Hay una verdad que la academia evita y los políticos prefieren ignorar: en la larga guerra entre la libertad y el Estado, el empresario no es un actor secundario. Es el único capaz de ganarla. No el intelectual. No el periodista. No el líder de oposición. El empresario.
EL ÚNICO QUE PUEDE — Y LA HISTORIA LO PRUEBA
Conviene precisar qué significa “el único”, porque el argumento no es de superioridad moral sino de estructura. Los intelectuales conquistaron libertades civiles, los periodistas las defendieron, los jueces las codificaron. Nadie lo niega. Pero todas esas victorias son reversibles sin una base económica independiente que las sostenga. El académico necesita la universidad pública. El periodista necesita publicidad que el gobierno puede asfixiar. El político necesita votos que el populismo sabe comprar. El empresario, en cambio, posee algo que ningún decreto puede crear ni ninguna mayoría puede votar: riqueza autónoma, propiedad privada, y la capacidad de financiar una sociedad civil fuera del alcance del poder.
La prueba histórica es contundente. El socialismo no ha triunfado de forma duradera en ningún país donde existió una clase empresarial independiente, organizada y con conciencia política. Venezuela, Cuba, Nicaragua: en todos los casos el primer paso fue la destrucción o la cooptación del sector privado. No fue casualidad. Fue método. El socialismo sabe perfectamente quién es su único enemigo real.
“El socialismo no ha triunfado de forma duradera en ningún país donde existió una clase empresarial independiente y con conciencia política. No fue casualidad. Fue método.”
LA BATALLA ES CULTURAL ANTES QUE ECONÓMICA
Friedrich Hayek lo entendió antes que nadie. El problema central del socialismo no es moral sino epistémico: ningún planificador central tiene acceso al conocimiento disperso que existe en millones de decisiones individuales. El sistema de precios no es un mecanismo técnico, es el lenguaje mediante el cual una sociedad libre se coordina sin obedecer a nadie. Suprímalo, y no quedan precios: quedan decretos. No queda economía: queda obediencia.
Pero el socialismo no llega primero con expropiaciones. Llega con lenguaje. En el Perú de hoy lo vemos con claridad: “empresario” se usa como insulto, “mercado” como sinónimo de injusticia, “ganancia” como evidencia de explotación. Ese vocabulario no es inocente, es una estrategia. El empresario que acepta ese lenguaje, que se disculpa por crear riqueza, ya perdió la batalla antes de que empiece. El que la rechaza con argumentos —explicando que su empresa prospera porque sirve mejor al cliente, no porque explota a nadie— destruye el relato marxista desde la base.
NO TODO EMPRESARIO CUMPLE ESTE ROL — Y HAY QUE DECIRLO
La autocrítica aquí es obligatoria, no por concesión al adversario sino por rigor intelectual. El empresario que pacta con el gobierno para obtener protecciones, subsidios o contratos privilegiados no frena al socialismo: lo alimenta, le da sus mejores argumentos, le fabrica sus enemigos más convenientes. El capitalismo de compadres —ese que confunde el éxito con la cercanía al poder— es en el fondo socialismo para ricos, y ha sido históricamente el mayor regalo que la derecha le ha hecho a la izquierda.
El empresario del que hablamos es el otro: el que compite, innova, pierde y vuelve a intentarlo, el que no llama al ministro cuando tiene un problema sino al mercado. Ese existe en el Perú en mayor número de lo que la narrativa caviar reconoce. Y su silencio político actual es una derrota que él mismo se está infligiendo.
EL MOMENTO ES AHORA
En el Perú de hoy, con ocho presidentes en diez años, instituciones capturadas y campañas presidenciales financiadas con dinero del crimen organizado, el empresario formal permanece paralizado por el miedo a un titular adverso o a una investigación fiscal. Mientras tanto, el dinero sucio ya tomó su decisión y está construyendo el próximo gobierno. Esa parálisis no es prudencia. Es suicidio cívico.
El socialismo en todas sus formas —el chavismo importado, el indigenismo estatista, el progresismo redistributivo— avanza cuando el empresario se retira. Retrocede cuando el empresario ocupa el espacio: financiando ideas, sosteniendo medios independientes, respaldando candidatos con trayectoria honesta, defendiendo la libertad económica sin pedir disculpas. Nada de eso es política partidaria. Es la condición mínima para que exista una sociedad libre. El empresario que espera que otros lo hagan por él está esperando su propia expropiación.
El empresario no es el único ciudadano valioso de una sociedad libre. Pero sí es el único con los medios materiales para defenderla. Y mientras no lo entienda, el socialismo seguirá ganando.
