Culpar a Lima es gratis y rinde votos. Ejecutar una obra pública, no.
Hay una industria en el Perú más rentable que el gas de Camisea: la industria de la división. No exporta, no tributa y no genera empleo, pero lleva casi un siglo financiando carreras políticas con el mismo producto: convencer a las provincias de que su atraso se fabrica en Lima. Mariátegui y Haya de la Torre ya debatían el centralismo limeño en los años veinte; en 1931 nació el primer Partido Descentralista, liderado por el puneño Emilio Romero.
Cien años después, el libreto repite las mismas palabras y los mismos resultados. El producto es centenario. Las ganancias, no.
Empecemos por el truco de manos. En 2021, Castillo venció con 50.13% frente al 49.87% de Fujimori. En 2026, Fujimori le devolvió el golpe: 50.14% contra el 49.87% de Sánchez. El mismo empate técnico, los nombres invertidos, cada cinco años. Ni siquiera es la primera vez: en 2016, Kuczynski ya la había vencido, 50.12% a 49.88%.
Ningún país partido en dos por ideología produce el mismo resultado, una y otra vez, con puntualidad suiza. Lo que tiene el Perú no es una fractura: es un electorado que cambia de bando, y que alguien, con mucho interés, insiste en llamar guerra civil.
Ahora vayamos al lugar del crimen. Cusco ha recibido más de 33,000 millones de soles en canon gasífero desde 2004. De esa fortuna, apenas 20,000 millones fueron ejecutados: cerca de 12,000 millones permanecen como saldo de balance sin ejecutar en el Banco de la Nación, mientras más de 6,800 obras yacen paralizadas.
No es un drama exclusivamente cusqueño: a nivel nacional, los gobiernos regionales y locales dejaron de ejecutar más de 37,000 millones de soles en canon y regalías durante el último quinquenio. Cusco no es la excepción; es el caso mejor documentado.
Ese saldo no caduca ni regresa a Lima. La norma vigente lo devuelve, año tras año, al presupuesto de la misma región que no lo ejecutó.
Es el saqueador señalando hacia la ventana mientras el dinero está en su propia caja fuerte, la del Banco de la Nación.
Aquí conviene otra corrección que la izquierda populista prefiere no hacer: el centralismo que denuncian no expiró por decreto de un solo gobierno, sino por consenso de tres. Paniagua fijó en 2001 el principio fiscal: un porcentaje de la renta de cada yacimiento va a la región productora. Toledo creó, en 2002, los gobiernos regionales elegidos que administrarían ese dinero, reemplazando a los comités designados desde Lima. García, en su shock descentralista de 2006, les entregó la autonomía real para ejecutar sus propias competencias y presupuestos.
Tres gobiernos de signo distinto, seis años de consenso transversal, y el resultado fue idéntico: cada sol sin ejecutar en Cusco, Puno o Apurímac es responsabilidad de quien administra esa región y prefiere gastar el capital político en indignación antes que en licitaciones.
Porque ahí está el negocio real. Culpar a Lima no cuesta nada y rinde votos; lleva un siglo rindiéndolos. Ejecutar una obra pública exige competencia técnica y exposición al fracaso. La industria de la división ofrece una salida más cómoda: mantener vivo un enemigo centenario para no rendir cuentas del enemigo de al lado. Cada autoridad regional que agita el fantasma del despojo colonial protege, en los hechos, su propio historial de ejecución.
El sur tiene razón en su indignación, y la tiene desde antes de que naciera. Se equivoca, y siempre se ha equivocado, en el destinatario.
Las propuestas no son un manual más: son un cambio de incentivos. Cláusulas de caducidad que reasignen automáticamente, a un fondo de infraestructura nacional supervisado, el canon no ejecutado en dos años. Unidades ejecutoras regionales evaluadas y removidas por desempeño, no por cuoteo político. Y un tablero público obligatorio, en tiempo real, que muestre cuánto recibió cada distrito y cuánto realmente construyó, visible para cualquier votante antes de marcar la cédula.
El Perú no necesita que Lima le pida perdón al sur. Necesita que el sur deje de comprarle, generación tras generación, el mismo cuento a quien vive de venderlo.
