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Humanizar la inteligencia artificial, por Alfredo Gildemeister

El pasado martes 26 de junio, el Papa León XIV presentó al público en Roma su primera encíclica denominada “Magnifica Humanitas” -MH- (Magnifica humanidad) que trata de la inteligencia artificial (IA), su verdadero sentido y finalidades. Ante un auditorio repleto de personalidades, el Papa explicó brevemente su encíclica. Es la primera vez que un Papa presenta su propia encíclica en un acto público.

Es innegable que la IA ha irrumpido exitosamente sorprendiendo al mundo entero y se impone como una fuente rápida de conocimiento. Así como muchos toman lo que “dicen” o establecen las encuestas como verdades sine qua non, se puede apreciar como hoy en todos los ambientes -profesionales, académicos, familiares o empresariales- y redes sociales, es cada vez más grande la tendencia a considerar que todo lo que diga o establezca la IA constituye una verdad indiscutible y cierta.

Hoy se cita y se refiere a la IA como si de un dios se tratara, el cual indica, declara y establece lo que es verdad y lo que no es verdad, de una manera rápida e inmediata, sobre cualquier tema, problema, aspecto, imagen, etc. La IA es hoy prácticamente la sabiduría andante y si lo dice la IA, entonces indiscutiblemente es verdad y la gente tiende a citar y referirse a la IA como si se tratara de una referencia de una certeza absoluta o verdad inequívoca, olvidando que mal que bien, todos los programas de IA (ChatGPT, Gemini, etc.) finalmente fueron y seguirán siendo elaborados y trabajados por seres humanos, con una manera de pensar precisa, con una ideología política, creencias, carácter y personalidad determinada, todo lo cual se ve volcada y traslucido en la “información” que utiliza la IA.

Ante esta gran influencia que cada vez más va teniendo en la humanidad actual la IA, como una estupenda herramienta para la investigación, el conocimiento y hasta para la vida diaria de las personas, pero tomada también como verdad cierta e inequívoca por cada vez más gente, es que el Papa León XIV desea poner con su encíclica las cosas en su sitio y trata a la IA bajo los principios y pautas que establece la doctrina social de la Iglesia como “patrimonio de sabiduría en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar y orientaciones concretas para actuar” (MH 3), con lo cual el Papa busca ubicar a la IA donde debe estar, darle su verdadero sentido, ubicación y definirla como lo que es en realidad: una maravillosa herramienta que en primer lugar debe estar al servicio de la humanidad.

Para ello el Papa ha pedido una regulación sólida de la IA y que sus desarrolladores -los que crean y elaboran programas de IA- trabajen por el bien común, esto es, para la realización de la persona humana en todo sentido: humano y espiritual, en lugar de ser un mero instrumento utilizado para el lucro, por ejemplo.

Señala que hay que salvaguardar a la humanidad del uso indiscriminado de la IA que impacta tanto en el trabajo como en la guerra. La encíclica establece desde el principio que trata “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.

Se busca pues proteger pues la dignidad humana ante la revolución de la IA, indicando el Papa que esta tecnología tiene “que ser desarmada” de las “lógicas que la transforman en dominio, exclusión y muerte”. Eligió la palabra “desarmada” -dice el Papa- porque es fuerte e insta a “despertar conciencias” en un momento de “gravedad” para nuestra historia.

Es innegable que casi sin darnos cuenta -tal como pasó con el uso del internet, redes sociales, celulares, etc.- la IA “está cambiando muchos aspectos de nuestra vida”. Conozco a muchas personas que no deciden nada profesional, y hasta personal inclusive, sin consultarlo a la IA, como si se tratara de una especie de oráculo de Delfos o consejero o amigo leal -y no me refiero solo a temas de conocimientos o datos, repito, sino a aspectos muy personales de la vida privada- que no pueden vivir sin preguntarle, antes de tomar una decisión, a la IA.

Así mismo, la IA “está fuertemente también cambiando el modo en que se llevan a cabo los conflictos” y por todo ello, el Papa manifestó que se siente “responsable” de tener que dar la visión de la Iglesia sobre este tema de la IA.

El advenimiento de la IA y su rápida expansión definitivamente requiere que también se analicen los aspectos éticos o morales de su utilización. De allí que no se debe perder de vista a la persona humana. La encíclica trae todo un capítulo sobre “la grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA”.

Todo ello implica una gran responsabilidad, transparencia y gobernanza en el uso de la IA. La IA está al servicio de la persona humana y no al revés. La persona humana no puede estar al servicio o subordinado a lo que diga o establezca la IA, en todos los aspectos que afectan al ser humano.

En resumen, podemos establecer varias pautas de acuerdo con la encíclica.

La primera es que la persona humana constituye el centro de todo progreso tecnológico y no al revés; en segundo lugar, la IA debe estar al servicio del bien común de la humanidad, constituye una ayuda valiosa que debe ser utilizada con responsabilidad, transparencia y gobernanza, orientada a la persona y a la sociedad; en tercer lugar, la verdad es un bien común que debe ser buscado y protegido.

De allí que toda información proporcionada por la IA debe ser corroborada, con miras a conocer la verdad. La IA debe siempre proporcionar información verdadera y no manipulada o tergiversada o, peor aún, falsa. La búsqueda de la verdad es fundamental y la IA debe servir para ello.

En cuarto lugar, la dignidad humana es incondicional e inviolable. No puede depender de las capacidades, riquezas, rol social ni decisiones de nadie. De allí que, en quinto lugar, ninguna máquina puede sustituir la experiencia humana. Toda persona es libertad, relación, creatividad y trascendencia. Ningún algoritmo puede reducir el corazón humano, su libertad ni su apertura a Dios, a lo que diga, mal que bien, una máquina programada por alguien.

Recomiendo la lectura de la nueva encíclica. Mas aún al tratar un tema tan actual y que nos afecta a todos.

Utilicemos pues la IA como una estupenda herramienta fuente de conocimientos y data, pero no nos confundamos. No es un dios al que podamos contarle nuestra vida entera y dejarnos llevar por su “opinión” o “consejo”. Lo mismo en el ámbito laboral y académico.

Recuerden que todo programa de IA es elaborado por “alguien” con una manera de pensar precisa, con una ideología política clara, creencias, carácter y personalidad determinada. De allí que lo mejor es que esta herramienta nos sirva hasta donde nos pueda servir, siempre bajo nuestro criterio, y que no suceda al revés: que terminemos sirviendo y siguiendo a la IA ciegamente… como mejor le parezca a esta.

Last modified: 31 de mayo de 2026
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