Escrito por 12:49 Editorial

Al compás del tempo presidencial

Una orquesta puede reunir a los mejores músicos de una ciudad y, sin embargo, producir un ruido insoportable. No basta con que cada instrumento sea bueno. Tampoco con que cada intérprete conozca su partitura. Para que exista música hace falta algo más: que todos entren a tiempo, respeten el mismo compás y entiendan que su instrumento forma parte de una obra mayor.

La política no es muy distinta.

Un gobierno puede tener ministros capaces, con experiencia y conocimientos suficientes para conducir sus respectivas carteras. Pero si cada uno interpreta la partitura a su manera, si unos tocan en un ritmo mientras otros lo hacen en otro, o si ejecutan distintas tonalidades entre ellos y hay incluso quienes exploran armonías diferentes, el resultado inevitable será la disonancia.

Los primeros días de una administración suelen ser decisivos para establecer el compás y la tonalidad. La presidenta Fujimori parece haberlo entendido. Su estilo de gobierno tiene dos componentes que, lejos de ser contradictorios, pueden complementarse: la presencialidad de la política tradicional y la comunicación permanente de la política moderna.

La primera consiste en algo tan sencillo como estar. Ir al lugar donde está el problema, escuchar a quienes lo padecen, tomar decisiones y volver para comprobar que esas decisiones se hayan ejecutado. Es la política de la cercanía: conversar, mirar a los ojos, recorrer, escuchar. No basta con estrechar la mano de una autoridad, tomarse una fotografía y marcharse. La presencia tiene sentido cuando está acompañada de una decisión y, sobre todo, de un seguimiento.

La segunda es la comunicación —la moderna. Las redes sociales, los videos breves, el TikTok y el uso permanente de los medios permiten que aquello que antes quedaba restringido a una reunión de despacho pueda ser conocido prácticamente en simultáneo por millones de ciudadanos. La política presencial encuentra así un amplificador en la política digital.

Es una combinación que parece estar siendo recibida favorablemente por la ciudadanía. Una aprobación cercana al 60% —según lPSOS— no debería ser interpretada únicamente como respaldo personal a la presidenta. También puede leerse como una aprobación a una determinada manera de ejercer el poder: con mayor cercanía, exposición y capacidad de comunicar lo que se hace.

Precisamente por eso, el principal riesgo no está únicamente fuera del gobierno. Puede encontrarse dentro.

Un gabinete no es una colección de individualidades. Es una orquesta. La presidenta, como directora, establece la partitura y marca el compás. Los ministros tienen naturalmente un margen para interpretar, proponer e incluso discrepar. Pero existe una diferencia fundamental entre interpretar una misma obra y tocar una canción distinta.

Quien ocupa una cartera ministerial no puede permanecer al margen del ritmo general del gobierno. Mucho menos cuando la apuesta parece ser por un ejercicio del poder que exige presencia territorial, contacto con la ciudadanía y comunicación constante.

Lo que hemos visto en Junín ofrece, en ese sentido, una imagen reveladora. La política moderna no ha eliminado la política antigua. La ha combinado con nuevas herramientas. La cercanía, la presencialidad y la escucha siguen siendo necesarias; pero ahora deben convivir con la explicación permanente, la transparencia y la comunicación directa.

Ese parece ser el ritmo que ha escogido la presidenta. Y si ese es el ritmo, corresponde a los ministros acompañarlo.

Debe entonces existir coherencia entre quien conduce el gobierno y quienes tienen la responsabilidad de ejecutarlo. 

Un ministro que no aparece en redes sociales y medios de comunicación, que no explica, que no escucha, que no está allí donde está el problema termina produciendo una nota extraña en la composición general. Puede ser un excelente músico, pero está tocando fuera de tono y lejos del ritmo establecido por el director.

Y una orquesta no puede sostener indefinidamente la disonancia.

Los próximos meses exigirán velocidad. Un gobierno que ha decidido estar en la calle, escuchar y comunicar no puede tener ministros instalados en la comodidad de sus despachos. La ejecución debe acompañar al discurso; la presencia, a la decisión; y la comunicación, a los resultados.

Fujimori ha marcado un tempo fijo y una tonalidad descrita en cada partitura. Ahora corresponde al gabinete aprenderla, seguirla y ejecutarla.

Quienes sean capaces de hacerlo contribuirán a que el gobierno suene como una sola orquesta. Quienes prefieran imponer su propio ritmo, tocar otra partitura o permanecer en silencio deberían entender que, en política como en música, llega un momento en que la disonancia deja de ser una diferencia y se convierte en un problema.

Y cuando eso ocurre, corresponde cambiar al músico antes de que termine desafinando toda la obra.

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Last modified: 9 de agosto de 2026
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