Escrito por 09:30 Opinión

Educar hoy: El sídrome de pantalla, por Alfredo Gildemeister

Hace unos días, mientras me encontraba dictando clase en la universidad, hice a los alumnos un par de preguntas sencillas de historia universal: ¿Alguno recuerda las tres etapas de la historia de Roma? ¿Durante la república romana, saben quiénes fueron Julio Cesar, Pompeyo, Marco Antonio y Ciceron? La clase guardó automáticamente un silencio sepulcral que casi se podía cortar con un cuchillo. Me miraban como si los nombres mencionados a lo mejor fueran futbolistas que jugaron en el pasado mundial o actores de alguna película de Netflix.

Me llamó la atención que alumnos a mitad de carrera, no supieran responder a unas preguntas tan sencillas casi de cultura general. Y no era la primera vez que, ante temas de actualidad nacional o internacional, o cuestiones sencillas de historia del Perú, el silencio absoluto fuera la mejor respuesta.

Todo ello me hizo recordar una nota de prensa que leyera hace un tiempo y que me impresionó en sobre manera. La nota informaba que el periodista y académico uruguayo Leonardo Haberkorn, había renunciado a seguir dando clases en la carrera de Comunicación, en la universidad ORT de Montevideo. En su carta de renuncia señalaba lo siguiente: “Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.

Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono, que no cesa de recibir ‘selfies’… Claro, es cierto, no todos son así. Pero cada vez son más. Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos —aunque solo fuera para no ser maleducados— todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal”. La referida carta de renuncia de este catedrático uruguayo me hizo pensar que lo que le había sucedido a él, también me estaba sucediendo a mí y de seguro a la gran mayoría de catedráticos y profesores universitarios -no incluyo por cuestión de espacio a los profesores de colegio-, esto es, el enfrentamiento a la gran adicción o dependencia hacia las pantallas en los estudiantes universitarios, con las graves consecuencias que ello les trae hoy y que les traerá peor en el futuro.

Un buen día, mientras observaba a la clase, me percaté que una alumna tenía encima de su carpeta una novela de Stephen King. Me llamó la atención para bien. No soy fan de King ni esperaba ver en la carpeta una novela de Pérez-Reverte o de García Marquez, pero algo es algo. Ello me hizo preguntar a la clase como un tiro al aire: ¿Cuántos libros han leído en lo que va del año? El silencio de la clase fue la respuesta. ¿Al menos un libro? Silencio. Ante eso les pregunté: ¿Cuántas horas al día están mirando el celular o la Tablet? Se pusieron a pensar y un valiente levantó la mano y me respondió que aproximadamente de cinco a ocho horas en su caso, y que además de correos, Facebook y WhatsApp, veía videítos en Instagram y TikTok. Todos los demás compañeros asintieron pues parece que a todos les sucedía lo mismo. ¡Vivían pegados a las pantallas!

El catedrático de periodismo uruguayo también mencionaba en su carta de renuncia lo siguiente: “Pero hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen. Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.” Totalmente cierto. Si hoy los estudiantes no leen o leen muy poco a casi nada —pues pareciera que no les interesa estar informados— formar buenos profesionales se vuelve toda una proeza. Se vive como en un limbo o en una especie de mundo artificial en donde tanto la realidad nacional como la internacional, simplemente no interesa o casi no existe. Hay excepciones obviamente, pero no son la mayoría. Lo que viene sucediendo hoy en Ucrania, Gaza, Irán, Ceuta, etc. o dentro de nuestro mismo Perú, las próximas elecciones municipales y regionales, la inminente llegada de la Corriente del Niño, etc. son temas que ocupan un lugar muy secundario. Cuando alguna vez sale en clase alguno de estos temas, el silencio o —algo más grave aún— la ignorancia en relación con temas fundamentales de cultura general y actualidad, es patente y clara. ¿Qué han estudiado en los colegios durante doce años?

El problema de no leer y dedicar horas a ver el celular está causando que el niño y el joven vayan perdiendo la capacidad de comprender lo que lee cuando alguna vez lea, pues su cerebro cae en una gran pasividad, acostumbrándose solo a procesar imágenes. Así mismo, su vocabulario se va empobreciendo cada vez más y más. Ello lo puedo constatar en los exámenes escritos en la universidad en donde -además de las terribles faltas de ortografía- la falta de sintaxis y de sentido de lo que escriben o pretenden responder ante una pregunta, cada vez es más notable. ¡Pareciera que fuera Cantinflas quien les enseñó gramática y redacción alguna vez! Cada vez se le hace al alumno más difícil desarrollar y explicar una idea o un hecho. Peor aún un concepto abstracto o una definición. Entonces ¿Qué profesionales estamos formando? ¡Ellos serán los que el día de mañana gobernarán, serán empresarios, profesionales, etc. que trabajarán por nuestro país!

Finalmente, el catedrático uruguayo clama en su carta: “Lamento que los jóvenes no pueden dejar el celular, ni aún en clase. Conectar a gente tan desinformada… es complicado”. Y se percata de algo muy grave: que a estos muchachos —que siguen teniendo la inteligencia, la simpatía y la calidez de siempre— los estafaron, que la culpa no es solo de ellos. Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestro o maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo; o en cada padre o madre que desde bebes o niños les entregaron un celular para que se entretenga viendo un video y no fastidie la paciencia —el celular hace de nana, es más cómodo para los padres—, entonces sucede que muchos catedráticos y maestros se resignan y van bajando la guardia, pues comprenden “que ellos también son víctimas”. Y termina el catedrático renunciante anunciando algo muy grave y cierto: “Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante”.

De allí que concluya el periodista y académico uruguayo Leonardo Haberkorn, que: “No quiero ser parte de ese círculo perverso. Nunca fui así y no lo seré. Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible. Y no soporto el desinterés ante cada pregunta que hago y se contesta con el silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Ellos querían que terminara la clase. Yo también”.

Personalmente no pienso tirar la toalla ni renunciar como el catedrático uruguayo. La razón de ser de mi vida es educar, formar buenos profesionales y mejores personas —como dice un slogan por ahí—, por lo que si bien es cierto nos enfrentamos a un fenómeno mundial de “síndrome de pantalla” que afecta a la educación —tanto escolar como universitaria—, es obligación del verdadero maestro no cejar en la lucha por formar a nuestros jóvenes de la mejor manera posible. De allí que definitivamente… yo no me rindo ante las pantallas.

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Alfredo Gildemeister

Alfredo Gildemeister

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Last modified: 6 de septiembre de 2026
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