Escrito por 23:51 Opinión

El candado que impulsa, por Manuel Sotomayor

Por qué el país que no logra conservar un presidente sí conservó, durante veinte años, la regla que protege su moneda; y qué más podría lograr con la misma fórmula.

El Perú destituye presidentes casi por deporte: diez en los últimos veinte años, más veinticinco ministros de Economía que apenas alcanzaron a ordenar sus escritorios. En ese mismo período, un solo hombre siguió al frente del Banco Central de Reserva: Julio Velarde. El país más volátil en política resultó ser de los más estables en su moneda. No es una contradicción, sino un diseño.

Los dos artículos previos mostraron las dos caras de ese diseño. El Banco Central es el candado que salió bien y hoy sostiene la economía. El de las pensiones salió mal: no porque proteger la vejez sea imposible, sino porque quienes lo diseñaron lo hicieron con torpeza. La misma herramienta sostiene o hunde según quién la diseñe. Vale releerlos. Queda la pregunta que ambos abren: un candado protege; ¿puede además impulsar?

La tentación es atribuir el mérito al banquero. Pero una estabilidad que dependiera de su talento sería tan frágil como su permanencia en el cargo. El mérito es de la regla, no del hombre. Esa es la línea maestra de toda la serie: lo decisivo no son los individuos, sino el diseño de las instituciones.

Ese diseño hizo posible lo que antes no existía: el crédito hipotecario a veinte años en soles, la empresa que se compromete a una década sin refugiarse en el dólar, el ahorrista que mira más allá del próximo gobierno. Contener e impulsar resultaron ser el mismo acto visto de dos lados. El cerrojo que impide a un ministro imprudente manosear la moneda es, palabra por palabra, el permiso que le da a cualquiera para planificar a treinta años.

Lo que le ata las manos al mal gobernante es, exactamente, lo que le libera las manos al ciudadano.

Conviene distinguir el candado que impulsa del que solo atranca. Algunos protegen al que ya llegó: la licencia que estorba al competidor nuevo, la barrera que un gremio cuida. Dan estabilidad, pero congelan el reparto en vez de ampliarlo, y más de un empresario respetable vive cómodo detrás de uno. El del Banco Central es de otra estirpe: no protege a nadie en particular, protege la regla, y por eso favorece más al que aún no ha llegado que al que ya está dentro.

Levantar más candados de esa segunda clase es la tarea pendiente. Van cuatro ideas para el debate.

Primero, un candado de entrada: que toda norma nueva pase una prueba, cuánto le cuesta cumplirla al que recién empieza, y caduque si nadie la renueva.

Segundo, títulos de propiedad que vuelvan garantía real el activo del informal, la vieja intuición de Hernando de Soto: capital muerto que empieza a trabajar.

Tercero, que el contrato se cumpla rápido y barato también para el pequeño, que hoy pleitea con la lentitud del grande pero sin sus abogados.

Cuarto, un piso de educación y salud blindado del funcionario de turno, para que nadie nazca en desventaja del lado equivocado del Estado.

Nada de esto pide un Estado que se esfume ni uno que lo decida todo. El candado no protege al capital ya instalado —ese se defiende solo— sino la posibilidad de que cualquiera compita, ahorre e invierta sin depender de a quién saluda en Palacio.

Tampoco hace falta un caudillo que enderece el rumbo a puro carácter: la moneda es sólida porque dejó de depender de quién la maneja. El progreso que necesita un salvador es progreso prestado; el que descansa en reglas es el único que se queda.

La buena noticia es que el truco ya está probado en casa: el Perú lo inventó con su moneda y lo dejó a plena vista. Falta la decisión, no el ejemplo, para llevarlo a lo que aún cuelga del humor de quien manda.

Un país no despega cuando encuentra al fin al gobernante providencial, sino cuando aprende a no necesitarlo. Esa lección ya la dio el Perú una vez. Puede darla entera.

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Manuel Sotomayor

Manuel Sotomayor

Expresidente de la CONFIEP

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Last modified: 5 de julio de 2026
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