Escrito por 21:24 Opinión

El país que no estaba dividido, por Manuel Sotomayor

Un país partido en dos no le presta confianza al bando que ganó por apenas cincuenta mil votos.

Cuando la segunda vuelta de junio terminó en empate técnico —50.13% contra 49.87%, apenas cincuenta mil votos—, la conclusión se escribió sola: el Perú estaba partido en dos mitades ideológicas.

Sostuve lo contrario: el resultado expresaba, en dos cédulas distintas, una misma frustración —la “revolución de expectativas” que describió Huntington, donde el progreso económico corre más rápido que las instituciones—. El voto por Sánchez no era marxismo, como el voto por Fujimori no era devoción por el modelo: ambos reclamaban un Estado que no aparece.

Siete semanas después, la primera encuesta del nuevo gobierno (Datum para El Comercio; 1,205 entrevistados; campo 5-7 de agosto) somete esa tesis a los hechos. Si el país estuviera dividido, sabemos cómo lucirían los números: mitad perdedora negando legitimidad, sur atrincherado, jóvenes en resistencia. Ocurre lo contrario.

Fujimori inicia su mandato con 60% de aprobación y 24% de desaprobación, mayoritaria en las cinco regiones, incluido el Sur (44% contra 39%), donde Sánchez arrasó en junio. El electorado que estuvo a un cuarto de punto de dar el poder a la izquierda hoy le da el beneficio de la duda al fujimorismo. Las convicciones no mudan de bando en siete semanas. Las expectativas, sí.

El dato más incómodo para la narrativa de fractura es generacional: los jóvenes de 18 a 24 años, el segmento dado por irrecuperable, registran la aprobación más alta del país, 71%. Y el antifujimorismo irreductible mide apenas 24%: la proporción que se declara “oposición total por gobierno fujimorista”. El doble, 42%, elige otra cosa: apoyar las buenas propuestas y criticar las malas.

No es trinchera: es el electorado aplicando el examen que su clase política se niega a rendir.

Hay una segunda vara, la histórica. El 60% es la normalidad peruana: Toledo comenzó con 74%, García con 64%, Humala con 62%, Kuczynski con 61%. El único arranque fracturado en un cuarto de siglo fue el de Castillo, con 39% en 2021. El país no salió de un patrón de división: regresó al de concordia. La anomalía fue 2021, no 2026.

Nada de esto debería sorprender. Acabo de argumentar que la izquierda peruana no tiene ideología sino una identidad heredada, y que buena parte de la derecha tampoco: tiene intereses. Un país no puede dividirse por doctrinas que sus supuestos polos no poseen. Las identidades polarizan campañas, pero no parten países: se agotan el día de la elección. Lo que queda es lo que la encuesta retrata: una demanda transversal, sin dueño ideológico.

Un Estado que cumpla.

Conviene leer el 60% por lo que es: no adhesión a un programa, sino un préstamo. El 62% optimista sobre el futuro y el 67% que pide al Congreso facultades legislativas describen expectativa, no convicción. La lección de Huntington corta en ambos sentidos: lo que las instituciones no absorben se vuelve contra el gobierno con la misma velocidad con que lo encumbró. El electorado que giró de Sánchez a Fujimori en siete semanas puede girar de vuelta en otras siete.

De ahí tres consecuencias prácticas. Primera: gastar el crédito en instituciones y no en aplausos, priorizando las reformas con candado sobre las que lucen en la foto. Segunda: gobernar primero para la región que menos aprueba —el Sur sigue en 44%— con bienes públicos visibles, no transferencias opacas. Tercera: cuidar al 42% de oposición crítica con métricas que comparen promesas contra resultados, porque es el activo de gobernabilidad más valioso que registra la encuesta, y los activos sin cuidado se deprecian.

No hay dos Perú’s. Hay uno solo, esperando a su Estado.

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Manuel Sotomayor

Manuel Sotomayor

Expresidente de la CONFIEP

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Last modified: 15 de agosto de 2026
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