La acción militar de los Estados Unidos en Venezuela constituye uno de esos remezones geopolíticos que no admiten zonas grises, o se respaldan o se condenan sin ambages, empujando incluso a nuestras ya polarizadas mesas familiares a una lógica pendular de confrontación que, más temprano que tarde, exige la derrota simbólica, y en el plano internacional, eventualmente estratégica, de uno de los bandos. En este terreno, las lecturas morales simplistas resultan irrelevantes, que si uno es corrupto, que si el otro alberga buenas o malas intenciones; ¿desde cuándo tales consideraciones han sido decisivas en la política real?
Tucídides lo formuló sin rodeos al describir un orden en el que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles padecen lo que deben, recordándonos que la violencia, en cuanto persuasiva, no opera como arrebato emocional sino como instrumento racional de convencimiento político. No toda violencia, sin embargo, es homogénea, existe una violencia calculada, estratégica, propia de una derecha occidental civilizada que actúa desde el realismo del poder y la preservación del orden, y existe también una violencia rábica, desestructurante, animada por el resentimiento y la endofobia, característica de una izquierda progresista heredera del orden de posguerra impuesto por los baby boomers, llevado hasta su extremo ideológico. Ese proyecto no solo muestra signos evidentes de agotamiento cultural y político, sino también de inviabilidad demográfica, una cosmovisión sostenida por un grupo humano que no se reproduce, que envejece y se sostiene más por inercia institucional que por vitalidad social, difícilmente puede imponerse en escenarios de conflicto prolongado, incluidos los de naturaleza militar.
A ello se suma una paradoja significativa, en su afán por antagonizar sistemáticamente a todo aquel que no comulgara con sus consignas, etiquetándolo de “fascista”, esta izquierda ha terminado por empujar a amplios sectores del centro político hacia una lógica de cierre defensivo, un macartismo reactivo que, en su versión más radicalizada, roza efectivamente el neofascismo. No se trata de una deriva casual, sino de una respuesta al vaciamiento deliberado del espacio intermedio.
En política, cada actor termina ocupando su trinchera, y el desenlace no se dirime en el plano de las intenciones declaradas, sino en el campo efectivo de fuerzas.
