Treinta años de «neoliberalismo» y la pobreza que, según el guion, debía aumentar. No aumentó. Ese es el problema.
Una de las mitologías más productivas del debate peruano es la del gobierno de la derecha.
Según esta fábula, desde los años noventa el Perú fue gobernado por una derecha neoliberal que desmanteló el Estado, entregó el país al mercado y produjo el caos que hoy padecemos. La solución, por consiguiente, sería hacer exactamente lo contrario.
La fábula tiene un inconveniente menor: los números.
Entre 2004 y 2019, la pobreza monetaria cayó de 58 % a 20 %. Veinte millones de personas salieron de la pobreza en quince años. El ingreso per cápita se triplicó. La mortalidad infantil se redujo a la mitad. La cobertura eléctrica pasó de 63 % a 96 % de los hogares.
Estos datos no provienen de un think tank liberal. Los publican el INEI, el Banco Mundial y la CEPAL, institución que no se distingue precisamente por su entusiasmo neoliberal.
Ante el peso de estas cifras, la izquierda ha ejecutado una maniobra táctica elegante: ya no discute el crecimiento. Discute la anemia.
Es cierto. La anemia infantil afecta a más del 40 % de los niños menores de tres años. Es un dato real y vergonzoso. Pero conviene formular una pregunta que rara vez aparece en la discusión:
¿Quién administra los programas de nutrición infantil? ¿Quién gestiona los centros de salud del MINSA, los hospitales públicos y la distribución de micronutrientes?
La respuesta es simple: el Estado.
Y el Estado peruano —sus hospitales, su burocracia sanitaria y sus programas sociales— no fue diseñado ni es gestionado por la supuesta derecha neoliberal que habría gobernado el país. Lo administra, año tras año, una burocracia con su propia cultura institucional, sus propios incentivos y su propia definición de éxito, una que rara vez incluye resultados medibles.
La anemia no es una falla del mercado. Es una falla del Estado. Y es precisamente ese Estado el que la izquierda propone expandir.
“La derecha ganó elecciones. La izquierda conservó el Estado. El país cargó con ambos.”
¿Quién gobernó realmente el Perú?
La respuesta honesta resulta incómoda para ambos lados.
La derecha ganó elecciones y, por inercia o convicción, mantuvo un marco macroeconómico que produjo crecimiento. Pero nunca capturó lo que Antonio Gramsci llamó hegemonía cultural.
Las universidades que forman jueces y fiscales, las ONG con financiamiento internacional, la prensa de referencia y buena parte de la academia que produce el sentido común del país fueron ocupadas, paciente y metódicamente, por la otra facción.
El resultado es un país con doble comando:
- Economía de mercado en el papel.
- Estado capturado en la práctica.
El ganador de las urnas descubre el lunes siguiente a la elección que los reguladores responden a otra agenda, que los fiscales poseen otra militancia y que buena parte de la cooperación internacional financia a sus opositores.
Entonces, en lugar de reformar el diseño institucional, administra lo posible. Cinco años después, entrega el poder con el aparato intacto y el ciclo vuelve a comenzar.
Hayek lo habría dicho con mayor frialdad:
Cuando las reglas del juego favorecen sistemáticamente a una facción, la otra no gana simplemente ganando elecciones. Gana rediseñando las reglas.
Cuatro líneas de acción. Ninguna particularmente dramática.
1. Reformar los sistemas de nombramiento
Reformar los mecanismos de designación en el Ministerio Público, la Junta Nacional de Justicia y los organismos reguladores para exigir mayorías calificadas que impidan capturas por mayoría simple.
2. Transparentar el financiamiento externo
Establecer la transparencia obligatoria del financiamiento extranjero a ONG y centros académicos. El ciudadano tiene derecho a saber quién financia la opinión que consume.
3. Diversificar el ecosistema intelectual
Impulsar una política sostenida de pluralismo intelectual mediante becas, publicaciones y cátedras que rompan el monocultivo ideológico predominante en muchas facultades de ciencias sociales.
4. Invertir en la batalla cultural
Quizá la más difícil.
Requiere un empresariado dispuesto a invertir en la producción de ideas, formación de cuadros e instituciones culturales, y no únicamente en eventos sociales o actividades de representación.
Nada de esto se construye en un solo período presidencial. Por eso era urgente comenzar hace diez años. El segundo mejor momento es ahora.
“Las urnas se cierran a las cuatro de la tarde. El país se gobierna el resto del tiempo.”
Last modified: 31 de mayo de 2026