América Latina parece estar entrando en una nueva etapa política. Tras varios años marcados por una fuerte presencia de rotundos fracasos de gobiernos de izquierda, la región empieza a mostrar un nuevo giro hacia sectores de derecha y centroderecha que prometen orden y crecimiento económico. Por ello, es cauto y sensato decir que poco a poco la región se esta destiñendo del rojo.
Y ojo que este fenómeno no es exclusivo del Perú. En Colombia, la victoria de Abelardo de la Espriella frente al sector representado por Iván Cepeda marca un nuevo escenario tras el cuestionado gobierno del ex guerrillero Gustavo Petro, que llegó al poder con la promesa de una gran transformación social, pero terminó con resultados atroces en materia de seguridad, economía y gobernabilidad.
El presidente que sostuvo por semanas que la cocaína era igual de nociva que el Whisky o que no dejaba que la DEA organice operaciones contra el narcotráfico, poco a poco se fue desfigurando para la población colombiana, la cual, en una victoria ajustada, como la peruana, le dijo de una vez por todas basta al proto marxismo de Cepeda.
En nuestro país, ocurre algo similar. Keiko Fujimori luego de tres derrotas consecutivas, finalmente logra el triunfo.
Pero este movimiento regional no es un hecho aislado. En Argentina, el triunfo de Javier Milei significó una ruptura con décadas de predominio del peronismo y una apuesta por un modelo de menor intervención estatal, reformas económicas profundas y reducción del tamaño del Estado. En Ecuador, el ascenso de Daniel Noboa mostró también una demanda ciudadana por seguridad y estabilidad frente al avance del crimen organizado y la crisis institucional. Mientras tanto, en Bolivia el desgaste del ciclo político iniciado por el Movimiento al Socialismo ha abierto una discusión sobre el futuro del modelo que dominó la política del país durante casi dos décadas, lo cual se concreto en el ascenso del representante de centroderecha, Rodrigo Paz Pereira.
El fin del Kirchnerismo y del MAS, son fruto de este péndulo que ahora vuelve a darle chances a la derecha de hacer las cosas bien de una buena vez.
Ahora bien, sería un error interpretar este cambio únicamente como una victoria ideológica de la derecha. La realidad es más compleja, dado que el votante es menos sofisticado. Muchos ciudadanos no están votando por etiquetas políticas, por no decir la mayoría, sino evaluando resultados concretos y castigando a quien los incumplió.
El elector promedio no necesariamente está pensando en debates entre izquierda y derecha; está pensando en si puede salir tranquilo a la calle, si consigue empleo, si los servicios públicos funcionan o si el Estado responde a sus demandas.
Cuando un gobierno promete ampliar el papel del Estado, como suelen hacerlo los izquierdistas, pero, a su vez, no logra mejorar la seguridad, la economía y la calidad de vida, aparece el famoso voto castigo.
La gran lección para toda la región es que ningún modelo tiene un cheque en blanco. La izquierda latinoamericana perdió apoyo en varios países porque muchas de sus promesas no se tradujeron en resultados suficientes y porque quedó asociada a crisis de gestión, corrupción o incapacidad para responder a los problemas urgentes de la población como la inflación en el caso argentino o la inseguridad en Colombia y Ecuador.
Pero el desafío de la derecha recién comienza. De nada sirve ganar una elección si, años después, el poder vuelve a manos del socialismo. La experiencia regional demuestra que llegar al gobierno no es suficiente, también hay que gobernar con resultados. Coherencia entre lo que se dice y hace.
Casos como los de Mauricio Macri en Argentina y Sebastián Piñera en Chile muestran cómo una centroderecha moderada, muchas veces temerosa de impulsar reformas profundas, terminó perdiendo apoyo ciudadano y facilitando el regreso de sus adversarios políticos izquierdistas.
Pero el problema no fue únicamente de la derecha tibia y políticamente correcta. También ocurrió con gobiernos más confrontacionales como el de Jair Bolsonaro, quien llegó con una fuerte promesa de cambio, pero terminó entregando nuevamente el poder a Luiz Inácio Lula da Silva tras una gestión marcada por malas decisiones durante la pandemia y una limitada capacidad para concretar reformas económicas estructurales vitales para cambiar el rumbo de Brasil.
La lección es clara: el electorado puede cambiar de rumbo rápidamente cuando un gobierno no cumple sus expectativas. No es un tema ideológico, es un tema de pragmatismo en función de la vivencia.
Lo bueno de todo esto, es que la derecha puede tener una nueva oportunidad en la región, pero solo si demuestra que no llegó únicamente para reemplazar a la izquierda, sino para resolver los problemas que llevaron a los ciudadanos a buscar un cambio. En otras palabras, tienen que resolver aquello que la ciudadanía considera que pueden cambiar, por eso los votaron en primer lugar. Evidentemente.
Si los nuevos gobiernos logran mantener coherencia entre sus promesas y sus acciones, la región podría estar entrando en un nuevo ciclo político duradero. Si fracasan, el péndulo volverá a moverse a las garras del marxismo.
