Por qué la ley laboral peruana mantiene chicas a las empresas — y pobres a sus trabajadores
Tres números deberían fijar el debate laboral peruano: 88.3%, 43.9% y 15.3%. Son las tasas de informalidad según tamaño de empresa que publicó el INEI el 15 de mayo. En negocios de uno a diez trabajadores, casi nueve de cada diez empleos son informales. En los de once a cincuenta, menos de la mitad. En los de cincuenta y uno a más, uno de cada siete.
Esa escalera es el retrato más honesto que tenemos. La informalidad no se distribuye por cultura ni por virtud cívica: se distribuye por tamaño, es decir, por capacidad de absorber el costo fijo de cumplir la ley.
El titular oficial fue otro: la informalidad bajó de 70.7% a 69.8%. Nueve décimas de punto. A ese ritmo, el Perú alcanzaría el nivel actual de Chile —26.5%— hacia 2074. Celebrar ese descenso es confundir ruido con señal.
La escalera incomoda a todos los bandos. A quienes hablan de una cultura de la trampa les responde que el mismo peruano trabaja informal en un taller de ocho y formal en uno de ochenta: no cambió el trabajador, cambió la estructura de costos de quien lo contrata. Y a quienes creen que la respuesta es proteger más les responde algo más duro: la ley vigente protege bien al 30% y abandona al 70%. Es regresiva entre trabajadores, no solo entre empresas. Defender el statu quo es defender el privilegio de una minoría.
La consecuencia tiene nombre: enanismo empresarial. Negocios que se fraccionan para no cruzar umbrales; empleadores para quienes el trabajador que cruza el umbral cuesta más que todos los anteriores juntos. Mises lo habría reconocido de inmediato: cuando una intervención produce el resultado contrario al declarado, el legislador rara vez la retira; la duplica.
La ley vigente protege bien al 30% y abandona al 70%: es regresiva entre trabajadores, no solo entre empresas.
Conviene precisar algo que suele perderse: la informalidad no le conviene a la gran empresa formal. El rival que no paga CTS ni aportes le compite con menor costo, no mayor. Si hay tibieza empresarial, es de eficacia política, no de interés económico. Y hay una autocrítica pendiente: demasiadas veces el gremio pidió un régimen especial para su sector en lugar de una regla general mejor. Privilegio por privilegio, terminamos legitimando la lógica que hoy nos condena.
El año pasado el Estado ensayó una respuesta: la Ley MYPE 32353 simplificó la constitución de empresas y ordenó fiscalización educativa durante el primer año. Medidas razonables. Resultado: las nueve décimas ya mencionadas. La lección es que abarató el registro del dueño, no el costo marginal del contrato, y que mantuvo el mismo salto entre categorías (micro, pequeña, general) en vez de construir una rampa.
La región, mientras tanto, dejó de ser un ranking y se volvió laboratorio. Argentina sancionó en febrero su Ley de Modernización Laboral. Colombia legisló en sentido contrario, consagrando el contrato indefinido como regla general. México aprobó la reducción gradual de la jornada a cuarenta horas hacia 2030. Hipótesis contrarias corriendo en tiempo real, con datos que llegarán. El Perú puede observar antes de decidir; sería una lástima desperdiciar ese privilegio.
Porque la decisión se acerca. La Nueva Ley General del Trabajo lleva más de veinte años sin llegar al pleno y vuelve a asomar en la agenda. El riesgo es que “unificar” signifique extender a todos la rigidez que hoy alcanza a algunos. Si la nueva ley eleva los peldaños en vez de suavizarlos, habremos codificado el enanismo como política de Estado.
La alternativa no es desproteger: es graduar. Que el costo suba con la empresa y no caiga completo sobre el primer contrato. Que la protección sea portable, del trabajador y no del puesto, y calculable de antemano. Nada de esto es exótico: es, con variantes, lo que hicieron los países con la mitad de nuestra informalidad. No tienen mejor gente. Tienen reglas que no cobran peaje por crecer.
La escalera del INEI no mide la moral de los peruanos: mide el precio de cumplir la ley. Mientras crecer cueste más que esconderse, el país seguirá eligiendo esconderse.
