Escrito por 21:20 Opinión

Horror y consternación, por Alfredo Gildemeister

El ministro ingresó calladamente a la sala. Todo el personal lo miraba en silencio. Algunos lo saludaban con cierta adulación, otros con cierto temor y alguno que otro con respeto, guardando un silencio de ultratumba. Lo que estaba viendo el ministro no le gustaba nada. Habían pasado tan solo unos cuantos días desde su juramentación, la cual había despertado ciertas suspicacias entre periodistas y políticos de la oposición: «¿Quién es este? ¡Pero si ni siquiera es médico! ¿Qué sabe este de salud? ¿No es el “patita” que salía informando sobre Keiko y el conteo de los votos?», etc.

El ministro siguió avanzando. Era consciente que se enfrentaba a una burocracia de muchos años y que lo veían como una amenaza a su “zona de confort” de años de hacer poco o nada y ganarse un sueldo de la nada.

El ministro, para sorpresa de todos, comenzó a meterse y a caminar por cuanta oficina, sala y recoveco encontró, ante la mirada cada vez mas aterrada del personal que lo acompañaba y lo observaba con los ojos abiertos como platos. Los comentarios que soltaba el ministro iban como se diría in crescendo a medida que ingresaba en una oficina o en un archivo o en una sala con equipos médicos abandonados, y encontraba más y más desorden, montañas de papeles y escritorios con decenas de personas de mirada perdida y aburrida que lo miraban como diciendo quien es este que me mira tanto. Es el ministro les decían.

El ministro comenzó a preguntar a algunos, casi con cierto temor ante las respuestas que ya intuía: «¿Y tú qué haces aquí?» Y le respondían: «pongo un sello en estos papeles», «firmo estos papeles», «archivo tales papeles», «llevo de aquí a otra oficina estos papeles», «Yo traigo aquí papeles de otra oficina», «yo fotocopio estos papeles», etc. Burocracia, burocracia y más burocracia.

Al ministro solo se le vino a la mente los miles de pacientes de todas las edades, esperando horas de horas en las puertas de los hospitales el ser atendido, escuchados, tratados, curados, intervenidos, etc. mientras estas personas de manera autómata firman, sellan y archivan papeles. Las expresiones del ministro ya no son recatadas ni guardan las formas; con asombro exclama para sí mismo: “no lo puedo creer”, “es increíble”, “Dios mío”.

Hasta un «¡Mierda!» soltó ante una columna, por no decir montaña de files de palanca repletos de papeles —órdenes de servicios decían que eran— de más de tres metros de altura en pasillos de medio metro de ancho. Al encargado de ese archivo el ministro le soltó con cierta sorna, pues ya no sabía si llorar o reír ante lo que veía, «Tú aquí en un temblor quedas sepultado».

En la mente del ministro ya se iban configurando las conclusiones a las que llegaría y las urgentes medidas que tendría que tomar. El Ministerio de Salud no es una gran empresa privada en donde uno tiene unos meses de inducción para empaparse de la estructura, organigrama y problemáticas de la empresa. En un ministerio, el ministro no tiene un periodo de inducción de meses. Solo tiene días pues el país espera resultados de su gestión a la mayor brevedad.

De esta manera, el ministro Luis Dyer ha realizado, y continúa efectuando, visitas a hospitales, almacenes y oficinas del Ministerio de Salud (MINSA) en Lima y regiones. Efectivamente, viene constatando la existencia de un caos administrativo, equipos médicos inoperativos, montañas de expedientes físicos sin digitalizar y millones de jeringas en riesgo de caducidad —por solo mencionar un caso— al margen de las medicinas caducadas, etc.

En la mente del ministro se iba anotando de una manera ordenada lo que iba encontrando en cada visita. En cuanto a equipos e infraestructura, en el Hospital de Emergencias Villa El Salvador (HEVES), por ejemplo, halló que de tres equipos de rayos X solo funcionaba uno y el mamógrafo estaba inoperativo. Además, otro ejemplo, en una visita al hospital de Huachipa detectó algo increíble: un costoso equipo de resonancia magnética sin funcionar bajo contrato de cuatro años. No podía creer lo que veía y su rostro se ensombreció, por no decir que se entristeció, ante el recuerdo de los cientos, por no decir miles de pacientes, esperando horas de horas por una resonancia magnética mientras un equipo de éstos simplemente estaba abandonado, sin operar, pese a que estaba en óptimas condiciones, pagándose S/350,000 soles mensuales ¡por un equipo que no se utiliza!

Ante esta situación el ministro declaró en su momento: “El lunes, hoy, estarán dándome el informe, que lo estoy pidiendo. Quiero saberquién lo firmó, de que estamos hablando en el tema de la empresa, y, sobre todo, en el contrato hay un tema de penalidades, si el equipo no funciona o me lo repones o coloco penalidades porque me estas perjudicando”.

A toda esta problemática que el ministro tomaba nota en su mente, debía agregar, además, la impresionante carga de documentos, files y papeles acumulados durante años, pues luego de meterse entre en los almacenes y archivos —por no decir huariques— observaba todos los espacios repletos hasta el techo de papeles y files de palanca, montañas de expedientes y papeles, para los cuales adicionalmente, tuvo conocimiento de que se pagaba una gran cantidad de dinero por alquileres de almacenes para guardar, repito, las literalmente montañas de archivos de documentos ante la falta de digitalización. «Estamos como en 1995», repetía el ministro a cada rato, asombrado, cuando se encontraba con alguno de estos archivos elefantiásicos de papales. El internet y la era digital no existen en el ministerio.

De allí que definitivamente el ministro comenzó a concluir que existía un gran problema administrativo de organización y eficiencia que había que urgentemente resolver para simplificar, sistematizar, digitalizar y ahorrar dinero, con lo cual se podrían obtener fondos para pagar mejor a los médicos y enfermeras que son lo que están en la primera línea de trinchera tratando a los miles de pacientes cada día. El segundo gran problema era ya el servicio médico en sí y su optimización, calidad y eficiencia. No puede ser que, del presupuesto del MINSA, más del 52% se destine a carga administrativa —una inútil burocracia— y no en mejorar el servicio de los médicos y enfermeras que son los que finalmente dan la cara ante los pacientes.

Por lo pronto, el ministro empezó de inmediato a tomar decisiones ordenando en primer lugar la agilización de los trámites administrativos para la reparación y renovación de los equipos médicos esenciales, así como entrega de medicinas en el más corto plazo. En segundo lugar, decidió iniciar a la brevedad posible, una reorganización interna para remover al personal de confianza y cambiar directores en áreas tecnológicas. Finalmente, decidió promover una estrategia orientada a la transformación digital y reducción de la burocracia en el sector. El ministro sabe que en el Perú es muy típico en los políticos, prometer y no cumplir. Él no quiere ser uno más de ese montón. Por esta razón es muy cauteloso al anunciar sus metas. Aun así, ha hecho una apuesta riesgosa donde se compromete en un plazo de 100 días a crear un sistema de monitoreo remoto para supervisar los equipos médicos de todo el país y detectar fallas. Esto con el fin de reducir el desabastecimiento de medicinas, las demoras en citas, cirugías, etc. También revisará los sospechosos contratos de alquiler con particulares con el apoyo de la Contraloría.

En conclusión, se ha podido apreciar como cada vez que el ministro termina una de estas “visitas” a hospitales, almacenes y oficinas del Ministerio de Salud, su rostro no deja de reflejar horror y consternación. Horror ante tanta insensibilidad, indiferencia, pasividad e irresponsabilidad ante una institución que debería velar por la salud de los peruanos; y consternación, ya que se le da más importancia a su burocracia (23,000 personas según a señalado) y a cientos de funcionarios ineptos, inclusive en cargos de confianza, sin importar que por esta negligencia mueran pacientes a diario, que las medicinas caduquen, que los equipos médicos no se encuentren operativos o sin mantenimiento, pero sobre todo, sin tomar en cuenta la salud y la vida inclusive de miles de peruanos que confían —pues solo eso les queda— en el sistema de salud en el Perú.

Le deseo el mejor de los éxitos al ministro Dyer, pues para resolver esta gravísima problemática, no necesitamos de un cardiólogo ni traumatólogo ni oncólogo, sino de un experto gestor que tome decisiones y termine de una vez por todas con este desastre de “servicios” y nos ofrezca un excelente servicio de salud como debe ser. Es un derecho fundamental de todos los peruanos, y más aún cuando se paga por dichos servicios.

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Alfredo Gildemeister

Alfredo Gildemeister

Abogado

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Last modified: 15 de agosto de 2026
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