OpiniónSábado, 23 de agosto de 2025
Nicolás Maduro se está quedando solo, por José Antonio Torres Iriarte
José Antonio Torres Iriarte
Abogado y analista político

América Latina, a finales del siglo XX, mostraba signos de haber superado en parte los embates de la “crisis de la deuda externa” que marcó la década de los ochenta, generando tasas de crecimiento negativas en la mayoría de economías de la región. La CEPAL llegó a calificar esa década como la “década perdida” para una región que durante los años sesenta y setenta había impulsado procesos de industrialización con la clara voluntad de sustituir importaciones procedentes de los países de mayor desarrollo.

El alza del petróleo, como consecuencia del embargo promovido por los países árabes en un contexto de guerra (1973-1974), significó un aumento desproporcionado del barril en los mercados internacionales.

Las mayores ganancias de los productores de hidrocarburos determinaron que los excedentes financieros fueran depositados en la banca internacional, que a su vez aumentó la “oferta de préstamos” a los países de menor desarrollo, sobre todo en América Latina.

El Perú, bajo el gobierno militar presidido por Juan Velasco Alvarado, se sobreendeudó a tasas de interés atractivas, financiando obra pública, el crecimiento del aparato estatal y los cada vez mayores déficits fiscales. La primera fase de la dictadura militar aumentó el gasto en armamento y ahondó los desequilibrios presupuestales. Durante el gobierno del general Morales Bermúdez, se incrementó el servicio de la deuda externa.

Si el Perú tuvo que sortear los embates de una crisis económica, por el contrario, Venezuela se convirtió en receptor de inconmensurables cifras de dólares. Desde la caída de la dictadura en 1958, Venezuela logró convertirse en un referente de libertad en una región marcada por la primacía de gobiernos militares.

Entre 1958 y 1998, los partidos Acción Democrática y COPEI (socialcristiano) se alternaron en el poder. Figuras como Rómulo Betancourt, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez ejercieron liderazgo político. Colombia y Venezuela, en los años setenta, dieron muestras de que era posible vivir en democracia. El proceso de democratización en América Latina tomó tiempo. En Venezuela, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, se venció a la insurgencia guerrillera alentada por el castrismo desde La Habana. Por su parte, en Colombia, las FARC se organizaban y se movilizaban en el monte, desafiando el orden establecido.

Cuba y su revolución se convirtieron en instrumentos al servicio del Kremlin y de la Tercera Internacional. Colombia, a pesar de la violencia, realizaba elecciones generales cada cuatro años y se producía la alternancia en el poder entre liberales y conservadores. Las FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y posteriormente el M-19 pugnaban por la toma del poder. El narcotráfico y los cárteles de la droga estrecharon lazos con los grupos armados. Los intentos del presidente Pastrana fueron infructuosos. El “Plan Colombia”, cofinanciado por Estados Unidos, no tuvo el éxito esperado.

El fracaso del golpe de febrero de 1992, liderado por el comandante Hugo Chávez, fue el preludio de una etapa sombría que se cernía sobre Venezuela. Chávez fue liberado durante el gobierno del presidente Rafael Caldera, para beneplácito de Fidel Castro, que le tenía reservada una misión política. Si Cuba había adiestrado y alimentado al movimiento guerrillero sin éxito durante largo tiempo, en la década de los noventa, tras la disolución de la URSS en 1991, Castro diseñó una nueva estrategia política para la toma del poder.

Fidel Castro y Lula da Silva, como líder del PT, organizaron el Foro de Sao Paulo. Lula ganó las elecciones en 2002, mientras que Hugo Chávez tomó el poder a inicios de 1999. La alianza entre Castro, Lula y Chávez sentó las bases del llamado “socialismo del siglo XXI”.

Hoy Gustavo Petro gobierna Colombia, demostrando que no es un estadista, sino un activista político. Petro no ha deslindado con la violencia.

Por su parte, Hugo Chávez se sintió mesiánico y capaz de solventar las economías del Caribe, sobre todo en tiempos en que el precio del petróleo superó los 150 dólares el barril en los mercados internacionales.

La corrupción, el dispendio, los subsidios ilimitados, las expropiaciones y el recorte de libertades marcaron los años de su gobierno. Chávez se creyó un líder continental, con derecho a financiar campañas de partidos afines.

Fue tutor político de Ollanta Humala en la campaña de 2006, apoyó a Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega. Fidel Castro encontró en Chávez a su mano generosa. Por su parte, los servicios de inteligencia cubanos ayudaron en el control político de las Fuerzas Armadas y de la Policía Bolivariana.

Cuba y Venezuela son dictaduras. El fraude del 28 de julio del año pasado contó con la complicidad de los gobiernos de Petro y Lula da Silva. El “Tren de Aragua” se ha convertido en un instrumento político para desestabilizar la región. Entre los millones de migrantes venezolanos, no cabe duda de que también se han desplazado integrantes de organizaciones delictivas hacia países de la región y hacia Estados Unidos.

Mientras tanto, Petro atiza la polarización en su país. La muerte del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, ocurrida hace poco, y la condena (aunque revocada) del expresidente Álvaro Uribe son señales claras de que se ejecuta un plan con propósitos autoritarios.

Los atentados criminales simultáneos ocurridos en Cali hace apenas un día son, en mi concepto, señales del accionar violentista frente a un gobierno que siempre trata de justificar la violencia.

Hoy Nicolás Maduro levanta su voz en defensa de la soberanía de Venezuela ante la supuesta “agresión imperialista”. Por su parte, Donald Trump aumenta la recompensa para la captura de Maduro, Diosdado Cabello y un alto mando militar.

Maduro debe comprender que todo tiene su final, que el burdo fraude consumado el 28 de julio fue apañado por gobiernos con escasas credenciales democráticas. Está siendo incriminado por tribunales internacionales.

La oposición venezolana debe estar vigilante. Maduro fue formado políticamente en La Habana, es un operador de Cuba. Lidera el “Tren de Aragua” y el “Cartel de los Soles”. Los lazos de su gobierno con el narcotráfico internacional son estrechos.

Vladimir Putin, después de la Cumbre de Alaska, parece haber decidido priorizar otros intereses. Maduro, aparentemente, ya no cuenta con su respaldo.

El presidente Gustavo Petro carece de liderazgo político para movilizar a las Fuerzas Armadas de su país en respaldo de la dictadura de Maduro. Su régimen es aliado de los disidentes de las FARC y del ELN.

La oposición en Colombia, sin embargo, no se amilana. El prestigio de Juan Manuel Santos está en declive, mientras que se fortalece el liderazgo de Álvaro Uribe.

Constituye un hecho simbólico que Uribe Londoño acepte ser precandidato presidencial por el Centro Democrático en las elecciones de 2026, luego de la trágica muerte de su hijo, el joven senador Miguel Uribe Turbay. Es una señal de convicción y coraje. Colombia anhela la paz y Venezuela debe recuperar la libertad.

No podemos negar que el imperialismo está vigente y que Donald Trump tiene vocación imperialista; sin embargo, debemos reconocer que el accionar naval norteamericano tiene carácter disuasivo y puede ser determinante en los acontecimientos futuros.

Es el momento de que la oposición y el pueblo de Venezuela se movilicen en defensa de la libertad. Que ejerzan sus derechos. Que el tirano y sus secuaces comprendan que todo tiene su final.

Nicolás Maduro se está quedando solo.