Escrito por 19:14 Opinión

Hasta quemar el último cartucho, por Alfredo Gildemeister

“Rápidamente nos ubicamos en la línea de defensa. Al lado de Bolognesi y Moore se ubicaron el teniente coronel Manuel de la Torre y Roque. Alfonso seguía montado en Marengo, galopando de un lado a otro, ordenando y arengando a los hombres que quedaban del Iquique y a todos los demás, a fin de formar una última línea de defensa lo más sólida posible. A nuestras espaldas teníamos las baterías del morro, con sus artilleros dispuestos a luchar hasta el final, luego el abismo y el mar. Me coloqué al lado de Roque, cargué por última vez mi revólver y me encomendé a la Virgen del Carmen. Vi al coronel Bolognesi recargar por última vez su revólver. Me miró y me hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y me dijo en voz alta: «¡Bien, muchacho! ¡Tu padre estará orgulloso!» Fueron las últimas palabras que me diría y que nunca olvidaré. Miré al cielo. El sol aparecía con toda su luminosidad. Comenté como para mí: «Amanece en Arica… moriré en el morro». No hubo tiempo para más.

Al ver nuestra última línea de defensa, la masa de soldados chilenos que se nos venía se detuvo por unos segundos. Los de adelante, unos treinta o cuarenta hombres aproximadamente, se arrodillaron y se aprestaron a disparar una descarga. Apunté mi revólver contra ellos y en ese momento escuché un estruendo. Fue la descarga cerrada que nos dispararon. Sentí un ligero golpe y un terrible ardor en mi hombro izquierdo. Cuando la humareda despejó un poco, me percaté que varios a mi lado habían caído y otros estaban heridos. Me palpé el hombro y me percaté que una bala me lo había atravesado. A un par de metros de mi puesto puede ver al coronel Bolognesi, herido, tendido en el suelo. A su lado yacía muerto el capitán Moore. A Bolognesi le sangraba el pecho por una herida de bala. Apoyado en su codo izquierdo, con el brazo derecho extendido, apuntó y comenzó a disparar al enemigo que se lanzó a la carga contra nosotros. No hubo tiempo para nada, ni para curar heridas ni para pensar. Los chilenos se nos vinieron con todo. Era la hora final.

La pelea fue cruenta y sin cuartel. La herida que tenía en el hombro me sangraba bastante pero como si no existiera. Disparé mis últimos cinco tiros y como ya no tenía municiones les arrojé el revólver y tomé el fusil de un soldado chileno muerto a mis pies. No paraba de atacar a todo chileno que se me acercaba y a la vez esquivaba sus temibles bayonetas y corvos. A mi lado un soldado peruano, luchando salvajemente, ensartó increíblemente con su bayoneta a dos soldados chilenos a la vez, hasta que, ante la arremetida de cuatro chilenos, cayó atravesado dando vivas al Perú. Unos pasos más allá, el teniente del Tarapacá, Benigno Cornejo, luchaba contra dos soldados chilenos hasta que cayó atravesado por las bayonetas. Yo estaba rodeado de chilenos a los cuales mantenía a raya con el fusil y la bayoneta, Los brazos me pesaban cada vez más y empezaban a dolerme, especialmente el brazo izquierdo por la herida en el hombro y la pérdida de sangre. Todos luchábamos salvajemente dándolo todo por nuestra patria…

En ese momento vi nuevamente al coronel Bolognesi caído en tierra, que lentamente, tiro a tiro, continuaba disparando su revólver, herido, pero aún con vida. Utilizando el fusil a modo de lanza, se lo lancé a un soldado enemigo que se me venía encima, ensartándolo en el pecho. Desenvainé mi sable y empecé a dar mandobles a diestra y siniestra mientras retrocedía hacia las baterías. El coronel Bolognesi, pese a la herida que lo desangraba, peleaba como el que más. Entonces disparó su último tiro, su último cartucho, a un soldado enemigo que se le aproximaba para rematarlo con la bayoneta. En aquel instante, un soldado chileno a su espalda le pegó fuertemente con la culata de su fusil en la cabeza, destrozándole el cráneo. Mientras luchaba con un sargento chileno que trataba de atravesarme con su bayoneta, no pude dejar de mirar el cadáver de nuestro viejo y querido coronel, el hombre al que había llegado a querer como a un padre, tirado en medio de la soldadesca chilena. En medio del fragor del combate, pude apreciar como varios enemigos, sentaron en el suelo el cadáver, arrancándole salvajemente las charreteras y las botas, actuando como unas bestias llenas de odio y sin respeto alguno. Registrando sus bolsillos, uno de los soldados encontró en uno de los bolsillos, el librito de las Confesiones de San Agustín que el coronel siempre leía, y lo arrojó a un costado. Nuestro querido y viejo coronel había muerto luchando hasta disparar el último cartucho.

Sin embargo, los pocos que quedábamos, seguíamos peleando desesperadamente. Una fuerte explosión se sintió a mis espaldas. Nos percatamos los que quedábamos aun peleando que los últimos artilleros que quedaban con vida habían volado los polvorines y algunos de los cañones de las baterías del morro que aún quedaban operativos. Esto enfureció más a la soldadesca chilena que quería capturar a salvo nuestros cañones. La lucha se volvió más encarnizada. Tenía sangre en mi uniforme, en la cara, en mis manos y hasta sangre coagulada en los ojos, lo que me impedía ver con claridad. No sabía si era mía o de los enemigos que atravesaba con mi sable. Empezaba a ver nublado y el agotamiento me invadía. No quería desmayarme. Eran los momentos finales de la defensa del morro. Pude distinguir a Roque rodeado de chilenos y dando sablazos por doquier. Pude observar que su sable estaba medio doblado, mellado por todos lados. La herida de su brazo no paraba de sangrar. Cayó al suelo, clavando su sable en el suelo arenoso del morro, dispuesto a entregar su vida. Cuando dos soldados chilenos lo iban a rematar a bayonetazos, un oficial ordenó en voz alta: «Es el oficial argentino. Lo queremos prisionero». Lo maniataron con tosquedad, lo levantaron bruscamente del suelo y, primero a empujones y luego a rastras, se lo llevaron sin importarles su brazo herido y que era un oficial peruano. Miré a mi amigo por última vez perderse, arrastrado, en medio de la soldadesca chilena.

Los pocos que quedábamos con vida retrocedíamos paso a paso, vendiendo a sangre y fuego cada metro de terreno, luchando con lo que podíamos: a bayonetazos, con la culata del fusil ya descargado y hasta con las manos, ante la masa de soldados chilenos que nos fueron arrinconando contra las baterías destruidas y el mar. Reconocí al sargento del Tarapacá, Gerónimo Salamanca, peleando con un soldado chileno, ambos rodando por el suelo, cada uno intentando matar al otro, Salamanca con una bayoneta y el chileno con su corvo. Me percaté que el final de todo era inminente y mi muerte también, por lo que, entre jadeos y sablazos, recé en voz alta, jadeando, la jaculatoria que mi madre me enseñara de pequeño, preparando mi alma a Dios, mientras peleaba como un loco.

Entonces vi acercándose a lo lejos, entre la humareda y el polvo de la batalla, una bandera peruana flameando al viento, sostenida por alguien que se acercaba cabalgando, abriéndose paso entre la soldadesca chilena mientras ésta lo miraba con cierto asombro y sin atinar a dispararle. Era Alfonso a pleno galope, con nuestra bandera en su mano derecha. Pasó a mi lado, abriéndose paso con todo, montando parado en los estribos de su caballo blanco. Al pasar me miró cariñosamente por unos segundos, esbozando una leve sonrisa. Fue su despedida. Cabalgó derecho hacia el abismo, directo hacia el mar, desapareciendo en el vacío. Me quedé mirando hacia el mar. Varios soldados enemigos también se quedaron paralizados ante la valiente acción de Alfonso, mirándolo desaparecer. Sin embargo, la lucha iba llegando a su fin. Herido en el hombro y en el cuello, sentí que me desvanecía, sin dejar de dar sablazos hacia cualquier parte ya, las fuerzas me abandonaban, cerré mis ojos y, soltando el sable que ya no podía sostener, caí de rodillas disponiéndome a entregar mi alma a Dios. Perdí el conocimiento y caí desplomado a tierra.” (Gildemeister Ruiz Huidobro, Alfredo, “Amanece en Arica”, Grupo Editorial Estación La Cultura S.A.C., Lima, 2025, pp.328-333).

Así como Bolognesi y tantos otros dieron su vida por el Perú en Arica hace 146 años, hoy 7 de junio piensa en el futuro del Perú, en tu familia, en tus amigos, en tu gente, en un mejor futuro para todos los peruanos. Vota por la democracia. No hay alternativa. La propuesta de odio, violencia, estatismo, dictadura, chavismo puro fracasado de un grupete de fracasados comunistas, no es alternativa. Vota por Keiko Fujimori. Tus hijos y tus nietos te lo agradecerán. ¡Despierta Perú! ¡Arriba Perú!

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Alfredo Gildemeister

Alfredo Gildemeister

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Last modified: 9 de junio de 2026
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