Nos equivocamos de enemigo. Mientras la izquierda continental sofoca repúblicas a punta de lawfare y propaganda, muchos en la derecha aplauden al líder que más se parece a sus verdugos. Bukele no es la alternativa a Petro ni el antídoto de Maduro: es su reflejo invertido. Detiene a pandilleros, sí, pero usa las mismas herramientas de poder que el socialismo del siglo XXI: captura de instituciones, reelección ilimitada, anulación de contrapesos, persecución de la disidencia. El resultado es el mismo: una democracia sin alma, sometida al capricho de un solo hombre.
A todos nos gusta ver que se castigue al crimen. El orden alivia, sobre todo cuando el caos ha sido norma. Pero no confundamos cárcel con civilización. El problema de fondo no es si Bukele encierra o libera delincuentes, sino cómo se queda con el país entero mientras lo hace.
Su gobierno ha militarizado el Congreso, purgado la Corte Suprema, destituido fiscales, eliminado límites a la reelección, suprimido la segunda vuelta electoral y prolongado su mandato sin reforma constitucional legítima. No es un héroe conservador: es un caudillo del siglo XXI con estética de Silicon Valley y alma de Hugo Chávez.
Lo peor no es que concentre el poder, sino que lo haga con el aplauso de sectores que deberían estar en contra. ¿Cuántos analistas de la derecha celebran hoy el populismo punitivo sin ver el germen totalitario? ¿Y si el populismo punitivo se torna contra sus intereses?
Bukele no es un peligro para la izquierda: es su obra maestra. Un tirano aceptado por sus opositores. Un presidente que suspende derechos constitucionales mediante decretos que se renuevan sin control. Un modelo exportable para cualquier proyecto autoritario, siempre que sepa usar TikTok y hablar de “libertad” mientras captura un país por solucionar sólo un problema. Un personaje que, como Maduro, Ortega o los Castro, ya es dueño de una nación.
Y, mientras tanto, los verdaderos enemigos del socialismo del siglo XXI son perseguidos. Álvaro Uribe, el presidente que derrotó a las FARC, que reconstruyó Colombia y que devolvió el control del territorio al Estado, hoy es acosado por una judicatura infiltrada, recluido en su casa por procesos cargados de odio político. ¿Su crimen? No haber pactado con los asesinos de su país.
Jair Bolsonaro, el presidente que enfrentó al Partido de los Trabajadores y al Foro de São Paulo, que desafió la maquinaria global del progresismo, está inhabilitado por atreverse a cuestionar unas elecciones, mientras Lula gobierna rodeado de condenados por corrupción, con la bendición del sistema judicial que él mismo colonizó.
Ambos fueron electos. Ambos entregaron el poder. Ambos están siendo destruidos por los mecanismos de lawfare que la izquierda ha perfeccionado. A ellos se les niega la mínima presunción de inocencia; a Bukele se le concede la plenitud del poder sin preguntas.
¿Alguno ha visto a uno de los líderes oficiales de la izquierda tratar de perseguir a Bukele?
Bukele no es el heredero ni de Fujimori ni de Uribe. Es el heredero de Ortega, con mejores asesores de imagen. Lo que está construyendo en El Salvador no es un modelo de orden republicano, sino un régimen personalista sin límites. Su reelección indefinida, aprobada sin debate real, no lo aleja del chavismo: lo confirma como su versión digitalizada.
La historia no perdonará la confusión. Porque cuando los verdaderos patriotas estén siendo juzgados por defender a su nación, los demagogos seguirán cosechando likes. Y entonces será tarde para rectificar.
La derecha no puede seguir siendo ingenua. No se trata de elegir entre caos y orden, sino entre civilización o tiranía. El poder absoluto nunca es la solución. Ni con boina roja ni con cuenta verificada.