El derecho moderno nació como un dique levantado a toda prisa tras la gran inundación del siglo XX. Fue la reacción de Occidente ante la evidencia de que su propio genio técnico podía convertirse, sin freno alguno, en maquinaria de exterminio. De aquel trauma surgió un entramado jurídico y moral que convirtió la paz en dogma y la evitación del conflicto en mandato. Lo que empezó como cautela civilizatoria terminó cristalizando en una narrativa universal, como si una experiencia histórica concreta pudiera elevarse a ley antropológica general.
El problema surge cuando ese pacifismo normativo se aplica sin distinción a comunidades humanas que no comparten el mismo grado de desarrollo civilizatorio ni los mismos frenos culturales frente a la violencia. El derecho, en esos casos, funciona como un traje ajeno, demasiado grande o demasiado estrecho, que no protege ni ordena. Allí donde el orden no ha sido interiorizado, la ley no educa, estorba, y cuando estorba, se rompe.
América Hispana ofrece un escenario elocuente. No como excepción pasajera ni como anomalía corregible con reformas administrativas, sino como manifestación persistente de una inferioridad civilizatoria estructural. Violencias que recuperan un aire sacrificial, cuerpos desmembrados exhibidos como advertencia pública, economías criminales que sustituyen al Estado como autoridad efectiva, ciudades que crecen como organismos enfermos, sin forma ni finalidad, hasta parecer ruinas habitadas de una distopía posindustrial. No estamos ante simples fallas de gestión, sino ante sociedades que nunca terminaron de ingresar al orden cultural que hizo posible la civilización occidental.
En ese terreno, la democracia deja de ser el instrumento ilustrado de la autodeterminación racional y se transforma en una ceremonia de autodestrucción periódica. El caso peruano es ilustrativo. La elección de Pedro Castillo, más allá de los relatos posteriores o de la manipulación discursiva de las élites progresistas tras el episodio del merinazo, no puede explicarse como una imposición ajena al cuerpo social. Ninguna ingeniería política prospera si no se apoya en una voluntad popular preexistente. Las mayorías votan como viven, y viven como son.
Un Estado cuya demografía permanece al margen de la estructura civilizatoria de las grandes potencias no puede aspirar a reproducir sus resultados institucionales. Pretenderlo equivale a sembrar trigo en el desierto y luego culpar al clima. En estas condiciones, la democracia no eleva ni civiliza, expone y acelera. Abre la puerta a fuerzas que el propio sistema carece de medios culturales para contener.
Mientras tanto, asistimos a un cambio significativo en el lenguaje del poder estadounidense. No se trata de una mutación moral ni de un despertar ético, sino del abandono del viejo pudor retórico que durante décadas maquilló decisiones estratégicas con un barniz humanitario. La deslegitimación abierta de actores políticos, el despliegue militar explícito, la apropiación sin complejos de recursos estratégicos y la amenaza directa a regímenes hostiles no representan una ruptura con la tradición occidental, sino su sinceramiento. El lenguaje ha dejado de fingir.
Este giro no cuestiona a Occidente, lo obliga a mirarse al espejo sin maquillaje. Señala el final de una época en la que la civilización occidental simulaba creer en sus propias ficciones pacifistas y el inicio de otra en la que vuelve a hablar el idioma del poder, con la aspereza de quien ya no pide perdón por existir. El problema no es Estados Unidos, sino sociedades formadas durante décadas en un relato que prometía orden sin conflicto y autoridad sin fuerza.
De ahí la disonancia contemporánea. Se reclama mano dura contra el crimen, guerra frontal contra el narcotráfico, militarización del espacio público, choque económico y ruptura con dogmas culturales que han carcomido los cimientos de la civilización, desde la disolución de la familia hasta la normalización del desorden sexual y la feminización patológica de la cultura. Pero cuando esas decisiones se materializan, se llora como si se tratara de una traición moral. Se quiere el remedio sin aceptar el amargor.
Los millennials crecieron bajo el catecismo del nunca más y descubrieron que no producía orden, solo parálisis. Los zoomers, en cambio, no han conocido otra cosa que el caos permanente y la polarización sin salida, como peces nacidos en aguas turbias que ya no conciben la claridad. El ciclo histórico ha cambiado. Occidente ha agotado la etapa en la que todo debía pensarse infinitamente para evitar la repetición del horror. Ese freno moral, convertido en dogma, hoy impide más de lo que protege.
La civilización no se sostiene con consignas ni con declaraciones solemnes, sino con decisiones duras asumidas con plena conciencia de su costo. Y quien no esté dispuesto a pagar ese precio haría bien en dejar de exigir que otros lo hagan por él.
