A solo días de ser proclamada presidenta, Keiko enfrenta un desafío poco discutido: Fuerza Popular no competirá en once regiones donde la izquierda se disputa el poder.
Mientras Keiko Fujimori se prepara para regresar a Palacio de Gobierno después de tres campañas presidenciales consecutivas, una segunda elección empieza a dibujar el mapa político de los próximos cinco años. Lejos de Lima, lejos de la discusión sobre ministerios, gabinetes y primeras medidas, las elecciones regionales de octubre ya han abierto una disputa que podría resultar tan importante para la gobernabilidad como la propia elección presidencial.
Allí aparece un dato que ha pasado casi inadvertido. Fuerza Popular no presentó candidatos regionales en once departamentos del país.
No se trata de una anécdota administrativa ni de un problema burocrático. Es una señal política de primer orden. El partido que está a punto de recuperar el gobierno nacional decidió no disputar una parte significativa del territorio que deberá gobernar desde el próximo 28 de julio.
La lista incluye Puno, Cusco, Ayacucho, Apurímac, Huancavelica, Cajamarca, Huánuco, Madre de Dios, Amazonas, Áncash y La Libertad.
Varias de estas regiones concentran algunos de los conflictos más persistentes del país: minería, agua, informalidad, pobreza, débil presencia estatal y una larga tradición de desconfianza hacia Lima. Son, precisamente, los lugares donde la autoridad política necesita construirse antes de que aparezca una crisis.
Y allí Fuerza Popular no tendrá candidatos propios.
Una victoria con fronteras
El dato importa porque la política peruana suele cometer el mismo error una y otra vez. Suele confundir victoria electoral con poder territorial.
Ganar la presidencia no equivale a gobernar el país. Palacio puede nombrar ministros, aprobar políticas y administrar recursos, pero la autoridad fuera de Lima se construye de otra manera. Se construye durante años mediante alcaldes, dirigentes comunales, operadores políticos, rondas campesinas, sindicatos, movimientos regionales y redes de confianza que sobreviven mucho más que cualquier campaña electoral.
Todo eso suele parecer irrelevante para la conversación limeña hasta que bloquea una carretera, paraliza una inversión millonaria o convierte un conflicto local en una crisis nacional.
La ausencia de Fuerza Popular en once regiones revela una debilidad histórica de la derecha peruana. Su dificultad para construir arraigo fuera de los grandes centros urbanos. Durante décadas, la derecha ha demostrado capacidad para ganar elecciones nacionales, pero mucha menos para consolidar estructuras territoriales propias. Lima suele ser su fortaleza. El interior profundo suele ser otra historia.
Esa historia adquiere especial relevancia porque en octubre no se elegirán comentaristas ni congresistas. Se elegirán gobernadores regionales. Y un gobernador regional puede convertirse en un actor político decisivo sin necesidad de controlar el Congreso o aparecer todos los días en televisión. Le basta con administrar presupuesto, conflictos sociales, relaciones con comunidades y legitimidad local.
En una democracia descentralizada eso es normal. En el Perú, muchas veces significa algo más: convertirse en el intermediario indispensable entre el Estado y el territorio.
Donde termina Lima
Es allí donde aparece la izquierda. No una izquierda disciplinada ni articulada bajo una sola estrategia. Lo que emerge es una constelación desordenada de partidos, movimientos regionales, liderazgos locales y remanentes del castillismo ocupando espacios donde la derecha simplemente decidió no competir.
Verónika Mendoza postula al Gobierno Regional de Cusco. Guido Bellido construyó Pueblo Consciente. Todo con el Pueblo, el vehículo político vinculado a Pedro Castillo, apuesta por la acumulación territorial. Juntos por el Perú busca alianzas con organizaciones locales. Los movimientos regionales aportan estructura, candidatos y conocimiento del terreno. Las rondas campesinas, especialmente en Cajamarca, recuerdan que la movilización social no necesita autorización de Lima para existir.
Nada de esto responde a una gran estrategia centralizada. Tampoco a una coordinación nacional. Lo que existe es algo más simple y probablemente más eficaz: actores distintos ocupando un espacio que quedó disponible.
Puno representa el caso más evidente. Ningún partido de derecha compite por el gobierno regional. Ninguno. En una región marcada por conflictos sociales, economías informales, identidades territoriales fuertes y una memoria reciente de movilización política, la disputa quedará en manos de movimientos regionales e izquierdas diversas. El próximo gobierno podría encontrarse allí con una autoridad regional que no comparte su narrativa política y que tendrá incentivos para diferenciarse desde el primer día.
Cusco ofrece otra señal relevante. La candidatura de Verónika Mendoza no debe leerse únicamente como un repliegue tras años de protagonismo nacional. También puede interpretarse como una apuesta estratégica. Si la izquierda no consigue conquistar Palacio, puede intentar construir poder desde los gobiernos regionales. Cusco ofrece presupuesto, visibilidad, simbolismo histórico y proyección política. Es mucho más que una oficina administrativa.
Guido Bellido representa otro movimiento dentro del mismo tablero. Con Pedro Castillo y Vladimir Cerrón fuera de escena, intenta convertir los restos dispersos del castillismo en una estructura propia. No necesita ganar la presidencia para ser relevante. Le basta con consolidar cuadros, redes y presencia política en el sur.
Porque las derrotas políticas rara vez desaparecen. Normalmente mutan.
Cajamarca completa el rompecabezas. Allí las rondas campesinas han demostrado que pueden ejercer presión política sin depender de ningún partido nacional. Son organizaciones que existían antes de las campañas y seguirán existiendo cuando estas terminen. Conocen el territorio, administran legitimidad y poseen la capacidad de convertir demandas locales en conflictos nacionales.
Por eso, la izquierda no está ocupando estos espacios porque atraviese su mejor momento histórico. Los ocupa porque está presente. Porque conserva algún lenguaje para dialogar con esos territorios. O para timarlos. Porque incluso fragmentada, dividida y llena de contradicciones, llega donde la derecha ni siquiera presenta candidatos.
A veces la política no premia al mejor. Premia al que aparece.
El Perú después de Palacio
Para Keiko Fujimori, la victoria presidencial tendrá una dimensión histórica evidente. Después de más de una década de intentos, derrotas y resistencia política, finalmente llegará a Palacio. Pero el país que recibirá está lejos de ser una hoja en blanco.
Será un país donde buena parte del territorio seguirá siendo disputado por actores que no le deben nada al gobierno central. Un país donde la brecha entre el voto urbano y el voto rural continúa abierta. Un país donde las elecciones regionales podrían convertirse en el verdadero laboratorio político del próximo quinquenio.
La pregunta no es si Fuerza Popular debió presentar candidatos en todas partes. La pregunta es otra: ¿cómo piensa construir poder político en las regiones donde decidió no competir?
Porque el Estado puede llegar con ministros, presupuesto, obras o programas públicos. Pero la política suele llegar antes. Y cuando llega tarde, el territorio ya eligió a sus propios intermediarios.
Esa es la próxima batalla de Keiko. Y mientras Lima sigue celebrando la elección que acaba de terminar, las regiones ya están compitiendo por la siguiente.
