Escrito por 07:00 Opinión

El Estado y el servicio público, por Juan Carlos Llosa Pazos

Recientemente, tras una conversación sobre las elecciones, una tía mía me sugirió que ingresase a la política ya que, de un tiempo a esta parte, estoy dando mis opiniones en algunos artículos y entrevistas. Le contesté que por ahora no lo tenía pensado hacer, puesto que ya he servido a mi Patria por casi 40 años, a lo que me respondió que ella “no me había visto”. Poco tiempo antes, otro tío, ante la misma propuesta, le respondí que ahora tengo la intención de dedicarme a mi familia y a actividades privadas, que, habiendo servido en la Marina de Guerra del Perú desde los 18 años, me habían sido imposible realizarlas antes. Me contestó: “Pero eso fue sólo en la Marina…”.

Esas palabras me hicieron reflexionar sobre el poco entendimiento que existe en nuestra sociedad sobre lo que significa vestir uniforme para el servicio permanente e incondicional a la Patria, los sacrificios que ello implica, las estrecheces económicas y, más difícil aún, el riesgo de la vida que la profesión obliga. Cuando se sirve en las FFAA se hace a toda la sociedad, lo que en caso, en mi familia, ocurre desde 1700. Los mejores años de nuestras vidas los entregamos voluntariamente a esa aventura fascinante que es formar parte de las FFAA. Por supuesto, servir a la Patria no sólo se limita hacerlo en las FFAA, en la PNP o en el Servicio Diplomático, sino que abarca además muchísimas reparticiones públicas donde existen incontables patriotas que día a día contribuyen silenciosamente a favorecer a la sociedad política y, por supuesto en la sociedad civil del mismo modo.

Parece también que poco o nada se repara en el hecho de que el servicio a la Patria desde el Estado es silencioso, ajeno a reflectores y a la fama, salvo contadas excepciones como lo son las de los políticos de turno —aquí y en cualquier parte del mundo— o uno que otro funcionario público que, por circunstancias sui géneris, su gestión queda lejos de pasar inadvertida ante la opinión pública, ganándose en justicia, el aplauso general. El resto de servidores públicos suelen pasar desapercibidos, o más bien, son opacados por aquellos que, con su ineptitud, su corrupción o su ideologización caviar o marxistoide, contaminan el servicio público y contribuyen a generar la falsa idea de que todo lo que venga del Estado es malo o mediocre.

Esa idea superficial, muy acendrada desde los años 90, en respuesta extrema al feroz estatismo que padecimos desde 1968 hasta 1990, proviene principalmente de la tecnocracia neoliberal que gobierna ciertas instituciones públicas y privadas, entre las que se contaban hasta hace poca, universidades que tuvieron un reconocido perfil liberal economicista, y que en la actualidad han sido cooptadas por la izquierda cosmopolita, a esa que solemos llamar, no sin razón, caviar.

En esos campus fertilizó el concepto neoliberal —que no comparto—   que unos profesan por convicción ilustrada, y otros lo repiten borreguilmente: «el Estado debe ser pequeño», lo que está asociado a la idea del liberalismo auroral del «mal necesario», ya que ahí subyace una connotación negativa del mismo.

El Estado no es un «mal necesario» como abogan los liberales de derecha; es una institución garante, explicada por Hobbes hace siglos, un estadio superior al estado de naturaleza del cual teorizó también John Locke, el protoliberal más célebre de la historia.

En mi opinión, el Estado debe tener el tamaño necesario para atender todas las demandas de seguridad, sociales, geopolíticas y geoestratégicas —términos que les ponen los pelos de punta a los derechistas liberales— que sean indispensables, teniendo como principal condición la supervivencia de la Nación, sin que eso obligue a dejar de regirse por la eficiencia y eficacia, aunque no siempre puedan, ni deban, estar alineadas con los estándares monetaristas.

Soy un derechista conservador, y por ello tengo claro que el libre mercado es un medio, no un fin. Esto me diferencia de los liberales de derecha y sus más visibles exponentes, los neoliberales, quienes desde los años 80 han logrado atraer hacia sus políticas económicas incluso a algunas izquierdas como la socialdemócrata, como fue el caso de la Venezuela de Carlos Andrés Pérez a fines de los 80, que devino en  el famoso caracazo. Para aquellos, basándose en fundamentalismos dogmáticos y aunque no lo afirmen abiertamente, el libre mercado es el fin último, casi un creo espiritual.

No obstante, no se puede negar, sin caer en la necedad, que las políticas económicas inspiradas en el Consenso de Washington (1993), y bajo la batuta del FMI, cumplieron un papel preponderante en los 80 y 90’ en America latina, y de manera muy particular en el Perú, tras el desastre socialista de Velasco y de García. Estas políticas a pesar de ser beneficiosas, tras treinta y seis años del “shock” de septiembre de 1990 anunciado por el presidente del Consejo de ministros de entonces, Juan Carlos Hurtado Miller -¡que Dios nos ayude! – es evidente que no han sido suficientes.

El Perú al acabo de este tiempo es opuesto a lo que significa un país exitoso, porque simplemente no lo es. El haber creído, desde el 2001, que mantener las cuentas en azul resolvería mágicamente nuestros problemas es una falacia; o en el mejor de los casos, una media verdad, que resulta igual o peor. Sino ¿por qué en lo social e institucional la izquierda marxista, la que debió morir en los años 90, ha sobrevivido y sigue ahí amenazando nuestro futuro? ¿Sí existió un “milagro peruano”, cómo entonces llegó al poder el   marxista de kindergarten Castillo y peor aún, si está próximo a llegar a Palacio el comunista Sánchez? Dios no lo quiera. Recuerdo que hace no mucho, un despistado en cuanto a la realidad nacional, ex CEO de una importante corporación recientemente fallecido, me dijo que lo del carterista Castillo había sido un accidente, que éramos un éxito. Seguramente vivimos en la isla de Utopía.

Este forzado oasis aclamado por algunos, hizo olvidar a muchos otros que para tener una visión completa de la realidad hay que observar el “teatro de operaciones” en toda su extensión -usando términos  militares-  es decir, no sólo la parte simpática que hasta hace no mucho ha  mostrado indicadores de crecimiento  envidiables  para la región, y significativas  tasas de interés, y buenos precios de bonos nacionales, sino también detenerse para comprender la realidad social y política, y no quedarse en atribuir maniqueamente todos los males al Estado, que seguramente estará constituido por los  vecinos de Guanajuato y del Congo, y no por los de  por aquí.

El gran promotor del falso “milagro peruano” fue el fallecido expresidente Alan García -que, entre otras, redujo los salarios de importantes funcionarios públicos sólo para hacer demagogia, causando un daño irreparable a la gestión pública- que fue tratado por algunos directivos de gremios y sesgados líderes corporativos, como un héroe, olvidando que en 1989 estuvo a punto de lanzar al país al abismo. Recuerdo mucho que por aquella época como ahora, se hablaba de golpe militar con la diferencia de que hoy se le ha agregado el absurdo de “democrático”.  Los aduladores de su segundo período -que ha sido el mejor de la República Caviar frente a la recua de incapaces y corruptos que se han sentado en el sillón de Pizarro, entre los que destaca el mercenario extranjero PPK- son los mismos que lo insultaban inclementes, cuya tibieza ha sido notoria frente al reciente escándalo de las elecciones fraudulentas. «¡Patrañas de la derecha!», bramaba por aquel entonces en su defensa don Alan, ante las tantas acusaciones de corrupción. ¿O no fue así? Memoria, memoria, memoria.

Seguir promoviendo la idea de que la realidad que nos hunde en el lodo, nada tiene que ver con el éxito de algunas cifras, es un error que tarde o temprano puede traernos funestas consecuencias. Aquí no hay cuerdas separadas, o como país salimos adelante más allá de las políticas monetarias -y no digo con eso que haya que desecharlas ni mucho menos- o nos vamos al hoyo con superávit fiscal incluido.

¿O es que acaso en los CADEs   durante años se nos ha repetido hasta el cansancio “yo hago bien mi tarea, es el Estado el que no lo hace”?, ¿Y qué resultados han tenido esos cenáculos de selfis para el país? ¿O es que acaso no estamos al borde de una segunda prosperidad falaz, con la izquierda roja otra vez con muchas posibilidades de alcanzar el gobierno?

Sí hemos sido un éxito gracias al libre mercado, ¿entonces cómo se explica que cerca del 30 % de los peruanos que acuden a las urnas pueda creer todavía en un modelo que tanto atraso trajo entre 1968 y 1990?,¿si somos un milagro, cómo se explica entonces nuestro miserable nivel de educación nacional, por ejemplo, que no sólo proviene de sector público?, ¿o no tenemos universidades privadas que son un gran fraude utilizando un término de moda?

Por eso que la situación actual del país no se puede tratar en “cuerdas separadas”, insisto. No es que bien acá y mal allá; para ser un país exitoso y no terminar incluidos entre aquellos que calzan en la obra de Daron Acemoglu y James A. Robinson “Por qué fracasan los  países” (DEUSTO, 2012) hay que hacer todo los esfuerzos para lograr muchas más sinergias entre el sector público  y el privado, promover una enorme corriente  de opinión  que obligará, a quienes corresponda, dar las medidas  para  deshacernos  de los ineptos, de los corruptos y los zurdos de todo pelaje, ideologizados e incapaces,  que  están  enquistados en el aparato público. Esa tarea debe empezar por el sector educación y la universidad pública, rompiendo paradigmas de autonomía que sirven más de camuflaje para hacer lo que se les viene en gana a ciertas autoridades educativas, que se sostiene con el dinero de todos los peruanos. Tomará tiempo, pero hay que empezar ya.  

Para ser ganadores todo tiene que andar bien, o al menos lo principal, y eso no se limita solamente a la macroeconomía.  El continuo denostar al Estado por algunos sectores que ignoran por completo cómo funciona este —que además por su naturaleza es muchas veces más complejo que los grupos empresariales más competitivos—, y que han llegado a señalar con soberbia infantil «nosotros les podemos enseñar», es evidentemente que esa actitud no cae bien. Esas generalizaciones suelen colocar en la misma bolsa a los que sirven con honestidad y eficiencia a la Nación, a pesar de todas las trabas que la propia sociedad les impone a través de las autoridades legislativas y ejecutivas que son investidas por el voto ciudadano.

Es cierto que muchas prácticas empresariales son de utilidad y aplicables en el sector público, como en sentido contrario lo fueron otras, como el planeamiento estratégico militar que provino de los estados mayores de las FFAA, adoctrinados y ensayados en las Escuelas de Guerra desde el siglo XIX, que se ha empleado exitosamente   en el sector privado. Por otra parte, si todo fuese un crisol en el sector privado, como se desprende de las declaraciones de algunos de sus voceros en el sector empresarial, entonces no deberían de quebrar tantas empresas privadas, ¿o no es así? Hacer comparaciones entre unos y otros sectores es desacertado, puesto que los fines de cada cual son distintos, por lo tanto, no todo lo que para uno es bueno lo es para el otro.

Hay que entender la problemática ahí existente, que no se limita solamente a los procedimientos, a los trámites engorrosos. El Estado cuenta con eficientes funcionarios que muchas veces son acosados por entidades controladoras que más parecen gestapos que otra cosa, y que no contribuyen al buen funcionamiento del aparato público, pero que se ven favorecidas por el aplauso que viene de la sociedad civil, o por el afán de «fortalecimiento» que anuncian como panacea algunos políticos demagogos precisamente para conseguir el aplauso de la tribuna, lo que ha contribuido a dar leyes que presentan muchas trabas para el funcionario  público y dan lugar a  festines de corruptelas.

Tenemos que cambiar la actitud frente al Estado, y aquí aplica la célebre frase de John F. Kennedy: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tú país». Sigamos exigiendo, pero no denostemos la función pública de manera destructiva como no pocos sectores influyentes de la sociedad civil hacen.  

Existen muchos funcionarios probos y eficientes que no merecen la generalización que reciben de algunos sectores empresariales prepotentes y soberbios que han contagiado   ese discurso a buena parte de la sociedad. Reclamemos un mejor servicio, pero paguemos mejor al servidor público y respetemos su accionar; reconozcamos el servicio abnegado de tanta gente que se tiene que trasladar a los lugares más alejados de nuestro accidentado territorio para llevarles un servicio a compatriotas nuestros que no conocen nada de las comodidades que gozamos en Lima, Arequipa, Piura o Trujillo.

¿Cuántos de los que hoy critican ferozmente al Estado, más allá de la justa decepción o inconformidad con la labor que se cumple en muchas reparticiones estatales como la ONPE, han hecho alguna vez servicio público o han servido a su comunidad?

Si no tenemos el servicio público danés —que por demás es sumamente caro— preguntémonos a qué se debe. ¿exclusivamente al Congreso de la República, al que solemos atribuirle todos los males sin reparar en que aquella institución es sólo un reflejo de lo que somos como sociedad y que cada representante ha sido colocado por nosotros mismos?, ¿qué reformas han faltado desde los años 90?, ¿qué carreras públicas exitosas y qué sistemas meritocráticos hemos exigido como sociedad que se establezcan?, ¿cuántos abogados versus cuántos ingenieros graduamos anualmente por cuenta del Estado? ¿nos interesa? ¿qué movilizaciones hemos hecho en procura de cambiar el desastroso sistema de administración de justicia que existe en el país, que tanto afecta nuestro desarrollo? ¿No es acaso parte del declive del servicio público el que muchos funcionarios y presupuestos, sobre todo, hayan recaído en los gobiernos regionales gracias al reo Toledo y al difunto García? Movimientos regionales que no obedecen a nadie más que al de su líder y financista.

Despotrican contra las autoridades regionales o ediles que no hacen obra, pero nada dijeron cuando el reo Toledo impulsó la regionalización; y cuando el socialista converso García les traslado los recursos económicos, a pesar de no haberse consolidado en ellos gestiones públicas eficientes y en vez de ello, proliferan los vientres de alquiler y no partidos nacionales para hacerse de los gobiernos regionales. ¿o no es así?

Por supuesto no podemos dejar de mencionar que existen en la sociedad civil redes de individuos con mucha influencia política y que actúan como si fuesen miembros de un exclusivo club privado, cuya membresía la condiciona   el odio enfermizo al fujimorismo. Estas redes a las que   me refiero están constituidas por los caviares que han introducido en el Estado, políticas públicas disociadoras, revanchistas y bizantinas, muy favorecidos por la indiferencia de todos. Mostrar el carnet de ese vil sentimiento -el odio al fujimorismo- ha sido la exigencia fundamental para asegurarse un acomodado lugar en la gestión pública por más de dos décadas continuas.

La optimización del Estado en favor de todos nosotros, es una tarea de largo aliento, lo que precisamente no nos gusta a los peruanos -y menos a los limeños, flor y nata de la frivolidad, donde no faltan los poseros de   marchas para las fotos en Instagram-que queremos todo ya, para ayer, sin esfuerzo y sacrificio.  Para superar esa y otras debilidades que surgen de la sociedad y que afectan considerablemente la gestión estatal, debemos remozar la cultura del servicio público -alentándolo- basada en la honestidad, el patriotismo y la vocación servicio, mientras flexibilizamos los regímenes laborales, y no reformando, sino transformando la administración de justicia, porque como está, frustrará cualquier cambio radical en favor del país que queramos hacer.

Ha más de un siglo antes, el escritor y periodista puneño Federico More Barrionuevo (1889-1955) en su obra “Deberes de Chile, Perú y Bolivia ante el problema del Pacifico” de 1918, en la dedicatoria dirigida al hermano mayor de su padre -coronel Federico More Ruiz- Juan Guillermo More muerto heroicamente en la defensa de la plaza fuerte de Arica el 7 de junio, finalizaba con esta dura sentencia que nos viene a cuento:

“A esa elevada memoria, capitoso ejemplo de sacrificio desinteresado, faro bajo cuya luz perdurable no sabe guarecerse la juventud de un pobre país tropical y criollo que no comprende ni siente nada, ni el amor, ni el dolor, ni el deber”. No sigamos dando muestras continuas de que lo dicho por More hace una centuria siga siendo cierto.

Tiempo de reflexión y de cambio de actitud de quienes están en las  mejores posiciones en función a sus deberes  ciudadanos  que van más allá del “yo pago mis impuestos”, empezando por dejar de entregar  documentos de identidad  falsos a su hijos menores, para que  asistan a discotecas de mayores de edad, incumplido  la Ley, como hace poco denunció en una entrevista un dirigente de Renovación Popular; los mismos que se  han dejado llevar -por ignorancia o por esnobismo- por las ideas encandiladoras de los tecnócratas neoliberales y de los caviares hipócritas, poseros y vividores que han impuesto la agenda e democrático en la última elección n la política nacional durante 26 años, y que han buscado alterar el voto.

El verdadero milagro peruano radicará en superar nuestras taras, nuestra paupérrima educación, nuestro desdén por la seguridad nacional, la geopolítica y por el orden interno, nuestros pésimos sistemas de salud y previsionales, nuestra atrasadísima y reducida conectividad territorial, nuestro galopante debilitamiento institucional, y no simplemente quedarnos con la saludable económica favorecida por los buenos precios de los minerales. Que nos preocupe más, como sociedad, quien será el futuro ministro de educación, antes que el de economía, como no ha sido en 26 años de República Caviar, que espero pronto llegue a su fin con el triunfo de Fuerza Popular.

Ya es tiempo de quitarnos el “velo de la ignorancia”, parafraseando al filósofo político John Rawls.  

Last modified: 26 de mayo de 2026
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