El 30 de julio, cerca de 60,000 personas cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad española de Ceuta, mayor oleada migratoria en la historia reciente. Hombres jóvenes, unas 7.000 mujeres y niños formaron filas de cinco kilómetros desde el lado marroquí.
No cruzaron puestos fronterizos, bordearon nadando el espigón del Tarajal que separa ambos territorios, saltando el doble vallado. El mar en calma hizo posible que miles se lanzaran al agua, pero 67 murieron ahogados, cifra que podría aumentar. El Ejército, policía, drones, buzos y embarcaciones estabilizaron la situación, 48.000 regresaron voluntariamente por falta de comida, agua y alojamiento en una ciudad de 87,000 habitantes y comercio cerrado.
Ceuta y Melilla son ciudades autónomas españolas en la costa norte de Marruecos, territorio africano. Juntas suman unos 31 km², area comparable al aeropuerto Madrid-Barajas. No son colonias ni bases, pertenecen a España de pleno derecho por cinco siglos, formando parte de la Unión Europea. Melilla es española desde 1497 y Ceuta desde 1668, antes que el Estado de Marruecos se independizara en 1956.
Ceuta está físicamente en África, pero pertenece a Europa, entre ella y España se interpone el estrecho de Gibraltar a una distancia de 14 kilómetros. Por ello, aunque miles entraran en Ceuta, están en la orilla africana sin alcanzar la Europa continental.
Analistas se preguntan si Marruecos pudo abrir su frontera en protesta por la visita de Pedro Sánchez a Argelia, el 20 de julio, para reconciliarse con Argel. En 2022 Argelia rompió relaciones debido al respaldo de España al plan marroquí que otorgaba autonomía al Sáhara Occidental. Argelia apoya al Frente Polisario que reivindica un Sáhara independiente, retirando a su embajador.
Otra pugna entre Argel y Rabat es el gas natural para España. El gasoducto Magreb-Europa recorría Argelia, Marruecos y 45 km bajo el Mediterráneo, llevando 25% del gas consumido en España. Marruecos, cobraba hasta 200 millones de euros anuales por “derechos de paso”. Pero en 2021 vence el contrato y Argel desvió el suministro al MedGaz, oleoducto submarino hasta Almería sin pasar por Marruecos.
En mayo de 2021, más de 8.000 personas cruzaron a Ceuta, Marruecos relajó los controles en represalia contra España por ofrecer tratamiento médico al líder del Polisario. En 2017, cientos de migrantes subsaharianos asaltaron la valla con piedras y barras metálicas, con decenas de policías heridos. Ceuta es un punto caliente recurrente y Melilla, la otra ciudad española en costas africanas, también ha cerrado sus fronteras por intentos de ingresos de inmigrantes.
La crisis abre una disputa en la Unión Europea. En Italia, Giorgia Meloni suspendió temporalmente el acuerdo Schengen con España, aplicando controles selectivos. Finlandia y Dinamarca la respaldaron y el checo Andrej Babiš pidió suspender a España del espacio. Francia y Portugal reforzaron fronteras. Úrsula Von der Leyen tachó las imágenes de “inaceptables” y 22 de los 27 socios reclamaron una reunión de urgencia.
El episodio expone el nudo estructural de la Unión Europea: fronteras externas y libertad interna. El acuerdo Schengen de libre circulación sin controles internos, se sostiene sobre la confianza en que cada país vigilará su frontera exterior. Al resquebrajarse esa confianza, los controles internos debilitan el acuerdo.
Una vulnerabilidad añadida es la externalización del control migratorio con vecinos como Marruecos, que la usan como palanca de presión. En 2021, Bielorrusia facilitó el ingreso a miles de migrantes hacia Polonia y Lituania como represalia por sanciones europeas; en 2020, Turquía abrió su frontera con Grecia para presionar a Bruselas. Ceuta confirma que la migración es un arma geopolítica y que la frontera sur de Europa depende de la voluntad del vecino que la custodia.

