Jorge Nieto fue duro con Keiko, pero también golpeó el punto más vulnerable de Juntos por el Perú: el Movadef. Ahora, con 25 parlamentarios, busca impedir que el castillismo controle la oposición y convertir a Buen Gobierno en la bisagra del nuevo Congreso.
La oposición no siempre nace con el que pierde. A veces nace con el que sabe aprovechar mejor la derrota ajena. Roberto Sánchez perdió la segunda vuelta, pero salió con una pretensión evidente: quedarse con la representación del país que no votó por Keiko Fujimori. Jorge Nieto, por su parte, no ganó, pero tampoco se retiró. Desde una orilla más sobria, con menos plaza y más cálculo, intenta impedir que el anti-keikismo quede bajo administración castillista.
Esa es la pelea que viene. No solo gobierno contra oposición. También oposición contra oposición.
Nieto no llega a esta escena como aliado natural de Keiko. Fue competidor suyo, la enfrentó en campaña y mantuvo una línea dura frente al fujimorismo. En segunda vuelta, el Partido del Buen Gobierno anunció que viciaría su voto y escribiría en la cédula “queremos un buen gobierno”, porque no estaba de acuerdo ni con Fujimori ni con Sánchez. La jugada lo dejó fuera de la adhesión, pero dentro del tablero: no se manchó con ninguno de los finalistas y conservó una posición cómoda para hablar al día siguiente.
Pero la neutralidad no fue silencio. En la recta final, cuando Sánchez buscaba estirar su candidatura como una izquierda democrática y digerible, Nieto golpeó donde más dolía. Recordó en una entrevista de streaming que la futura bancada de Juntos por el Perú alojaba figuras ligadas al Movadef. El episodio fue recogido por El País, junto con la respuesta de José Domingo Pérez, quien anunció una denuncia por difamación desde la cuenta de Juntos por el Perú. No se puede medir con regla cuánto movió ese golpe. Pero sí se puede afirmar algo. Nieto ayudó a romper el disfraz moderado de Sánchez en el momento más delicado de la campaña.
Allí está la paradoja. Nieto no hizo campaña por Keiko, pero fue útil contra Sánchez. No entró al fujimorismo, pero le quitó oxígeno al intento de presentar a Juntos por el Perú como una izquierda sin mochila radical. Ahora intenta cobrar otro papel: no el de socio del gobierno, sino el de administrador alternativo de la oposición. Y ese papel también merece vigilancia. Porque no todo lo que se presenta como moderación es inocente. A veces es solo una forma más educada de disputar poder.
La oposición que Sánchez quiere heredar
Sánchez quiere que la oposición nazca desde el agravio. Su capital político no está solo en los escaños. Está en Castillo, Betssy Chávez, México, el informe internacional de la ONU, la consigna del “preso político” y el intento de convertir el golpe de Estado del 7 de diciembre en una causa de victimización. Esa oposición ya tiene símbolos, emoción y enemigo. Lo que no tiene, todavía, es legitimidad suficiente para conducir a todos los que no votaron por Keiko.
Nieto apunta a ese vacío.
Buen Gobierno tendrá siete senadores y dieciocho diputados. No son números para gobernar el Congreso, pero sí para inclinarlo. En una cámara fragmentada, una bancada de ese tamaño puede decidir una Mesa Directiva, bloquear otra o darle rostro institucional a una oposición que no quiera marchar detrás de Sánchez. La aritmética no es todo en política, pero cuando nadie tiene mayoría propia, la aritmética empieza a hablar con voz de mando.
Por eso Nieto pide más que conversación. En Correo sostuvo que Fuerza Popular no debería tener presencia en las mesas directivas del nuevo Congreso bicameral, planteó que la oposición conduzca ambas cámaras y dijo que Buen Gobierno quiere presidir una de ellas. La palabra pública es “equilibrio de poderes”. La traducción política es bastante más concreta: una silla de mando.
Y esa silla le sirve por dos razones. La primera es obvia. Controlar agenda, tiempos, debates y símbolos del nuevo Congreso. La segunda es menos visible, pero quizá más importante. Buen Gobierno necesita convertirse rápido en partido, no solo en buena votación. No olvidemos que Buen Gobierno y Obras podrían perder su inscripción pese a haber conseguido escaños, por no cumplir con exigencias de candidaturas regionales y provinciales. Un partido con bancada, pero con riesgo orgánico, necesita vitrina, institucionalidad y músculo. Una Mesa Directiva no sería solo un cargo. Sería una incubadora.
Ahí aparece el primer peligro: que el discurso del equilibrio termine encubriendo una operación de supervivencia partidaria. No es ilegítimo que Buen Gobierno quiera crecer. Lo que no corresponde es tratar de vender cada ambición como el gran sacrificio democrático.
El centro también calcula
Nieto entiende su ubicación. Habla con Sánchez, pero no acepta ser invitado de piedra de Juntos por el Perú. Se reúne con Rafael López Aliaga para explorar una fórmula entre partidos que no son gobierno. Descarta una mesa con Fuerza Popular para no aparecer absorbido por Keiko. Y, al mismo tiempo, conversa con la presidenta electa para instalar condiciones de entrada. Hay el método queda totalmente nítido.
Nieto necesita demostrar tres cosas al mismo tiempo: que no será furgón del fujimorismo, que no será anexo de Sánchez y que puede convertirse en interlocutor útil para la gobernabilidad. Su espacio no es el centro como adorno moral. Es el centro como peaje. Quien quiera pasar por ahí tendrá que reconocerle peso.
Ese perfil encaja con la identidad de Buen Gobierno. Su plan no se vende como derecha de orden ni como izquierda de plaza, sino como un supuesto reformismo estatal: profesionalización del Estado, descentralización, lucha anticorrupción, digitalización, seguridad, salud, educación y reducción de desigualdades. No es un lenguaje revolucionario. Es el idioma del administrador que promete arreglar la máquina sin quemar el edificio.
Pero ese idioma también puede servir para envolver decisiones bastante menos limpias. Por eso Nieto es más difícil de leer que un opositor de megáfono. Sobre todo porque no se le con el código de la pirotecnia. Es más milimétrico. No amenaza con incendiar el sistema. Propone gestionarlo mejor. Y desde esa voz reposada introduce algunas de las demandas más sensibles del ciclo castillista.
Ha planteado que Castillo pueda afrontar sus procesos desde casa, como parte de una política de despolarización. También dijo que Keiko debería otorgar el salvoconducto a Betssy Chávez, asilada en la Embajada de México, porque el Perú “está en falta”, y vinculó ese gesto con la recomposición diplomática con México.
Ahí cambia la música. Si la despolarización empieza por ahí, deja de ser un llamado general a bajar el tono y se convierte en una negociación sobre los emblemas del adversario.
La democracia puede ser generosa sin ser distraída. Puede buscar convivencia sin comprar la versión edulcorada del golpe. Puede conversar con quienes perdieron sin aceptar que la primera página del nuevo gobierno se escriba desde Barbadillo, la embajada mexicana o la nostalgia castillista.
El riesgo es claro: que la moderación termine funcionando como una lavandería de símbolos. Que lo que llega con lenguaje de reconciliación sirva para reubicar políticamente a los restos del movimiento de Pedro Castillo. Que la oposición responsable no nazca como contrapeso democrático, sino como una ventanilla donde se tramitan concesiones de alto voltaje.
La prueba para Keiko
Keiko debe leer a Nieto sin ingenuidad y sin reflejo tribal. Puede servirle para quitarle a Sánchez la conducción automática del anti-keikismo, pero no es un aliado de ingreso gratuito. Su valor político nace exactamente de esa ambigüedad: no pertenece al castillismo, no quiere ser fujimorista y necesita convertir esa distancia en poder. Por eso cada conversación con él debe tratarse como negociación, no como gesto de buena voluntad nacional.
El punto delicado no está solo en quién preside una cámara. Está en qué se entrega para construir esa mayoría. Si la recomposición política empieza por Castillo en casa, Betssy rumbo a México y el 7 de diciembre convertido en asunto de “distensión”, el nuevo gobierno habrá cedido algo más importante que un cargo: habrá cedido el marco moral de su victoria. La democracia puede abrir canales con quienes perdieron, pero no puede empezar pidiendo disculpas por haber resistido un intento de quiebre constitucional.
El reto de Fuerza Popular será separar diálogo de subordinación. Puede reconocer el peso de Buen Gobierno, aceptar contrapesos y buscar acuerdos parlamentarios sin permitir que una fuerza intermedia convierta su utilidad en derecho de tutela. Una oposición seria debe fiscalizar al gobierno, no redactarle condiciones de nacimiento. Y un gobierno que llega con mandato propio no puede inaugurar el quinquenio pagando símbolos ajenos como cuota de gobernabilidad. Nieto vio antes que otros que la oposición todavía no tenía dueño. Ese es su mérito y también su peligro. Porque quien controle esa puerta podrá ordenar el tono del nuevo Congreso, negociar con la izquierda, hablar con la derecha no fujimorista y presentarse como árbitro del país que no votó por Keiko.
