasa cuando cada bando se inventa su propio Perú, su propia historia y su propia legitimidad. Por eso, su mirada pesa. No viene a dar clases, viene a detectar patrones.
El regreso a la Lima del 2016-2026
Castilla aparece en el Centro de Lima. Mira la ciudad moderna, los edificios más altos, la gente más apurada, los celulares en la mano, los vendedores con QR. Y lanza la pregunta que siempre revela la salud de un país: “Quién manda ahora.”
La respuesta que recibe lo deja frío: “depende del día”.
Eso, para alguien que vivió la anarquía temprana de la república, suena familiar. En el siglo XIX el poder cambiaba porque alguien lo arrancaba con fuerza. En el siglo XXI cambia porque el sistema se acostumbró a que nadie dura, a que todo es transacción, a que la política dejó de ser proyecto y se volvió supervivencia.
Castilla ve el titular de la vacancia de Jerí y entiende el punto: no es Jerí. Es el ciclo. Si el país vive vacando, censurando, renunciando, reemplazando, entonces el Estado nunca termina de ejecutar nada grande. Todo queda a medias. Todo se resetea. Todo se posterga. Y en ese permanente “después lo vemos”, el Perú se acostumbra a vivir sin horizonte.
1826-1845: el Perú del atajo violento
Castilla recuerda los años de la primera república como se recuerda una fiebre larga: no por un evento, sino por el patrón. Entre 1826 y 1845 la política se parecía a una guerra por turnos. Había debate, sí. Había instituciones, sí. Pero cuando el debate no convenía, entraba el atajo: el cuartel, la milicia, el pronunciamiento. Era brutal, pero era directo. Cuando se rompía el orden, se notaba. Hoy, Castilla percibe algo peor: el orden se rompe sin hacer ruido. Se rompe con formalidades. Se rompe “bien vestido”.
El nuevo atajo: vaciar instituciones desde adentro
Castilla llega al Congreso y lo mira con una intuición que no se aprende en libros: la intuición del que sabe cómo se captura el poder. Siente que está viendo un cuartel moderno, solo que con terno, protocolo y micrófonos. En su época se tomaba el poder desde afuera, rompiendo el sistema. En esta época se toma desde adentro, desgastándolo. No necesitas cerrar una institución, basta con debilitarla. No necesitas destruir un contrapeso, basta con capturarlo por cuotas. No necesitas decir “me quedo con el país”, basta con hacer que las reglas se acomoden a tus intereses y que el resto se canse.
Y la trampa moderna es esta: todo parece formal. Todo tiene procedimiento. Todo tiene actas. Todo tiene votos. Pero el sistema pierde espíritu. La ley deja de ser límite y empieza a sentirse como herramienta. El Estado deja de parecer una casa común y empieza a parecer un edificio repartido por pisos. Castilla entiende que la erosión institucional es un tipo de violencia lenta. No deja la imagen inmediata del fusil, pero deja algo igual de grave: instituciones frágiles justo cuando más se necesitan.
La educación como fábrica de desconfianza
En el viaje, Castilla entra a un colegio y escucha una clase de historia. Y ahí se le prende una alarma distinta. No por nostalgia, sino por preocupación.
Escucha una mezcla peligrosa: crítica necesaria, sí, pero también relativismo fácil. Todo es “versión”, todo es “depende”, todo es “narrativa”. Y el Estado aparece como villano abstracto, como si la república fuera un abuso en sí mismo.
Castilla no diría que la historia se enseña para adorar. Castilla diría que la historia se enseña para entender. Pero también diría algo incómodo: un país no se une con medias verdades.
Si a una generación le enseñas que nada es sólido, terminas erosionando lo único que sostiene la convivencia: la idea de un piso común. Y cuando se erosiona ese piso común, aparecen los cuestionamientos mal planteados sobre la función de la policía y de las fuerzas armadas. Un país serio puede fiscalizar a la policía, exigir resultados, sancionar abusos. Un país serio puede pedir profesionalismo a sus fuerzas armadas y claridad en su rol. Pero un país que educa desde la deslegitimación total se acerca al abismo, porque el orden interno no se sostiene con slogans, se sostiene con instituciones que la gente reconoce como necesarias.
Castilla, con treinta años de guerra civil encima, lo diría “sin filtro”: cuando se rompe el piso común, primero se rompe el respeto por la ley, luego se rompe la convivencia, y después ya es tarde para pedir calma.
El cierre: del fusil a la erosión, mismo daño
La vacancia de Jerí sirve como puerta de entrada porque muestra el fondo del problema: cambiamos la herramienta del golpe, pero no superamos la lógica del atajo. Antes el atajo era el fusil. Hoy el atajo es la erosión institucional. Diferente método, mismo daño: inestabilidad, desconfianza, Estado frágil.
Si el Perú quiere salir del ciclo 2016-2026, no basta con cambiar nombres ni con inventar salvadores cada elección. Hay que volver a respetar límites. Y el límite central, hoy, se llama Constitución del 93.
Se puede discutir. Se puede mejorar con seriedad, con consenso, sin trampas. Pero no se puede manosear, ni reinterpretar según la conveniencia del mes, ni convertir en plastilina para acomodar intereses. La Constitución del 93 es la baranda. Si se respeta, hay reglas, hay contrapesos, hay estabilidad mínima para construir. Si se dobla por cálculo, el país regresa al Perú de 1826-1845, solo que sin caballos y sin pólvora, pero con el mismo desgaste y el mismo final: un Estado que no se consolida y una república que se vuelve repartija.
Castilla lo entendería al instante. Y la pregunta, al final, no es histórica. Es actual: queremos un país con reglas, o queremos seguir cambiando de presidente como quien cambia de canal, mientras el Perú real, el que trabaja y sobrevive, paga la cuenta.
