OpiniónDomingo, 23 de marzo de 2025
El poder en las Esferas de Influencia, por Berit Knudsen
Berit Knudsen
Analista en comunicaciones

Las potencias consolidan zonas de influencia para proyectar poder. Durante las Guerras Napoleónicas (1803-1815), Francia expandió su control sobre Europa imponiendo regímenes afines, enfrentada a coaliciones lideradas por el Reino Unido y Austria. Años después, en la Conferencia de Berlín (1884-1885), Europa formalizó la repartición de África, dejando claro que la libertad de los pueblos no era más que un obstáculo a repartirse entre imperios. En América, Estados Unidos formuló la Doctrina Monroe en 1823 para frenar la intervención europea bajo el lema “América para los americanos”, es decir, bajo su propia esfera.

El concepto tomó una forma rígida tras la Segunda Guerra Mundial. En la Conferencia de Yalta en 1945, Roosevelt, Churchill y Stalin decidieron el destino de Europa, dividiéndola en zonas de influencia que institucionalizaron la Guerra Fría. Por décadas, la libertad de muchos países quedó supeditada a un equilibrio de poder entre Estados Unidos y la URSS, que se enfrentaron indirectamente en conflictos como Corea, Vietnam, Afganistán y en América Latina.

Tras la disolución soviética en 1991, se creyó ingenuamente que la globalización reemplazaría las esferas de influencia. Pero la expansión de la OTAN hacia Europa del Este y la integración en la UE no fue percibida como libertad, sino como acciones que amenazaban la seguridad de Moscú. Putin respondió reactivando la lógica imperial: intervino en Moldavia, reconquistó Chechenia, invadió Georgia, anexionó Crimea y ocupó Ucrania. Mientras tanto, China consolidó su influencia con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, desafiando a Estados Unidos sin un solo disparo.

El retorno de Donald Trump marca un giro. Mientras los demócratas buscaban frenar a Rusia y China mediante alianzas multilaterales, Trump retomó una estrategia bilateral, transaccional y nacionalista. Con ello, reduce el financiamiento y compromisos con organismos internacionales, buscando trasladar el peso de la defensa y el comercio a sus aliados.

Trump muestra una postura conciliadora con Rusia, reduciendo el apoyo militar a Ucrania, contemplando la flexibilización de sanciones. Esto podría dejar a Europa del Este, especialmente a Polonia y los países bálticos, peligrosamente vulnerables. Con China adopta una estrategia cautelosa: reimpone aranceles, evita confrontaciones con Xi Jinping y mantiene la presencia militar en el Indo-Pacífico sin expandirla. En Taiwán, pretende trasladar la producción de semiconductores a Norteamérica, debilitando el principal activo estratégico de la isla. Pero la incertidumbre sigue provocando alarma en Japón y Corea del Sur, que evalúan desarrollos nucleares ante una posible reducción del paraguas de seguridad estadounidense.

En América Latina, Trump endurece el comercio y la inmigración, pero sin limitar la influencia china o rusa en aquellos países que no estima estratégicos. El interés económico y la seguridad fronteriza pesan más que la diplomacia.

El mundo se encamina hacia un modelo híbrido de poder: esferas de influencia flexibles, múltiples y disputadas. Estados Unidos redefine su rol global, China gana terreno económico y tecnológico, Rusia refuerza su control regional y Europa, debilitada, busca una autonomía que aún no logra consolidar.

En el nuevo tablero geopolítico, los organismos internacionales quedan relegados, y con ellos, la protección del sur global y las pequeñas naciones. Pero al mismo tiempo, surgen actores multialineados que evitan el compromiso con un solo bloque, equilibrando sus alianzas según los beneficios. Así, las esferas de influencia regresan en un escenario ambiguo, y con ellas, el eterno dilema entre el poder y la libertad.

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