EsSalud no necesita un presidente mejor. Necesita una silla que la ley proteja.
Cuatro semanas separan dos resoluciones supremas del mismo gobierno. El 21 de agosto ratificó a Julio Velarde al frente del Banco Central de Reserva por cinco años más, como antes lo hicieron García, Humala, Kuczynski y Castillo. El 13 de septiembre nombró a la quinta cabeza de EsSalud en dieciocho meses.
Mismo gobierno, mismo mes, dos diseños, dos resultados.
EsSalud ha tenido once presidentes ejecutivos desde 2021; entre 2000 y 2021 tuvo nueve. La rotación está escrita: el reglamento de la Ley 27056 permite vacar al presidente ejecutivo «por pérdida de la confianza de la autoridad proponente». Una institución de S/ 19,000 millones y trece millones de asegurados cuya cabeza puede ser removida sin expresar causa por el ministro que la propuso.
El nuevo gobierno usó la misma llave. Puede haber elegido bien: ese es el problema. La calidad del nombramiento sigue siendo una virtud personal, no una regla.
El dinero tampoco explica la crisis. Según Fernando Barrios, expresidente de la institución, los ingresos por aportes crecieron 170 % entre 2011 y 2025; los médicos aumentaron 65 %; las consultas se quedaron en veinte millones. El personal absorbe seis de cada diez soles del presupuesto y la inversión por asegurado cayó a la tercera parte. Los asegurados gastaron S/ 26,000 millones de su bolsillo fuera de la red en seis años, según ComexPerú.
La institución recibe más y produce lo mismo porque nada la obliga a producir más.
La corrupción tiene tres domicilios precisos. La compra: una resolución de junio desmontó la adquisición centralizada de 580 productos farmacéuticos y multiplicó las compras menores, a precios hasta 300 % mayores, según denuncias sindicales; la Contraloría verificó sobrecostos millonarios en una sola red.
El nombramiento: militantes partidarios en tesorerías y gerencias, funcionarios con sentencias previas «reciclados» en cargos de administración.
La cola: cuando la espera quirúrgica supera el año, el turno adquiere valor de mercado.
Los tres comparten una misma estructura: discrecionalidad más opacidad, que un buen diseño elimina sin presumir la honestidad de nadie.
Ese diseño existe en el Perú desde 1993, y su mérito no fue de las personas, sino de las reglas que las protegieron. El BCR tiene un mandato medible, la estabilidad monetaria; un directorio de siete, donde el Ejecutivo designa a cuatro y el Congreso ratifica al presidente y elige a tres, todos por período fijo y removibles solo por falta grave; y prohibiciones escritas en la Constitución para el peor gobernante, no para el mejor.
No confía en la virtud del gobernante: se la prohíbe.
Se diseñó para desconfiar y, por eso, un gobierno que en 2021 llegó proponiendo otro modelo terminó ratificando a su presidente.
La autonomía sola no basta. La Caja Costarricense de Seguro Social es autónoma por Constitución desde 1943 y acumula más de un millón de personas en lista de espera, con treinta personas rotando por su junta directiva. En una organización de compras, planillas y colas, el candado tiene que ser también técnico.
Estonia digitalizó su sistema de salud en 2008: el 99 % de las recetas es electrónica y cada paciente ve quién consultó su historia. El Perú creó ese registro por ley en 2013; trece años después sigue «en despliegue».
No es modernización: es eliminar la discrecionalidad donde vive.
Conviene ser simétrico. Las clínicas que proponen la reforma son proveedoras potenciales de una EsSalud que compre a terceros; los empleadores toleraron regímenes de aporte reducido y a un Estado que debe S/ 5,000 millones; las cifras de sindicatos y licencias remuneradas que circulan sin desmentido oficial sugieren que la representación también se volvió renta.
El Congreso que hoy convoca al presidente de EsSalud devolvió a comisión, en 2024, el dictamen que hacía elegir a su sucesor por el directorio.
Nadie es el villano: todos responden a los incentivos que el diseño ofrece.
Cinco reglas cambiarían esos incentivos.
Primera: mandato medible por ley, con tiempos máximos por prestación; si se incumplen, el asegurado se atiende donde pueda y paga EsSalud.
Segunda: directorio de siete a la BCR, con ternas de empleadores y asegurados elegidas por el Senado, período fijo y remoción solo por falta grave.
Tercera: prohibiciones en la norma de mayor jerarquía: compras fragmentadas nulas, morosidad del Estado descontada de sus transferencias, tope al gasto de personal.
Cuarta: separar al asegurador del prestador, con cuentas públicas por hospital.
Quinta: digitalización con plazo y sanción: historia clínica única, receta electrónica, compras e inventarios visibles en tiempo real.
La pregunta no es si el nuevo presidente de EsSalud es bueno. Es qué ocurre el día en que un ministro deje de tenerle confianza.
Mientras esa cláusula exista, la respuesta ya la conocemos.
Once veces.
No se trata de encontrar un buen presidente. Se trata de que no importe quién sea.
