En política, los regímenes no se disuelven de un día para otro. Persisten como ruinas funcionales: estructuras todavía en pie, pero vacías de alma, desconectadas del suelo que las sostenía. Eso es lo que hoy atraviesa Occidente. Un sistema político, económico y simbólico que sigue administrando, pero ya no representa. Que sigue repartiendo poder, pero ha perdido el sentido que lo legitimaba. Un régimen vencido, aunque aún no lo sepa.
Ese régimen ha tenido, durante décadas, una forma precisa: el pacto globalista. En su núcleo, una alianza transversal entre progresismo cultural y liberalismo tecnocrático. A un lado, la ingeniería social que disuelve la identidad en nombre de los “derechos”. Al otro, la ingeniería financiera sin alma nacional. Ambos, bajo un mismo relato: modernización, integración, apertura. Ambas almas, unidas por una promesa: que la historia había terminado, y que lo que quedaba era gestionar.
Pero la historia no terminó. La promesa se quebró. Y el régimen, hoy, se resquebraja en todos sus frentes.
Lo vimos esta semana en Europa. Patriots for Europe, el nuevo grupo soberanista articulado en el Parlamento Europeo, que cuenta con los partidos de Orbán, Le Pen, Abascal y compañía, asumió el liderazgo de la ponencia climática más importante del continente. Mientras tanto, la Comisión Europea de Von der Leyen anunciaba un presupuesto de dos billones de euros donde se recortan fondos para el campo y la cohesión territorial, pero se incrementa el gasto en burocracia y en transferencia de recursos a ONG ideológicas. Bruselas legisla para sí misma. Y en ese vacío institucional surge una oposición estructural, no coyuntural: una fuerza que no solo protesta, sino que disputa el poder.
Ese mismo patrón se repite en Estados Unidos, donde el Congreso acogió una audiencia sin precedentes: el intelectual hispano Mike González denunció con documentación empírica cómo USAID ha financiado durante años agendas ideológicas en el extranjero —transgenerismo, eutanasia, legalización de drogas— bajo el manto de la cooperación internacional. La ayuda exterior, dijo, se ha convertido en vehículo de imposición cultural.
La semana dejó otra revelación: el informe The Pink Tide of EU Aid, publicado por el Centro de Derechos Fundamentales, demuestra cómo la Unión Europea destinó 939 millones de euros entre 2014 y 2024 a más de 800 ONG en América Latina, muchas de ellas activistas en aborto, ideología de género, indigenismo o campañas contra las fuerzas del orden. No se trata de especulaciones: los datos provienen del sistema de transparencia financiera de la propia Comisión. ¿El resultado? Un circuito cerrado de financiación política que utiliza el lenguaje de “sociedad civil” para colonizar ideológicamente hacia la izquierda a Iberoamérica.
Frente a este colapso del sentido, emerge una necesidad urgente: la construcción de una alternativa soberanista global, una internacional de naciones. Una fuerza que no se limite a reaccionar, sino que proponga una nueva legitimidad: anclada en la nación, en la tradición jurídica, en el principio de subsidiariedad, en la defensa de la vida, el orden y la comunidad.
Esa tarea es más que continental. Atraviesa Europa, Estados Unidos, Canadá, la India. Pero también toca a Hispanoamérica. Porque el régimen globalista no distingue fronteras: se presenta como cooperación en Paraguay, como gobernanza climática en Perú, como ayuda técnica en Colombia. Su estrategia es envolvente, burocrática, aparentemente apolítica. Pero su resultado es político, profundo y corrosivo.
Por eso urge articular un nuevo bloque de poder. Uno que no administre mejor la decadencia, sino que la reemplace. Uno que supere el falso clivaje izquierda-derecha tradicional, y proponga un nuevo eje: entre los que creen en comunidades reales y los que aspiran a reemplazarlas por abstracciones internacionales. Entre los que defienden la soberanía de los pueblos y los que entregan decisiones a burócratas sin rostro. Entre los que creen en la continuidad histórica y los que solo saben repetir el dogma del progreso sin alma.
El soberanismo no es un capricho ideológico. Es una necesidad de época. Si las patrias no se organizan, serán absorbidas. Si los Estados no recuperan su poder simbólico, serán convertidos en delegaciones administrativas de organismos multilaterales. Y si las fuerzas políticas que aún creen en la nación no dan un paso al frente, lo harán los oportunistas, los nihilistas o los violentos.
Hay un régimen que se cae. Y un bloque que está naciendo. El primer deber es comprenderlo. El segundo, actuar. Y aunque no parezca, el Perú tiene un rol más que importante en esta transición. Pero ese será el tema de una próxima entrega.