Escrito por 10:28 Opinión

Autoridad en tiempos de fatiga, por Tony Tafur

Hay momentos en la historia en que el mundo deja de fingir que la diplomacia basta. El ataque contra Irán y la eliminación del ayatolá no son un episodio más en la crónica geopolítica; son la confirmación de que la era del equilibrio retórico ha terminado. Durante años, la teocracia iraní sostuvo un régimen que reprimió mujeres, aplastó disidencias y exportó inestabilidad bajo el paraguas de una legitimidad formal. El derecho internacional, invocado con solemnidad en foros y comunicados, no logró modificar esa realidad. Cuando finalmente cayó el vértice del sistema, no cayó un humanista incomprendido. Cayó el símbolo de una estructura que confundió fe con poder y disciplina con miedo.

Donald Trump ha entendido algo que muchos líderes occidentales prefirieron maquillar: el orden no se negocia eternamente. Se impone o se pierde. Su estilo no es el del consenso interminable ni el del comunicado diplomático cuidadosamente neutro. Es el de la acción directa, la decisión que asume el costo político y la crítica internacional sin pestañear. Ese carácter, que irrita a las élites globales acostumbradas al ritual del matiz, conecta con una demanda profunda: la necesidad de autoridad en un mundo donde la impunidad comenzó a parecer sofisticación jurídica.

No se trata de aplaudir la guerra como espectáculo ni de celebrar la fuerza como fin en sí mismo. Se trata de reconocer que el poder existe y que, cuando abdica, otros lo ocupan sin escrúpulos. Durante demasiado tiempo, el discurso internacional confundió prudencia con parálisis. Y la parálisis tiene consecuencias: dictaduras que se consolidan, narcotráficos que se expanden, regímenes que aprenden a manipular el lenguaje de los derechos humanos mientras vulneran los derechos más básicos dentro de sus fronteras. Trump ha decidido romper ese ciclo con una premisa sencilla: si el derecho internacional se convierte en refugio de tiranos, deja de cumplir su función moral.

Ese gesto, sin embargo, no es solo una decisión estratégica; es también una narrativa política. Trump no actúa únicamente para neutralizar amenazas. Actúa para reinstalar una idea de liderazgo. La idea de que el poder democrático no tiene por qué comportarse con complejo de culpa frente a regímenes que no comparten ninguna regla. La idea de que la autoridad puede ejercerse sin pedir disculpas. Y esa narrativa, guste o no, seduce. Seduce porque la incertidumbre cansa. Seduce porque la debilidad institucional produce hastío. Seduce porque el ciudadano común, en cualquier país, no vota por equilibrios abstractos, sino por certezas concretas.

Aquí es donde la reflexión se vuelve urgente para el Perú, en pleno año electoral. El país atraviesa una fatiga acumulada: inseguridad cotidiana, economías informales capturadas por mafias, un Estado que llega tarde o no llega. En ese contexto, la promesa de “poner orden” deja de ser una consigna ideológica y se convierte en un deseo casi visceral. El votante no quiere más diagnósticos; quiere resultados. No quiere más debates procesales; quiere que alguien se haga cargo. Y cuando observa a un líder que actúa sin titubeos frente a enemigos claros, inevitablemente se pregunta por qué en casa todo parece eternamente provisional.

El problema no es aspirar al orden. El problema es olvidar que el orden sostenible no depende solo de la voluntad de un hombre, sino de la arquitectura que lo contiene. Estados Unidos puede absorber liderazgos de choque porque sus contrapesos son reales y antiguos. El Perú, en cambio, ha demostrado que cuando el poder se concentra sin controles sólidos, termina debilitando lo poco que aún funciona. Nuestra historia no está marcada por excesos de autoridad virtuosa, sino por la tentación recurrente de confundir firmeza con licencia.

Trump encarna una respuesta a su tiempo: decisión frente al caos, fuerza frente a la amenaza, claridad frente a la ambigüedad diplomática. Esa respuesta puede ser eficaz en determinados escenarios internacionales. Pero trasladar el formato sin analizar el contexto sería un error. El liderazgo de choque requiere instituciones capaces de resistirlo y ordenarlo. Sin esa base, la energía que promete restaurar la república puede terminar erosionándola.

La discusión, entonces, no es moralista ni sentimental. No se trata de condenar la acción por principio ni de glorificarla sin examen. Se trata de entender que el mundo atraviesa una transición donde el poder vuelve a exhibirse sin pudor, y donde las democracias deberán decidir si pueden ejercer autoridad sin renunciar a sus propios límites. El Perú enfrenta esa decisión en las urnas. Necesita orden, sí. Necesita autoridad, sin duda. Pero sobre todo necesita la lucidez para distinguir entre liderazgo y atajo, entre firmeza y arbitrariedad, entre la épica de la decisión y la paciencia institucional que convierte una acción en política de Estado.

Porque poner orden puede ser un acto necesario. Sostenerlo sin destruir el equilibrio que lo legitima es el verdadero desafío. Y esa es la medida con la que habrá que juzgar no solo a los líderes extranjeros que marcan el ritmo del mundo, sino a quienes, aquí, prometen imitar su pulso.

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Etiquetas: , , , , , , , Last modified: 1 de marzo de 2026
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