El factor Bukele ya empezó a rondar al keikismo. Y no precisamente como souvenir centroamericano para campaña de TikTok.
Rogelio Rivas Polanco, exministro de Justicia y Seguridad Pública de Nayib Bukele y una de las figuras asociadas al arranque del Plan Control Territorial en El Salvador, apareció hace poco en el Callao acompañando a Josseline Garrido, carta de Fuerza Popular para la Alcaldía Provincial del primer puerto. No fue, digamos, una caminata espontánea para hablar del Sport Boys.

La escena importa menos por la foto que por lo que revela. Rivas ya había circulado antes por la política peruana: Walter Chirinos, candidato presidencial del PRIN, lo presentó como parte del equipo detrás de su plan contra el crimen, junto a Rocío Chávez, abogada de Vladimiro Montesinos. Es decir, el exministro salvadoreño pasó de una campaña marginal a aparecer cerca de una figura municipal vinculada al partido que acaba de ganar la Presidencia. No prueba una alianza. Pero sí marca una tendencia. En el Perú de la extorsión, todos quieren una estampita de Bukele en el bolsillo.
La pregunta seria no es si Rivas será asesor, operador o simple invitado de lujo. La pregunta es más incómoda: ¿Keiko Fujimori intentará construir su propio shock de seguridad? Su campaña ya puso la inseguridad como eje central, con propuestas de orden, tecnología y medidas duras contra la criminalidad. Y llega al poder en un país donde el crimen dejó de ser una estadística policial para convertirse en un impuesto paralelo, una economía del miedo y una forma cotidiana de pérdida de soberanía estatal.
Ahí aparece la simetría histórica. Alberto Fujimori recibió una economía destruida y respondió con un shock económico. Keiko Fujimori recibe un Estado erosionado por extorsiones, sicariato, penales desbordados y bandas que parecen coordinar mejor que las instituciones. El problema ya no es solo bajar precios. Es recuperar autoridad. Casi una urgencia hobbesiana: cuando el Estado no garantiza seguridad, el ciudadano deja de vivir bajo contrato social y empieza a negociar con el miedo.
Pero cuidado con la fantasía importada. Bukele no fue solo cárcel gigante, uniforme negro y video con un instrumental de guerre ganada. Fue concentración política, continuidad, inteligencia, control territorial, coordinación institucional y una comunicación brutalmente eficaz. Copiar la estética sin reconstruir la maquinaria sería el típico genio peruano: importar el decorado y olvidarse del edificio.
Por eso la aparición de Rivas en el Callao no debe leerse como chisme de pasillo, sino como síntoma de época. La derecha peruana ya entendió que la seguridad será el gran mandato político del nuevo ciclo. La duda es si el keikismo va a producir un shock de Estado o apenas una franquicia tropical del bukelismo. Porque una cosa es posar junto al mito salvadoreño. Otra, bastante más difícil, es hacer que el Estado peruano vuelva a mandar donde hoy mandan los delincuentes.
