Perú acumula activos estratégicos sin actualizar el seguro que los protege. Eso no es prudencia fiscal; es miopía gerencial.
Si la historia enseña algo, es que la debilidad invita a la aventura. Un país próspero sin capacidad de defensa no proyecta pacifismo: proyecta ingenuidad. Y en un vecindario donde otros actualizan sus arsenales, la ingenuidad tiene precio.
La paradoja de la disuasión es tan vieja como los imperios: quien se prepara para la guerra tiene menos probabilidades de sufrirla. La destrucción mutua asegurada convirtió el Apocalipsis en el mejor argumento contra sí mismo. A escala regional el principio es el mismo, ejecutado con cazas, tanques y drones en lugar de misiles intercontinentales.
Perú no es militarmente insignificante: con 120.000 efectivos, supera a Chile y se acerca a Colombia. El problema nunca ha sido el tamaño sino la coherencia tecnológica. En la guerra moderna, un piloto bien entrenado con tecnología superior vale más que un regimiento numeroso con equipamiento obsoleto.
Considérese el dominio aéreo. Chile opera 46 cazas F-16 de cuarta generación: una flota homogénea, moderna, con alta disponibilidad operativa. Perú mantiene 19 cazas operativos —una mezcla de MiG-29 y Mirage 2000P de décadas anteriores.
Enfrentar F-16 estandarizados con plataformas dispares es como llevar un cuchillo a un duelo de espadas láser. La brecha no es dramática; es decisiva.
Y aquí emerge una realidad que Ucrania ha confirmado sin ambigüedad: el dominio aéreo ya no depende exclusivamente de cazas costosos. Los drones se han convertido en activos decisivos para vigilancia, reconocimiento y saturación de defensas. Perú cuenta con tres empresas fabricantes de UAV civiles para minería y agricultura, y las Fuerzas Armadas han anunciado planes de coproducción. Pero aún no existe capacidad industrial militar consolidada. Mientras tanto, seguimos importando lo que otros ya producen.
En tierra, la situación es más ilustrativa. Chile despliega alrededor de 170 tanques Leopard 2A4, modernizados recientemente con sistemas turcos Aselsan. Perú conserva 240 tanques T-55 diseñados en 1958. La disuasión no se mide en volumen sino en capacidad frente a fuego moderno.
Pero aquí está el meollo: Perú es hoy un polo de puertos, energía, minería, agroexportación e infraestructura crítica. Acumula activos estratégicos sin actualizar el seguro que los protege. Crecer sin blindar ese capital no es prudencia fiscal; es miopía gerencial.
La objeción previsible —“ese dinero debería ir a hospitales y colegios”— se viste de compasión presupuestaria. Pero el Perú lleva más de S/ 17,000 millones inyectados a Petroperú —cifra que rivaliza con presupuestos sectoriales completos— sin que sus defensores fiscales aparezcan a protestar. La empresa cerró 2025 con pérdidas de US$468 millones, opera con un apalancamiento de 3,8 veces su patrimonio —la ENAP chilena lo hace con 0,2x— y figura virtualmente en quiebra técnica. La asimetría revela el motivo: el problema nunca fue la plata, sino dónde se decide gastarla. Chile financia disciplina estatal y cazas modernos; Perú financia ineficiencia y T-55 de 1958. A esa miopía contable se suma una porción ruidosa del espectro que reclama beneficios penitenciarios para condenados por terrorismo y procesos retroactivos contra militares que defendieron al Estado en los noventa. La meta no declarada no es financiar el bienestar; es desarmar institucionalmente al país. Y sin defensa creíble no hay derechos sociales que proteger: solo ciudadanos a merced de quien decida llenar el vacío.
La propuesta no es imitar a potencias ni entrar en carreras armamentistas. Es invertir con criterio en capacidades creíbles: modernizar la flota de cazas, actualizar el blindaje terrestre, desarrollar industria local de drones aprovechando la base civil existente, y profesionalizar la gestión institucional de la defensa —planificación de largo plazo, adquisiciones blindadas contra el ciclo político, fiscalización técnica— para que cada sol produzca disuasión real.
La historia peruana es elocuente: cada vez que lucimos débiles, alguien tomó nota. Invertir en disuasión no provoca guerras; las evita. Como dijo Theodore Roosevelt: hablar suavemente y llevar un gran garrote.
La paz no se declama. Se respalda.
