El hombre volvió por enésima vez a mirar por la ventana de su oficina. Observó el inmenso y largo edificio del museo de Louvre -antiguo palacio de los reyes de Francia. Al fondo en el cielo soleado de agosto, destacaba la torre Eiffel, así como las cupulas del Grand Paláis y del Petit Paláis. Un poco mas cerca se podían apreciar las dos torres de Notre Dame, destacando entre los tejados de los edificios, así como a lo lejos el rio Sena, en su tranquilo paso por la ciudad de Paris y sus hermosos puentes, incluyendo el que mandara construir alguna vez el mismo Napoleón. Dietrich von Choltitz, gobernador militar alemán en París y jefe máximo de la ciudad, se debatía en su mente en cuanto a lo que era su deber en estos momentos. Los aliados se acercaban a la ciudad. Luego del desembarco en Normandía el pasado 6 de junio de 1944 —el famoso día D—, repentinamente las tropas aliadas que se dirigían por el norte hacia las fronteras belga y holandesa, con el objetivo de alcanzar la frontera alemana, se habían desviado repentinamente para dirigirse a París.
¿Qué había pasado? Pues sencillamente que luego del desembarco en Normandía, las tropas aliadas estadounidenses, británicas, canadienses y francesas habían comenzado a avanzar hacia el noreste de Francia, con miras de atravesar Bélgica y Holanda, para alcanzar la frontera alemana e ingresar cuanto antes en Alemania, pero este objetivo cambió. Ello debido a que el 19 de agosto, la Resistencia francesa y miembros de la policía de París habían comenzado una insurrección contra los alemanes en París. Se levantaron barricadas en los bulevares y en las calles y se produjeron combates en diferentes zonas de la ciudad. Cabe mencionar que la Resistencia francesa estaba formada por diversas agrupaciones de guerrilleros como el Maquis, de orientación comunista. El líder de la resistencia francesa Charles de Gaulle sabía que, si la Resistencia llegaba a dominar París, se haría gobierno y Francia se convertiría en un estado comunista, lo cual no era su intención. De Gaulle quería una república democrática para Francia. Sin embargo, el jefe del mando aliado, el general Dwight D. Eisenhower, no le interesaba liberar París por el momento pues su objetivo era Alemania, llegar cuanto antes a la frontera alemana y terminar la guerra. De Gaulle tenía el tiempo en contra. Es así como, finalmente, luego de presionar insistentemente a Eisenhower, este decidió cambiar la estrategia y dirigir al ejército aliado a liberar París de los alemanes. De Gaulle estaba salvando a Francia del comunismo… si es que llegaban a tiempo.
Lo que no sabían ni De Gaulle ni Eisenhower era que el comandante de París, Dietrich von Choltitz, tenía órdenes directas y precisas nada menos que del mismo Hitler, de dinamitar París antes de que caiga en manos de los aliados. Para ello se habían instalado explosivos en los principales edificios, monumentos y puentes de la ciudad. Todo estaba listo para que antes que ingresaran los aliados en la ciudad, volarla por los aires. Sin embargo, von Choltitz era ante todo un soldado. Estaba acostumbrado a obedecer órdenes, pero destruir París y sus monumentos legendarios no tenía sentido. La historia lo juzgaría y lo condenaría irremediablemente. No quería ese legado para sus hijos ni para el mismo pueblo alemán. Mientras von Choltitz caminaba de un lado para otro en su oficina y por enésima vez miraba por la ventana los hermosos edificios y monumentos de París, la 2.ª División Blindada francesa, dirigida por el general francés Philippe Leclerc, junto con la 4.ª División de Infantería estadounidense, se acercaban a París. Las llamadas desde Berlín no se hacían esperar preguntando por la situación en París. El Fuhrer preguntaba sin cesar y recordaba a von Choltitz la orden de dinamitar y destruir París si ingresaban los aliados.
Finalmente, el 24 de agosto de 1944, las primeras unidades de la división francesa entraron en los alrededores de la ciudad y durante la noche, algunos tanques franceses consiguieron llegar hasta los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo, el centro mismo de París. Von Choltitz permaneció en su elegante despacho. Se sentó en su cómodo sofá, delante de su hermoso escritorio de estilo Luis XV, y tomó una decisión. Prendió un cigarrillo y se limitó a esperar. Aquella noche del 24 al 25 de agosto, mientras fumaba su cigarrillo, pudo oír algunos disparos en las calles de los alrededores y luego de un largo silencio, el ruido de motores y de orugas de vehículos militares, lo más probable es que fueran tanques Sherman y blindados, deteniéndose ante la fachada de su Cuartel General, frente al Louvre. Von Choltitz se puso de pie y se abotonó la guerrera. La Cruz de Hierro colgaba elegantemente de su cuello. Se paró de manera marcial frente a la puerta de entrada de su oficina. Estaba listo para rendir París a los aliados. Lo había decidido. Y no destruiría París.
Ya era el amanecer del 25 de agosto. Fue en esos momentos en que timbró el teléfono de su escritorio. Levantó el auricular sin contestar y oyó la voz, esa voz que conocía tan bien y que durante tantos años había sido la voz que dominara Alemania. Era la voz de Hitler que rabiosamente preguntaba: “¿Arde París? ¿Arde París?”. Von Choltitz simplemente colgó el auricular sin responder. Unos minutos después se escucharon pasos acelerados acercándose a su oficina. De repente ingresaron tres soldados americanos y dos franceses armados, acompañados de un par de oficiales y finalmente el propio general Philippe Leclerc. Von Choltitz se limitó a cuadrarse militarmente y ofrecer la rendición de París a Leclerc. Hasta ese momento, nadie sabía que además de rendir París a los aliados, von Choltitz había salvado la ciudad de la destrucción. La había salvado no solo para los franceses sino para toda la humanidad. Von Choltitz se sintió en paz con su conciencia. Había hecho lo correcto.
Ese mismo día 25 de agosto, el general De Gaulle entró en París y desfiló en una marcha triunfal al lado de Leclerc, a lo largo de toda la avenida de los Campos Elíseos, ante una multitud enfebrecida que lo aplaudía y gritaba vivas sin parar. Al igual que von Choltitz, De Gaulle estaba tranquilo con su conciencia. Había logrado liberar París no solo de los alemanes -que la ocupaban desde 1940- sino salvar a la propia Francia del comunismo, pues de inmediato instituyó un gobierno provisional para la instauración de la república francesa, en democracia y estado de derecho. París celebró durante días la liberación, los parisinos bailaron y brindaron con los soldados americanos y franceses, la libertad que no tuvieron durante cuatro años de pesadilla. Como el mismo Ernst Heminway escribiera y titulara su famosa novela, efectivamente, “París era una fiesta”.
Vayan estas sencillas líneas en recuerdo de la liberación y salvación de París hace 82 años y, ¿por qué no decirlo? Mi agradecimiento personal al comandante Dietrich von Choltitz, por la valentía que tuvo al desobedecer una orden directa de Hitler, salvando quizá una de las mas hermosas ciudades de todos los tiempos, puesto que París… siempre será París ¡Oh la – la!
