OpiniónJueves, 19 de mayo de 2022
¿Progresofobia?, por Tony Tafur
Tony Tafur
Periodista de El Reporte

Con el término "progresofobia", el psicólogo experimental y científico cognitivo Steven Pinker desmanteló a un grupo y a una idea, que por ratos son una sola sustancia: a los progresistas que no les gusta el progreso y a la falsa tendencia de que somos una sociedad homófoba, racista y sexista, no predicando la inexistencia de este tipo de discriminaciones, sino acentuando que hay un número reducido de incidentes en comparación con siglos pasados.

En nuestro caso, vamos a asignarle una connotación peruanizada y de orden estatal, sobre todo por el actual contexto, y correspondiendo a su fuerza etimológica. Este mal no solo lo puedo traducir en la antipatía o el temor irracional a trascender, sino que es también el gusto, casi reverencial, de que peloteen nuestro futuro, definición que vamos a ceñir a nuestra geografía inmediata: Perú, un país que hace rato camina en la cornisa.

Crisis sanitaria, económica, educativa, social y un largo etcétera. Muchos hechos engrosaron la antología de reveses que hoy en día se experimentan en el mundo. A pesar de esta trágica fotografía, en el caso de nuestro país, nuestras autoridades, como si hubieran adoptado una ceguera intermitente y una licencia para la recreación, no necesariamente amistosa, no están atendiendo adecuadamente estos frentes. Al contrario: se quedan en la corteza, intercambian exabruptos y desarrollan, en vivo y en directo, sus habilidades para las peroratas, mientras que, a los ciudadanos, a unos más que a otros, se les sigue torciendo esta realidad por tantos inconvenientes que oscilan entre la falta de oportunidades y la suma de gastos.

Estamos en un bucle. Hagamos un repaso fugaz, minúsculo: a un lado, un Ejecutivo, con su logomanía acerada en el “pueblo”, disimulando ya no tanto sus intenciones totalitarias. Y en la otra tribuna, un Congreso de antagonismo de aspecto artificial, que en realidad cede, hasta con abrazos, cuando es conveniente; es decir se convierte en un apéndice, en un botón de que los polos opuestos pueden atraerse. Parafraseando a Manuel Gonzáles Prada, somos dirigidos —desencarrilados, en realidad— por los gobiernistas, los conspiradores y los indiferentes por egoísmo, imbecilidad o desengaño.

El progreso parece una palabra de orden fantasmal. Y no porque no hayamos avanzado en los últimos años, sino que en plena proliferación de dificultades hay una falta de norte y una nula contribución al metamorfoseo nacional —y me dirijo a los que ganaron y no—, que ha implantado una velocidad que no se puede sobrepasar, que nos ha atortugado y que predetermina la errancia de tantos que, tal vez, pudieran ser elementos provechosos para la evolución de este país.