Es natural —casi inevitable— buscar alguna luz que ordene la incertidumbre que aún gravita sobre esta contienda electoral. A solo siete días del 12 de abril, el país parece suspendido en una pregunta que no termina de resolverse. Entonces parece prudente mirar hacia atrás en busca de respuestas.
El 4 de abril de 2021, el diario El Comercio, en colaboración con IPSOS, publicó un simulacro de votación que, visto hoy, funciona casi como una advertencia. A una semana de los comicios, Pedro Castillo aparecía relegado al séptimo lugar, con apenas 6.5% de intención de voto. Más llamativo aún: Keiko Fujimori y Rafael López-Aliaga tampoco lideraban; ocupaban el quinto y sexto puesto, respectivamente.
Ni siquiera el llamado “flash electoral” logró anticipar el desenlace. Durante horas, el país creyó ver a Hernando de Soto en una eventual segunda vuelta.
Pero la realidad, como suele ocurrir en política, terminó por imponerse con otra lógica: solo al 99% del conteo se reveló el verdadero orden. La fotografía previa quedó invertida. Los rezagados pasaron al frente y quienes parecían seguros terminaron, abruptamente, fuera de carrera.
Ese antecedente no solo relativiza encuestas y pronósticos; también nos obliga a una pregunta más incómoda y necesaria: ¿estamos hoy mejor que hace cinco años?
En este nuevo ciclo, la izquierda radical ha vuelto a encontrar una voz. Esta vez, encarnada en Roberto Sánchez, exministro de Castillo y actual congresista, cuya candidatura parece evocar —casi como una secuela de pelicula mediocre— la experiencia de Perú Libre en 2021. Incluso el sombrero se repite. Sin embargo, su crecimiento no responde tanto a una estrategia arrolladora como a un fenómeno más disperso: el de un electorado huérfano, fragmentado tras la caída de Castillo, la clandestinidad de Vladimir Cerrón y la sentencia por terrorismo de Guillermo Bermejo.
Pero esa misma izquierda que reaparece también se diluye. La proliferación de candidaturas izquierdistas — Nieto, Belmont, López- Chau, Marisol Pérez Tello, Ronald Atencio, Yhony Lescano y José Luna— ha generado una suerte de competencia interna que, más que fortalecerla, la dispersa. Se reparten el mismo espacio electoral y, en ese reparto, se neutralizan.
La derecha, por su parte, parece no haber resuelto del todo las lecciones de 2021. La fragmentación persiste, aunque con nuevos rostros y viejas tensiones. La ausencia de De Soto no responde a una reconfiguración estratégica, sino a disputas internas con Paul Jaimes en Progresemos. Mientras tanto, Fujimori y López-Aliaga enfrentan una competencia ampliada: La primera fue la criticada —desde un inicio— postulación de Avanza País, que luego de Phillip Butters terminó por entregarle la posta a José Williams, con una candidatura que nunca pasó del 1%. Aparecieron también los “nuevos rostros” que en realidad eran “rostros olvidados”, como Carlos Espá, Roberto Chiabra y Francisco Diez-Canseco. Otros un poco más frescos, cómo Enrique Valderrama, Wolfgang Grozo, Rafael Belaunde y hasta Fiorella Molinelli. Todos ellos atomizando el mismo bolsón de “pseudo derecha liberal en lo económico y conservadora en lo social”.
Pero mucho ha pasado en estos últimos cinco años que reconfiguran las perspectivas de los candidatos de derecha como de los de la izquierda. Lo positivo: la insignia de la economía más estable del continente, los nuevos aires en el ministerio público, el nuevo congreso bicameral, el boom de los commodities, las posibilidades de los puertos de chancay, corio y eten, el apoyo estratégico de Estados Unidos para combatir el narcotráfico, los trenes de Caltrain listos para ser implementados, la reestructuración de Petroperú, la renovación de aviones Caza, y los cambios en el Poder Judicial y gobiernos regionales. Sin embargo, abundan los retos: soluciones urgentes para el crimen organizado, sicariato y extorsiones, abastecimiento de medicamentos, recuperar el turismo a cifras prepandémicas, reducir la excesiva volatilidad ministerial y presidencial, llevar a cabo grandes obras de infraestructura vial que permitan reducir el tráfico vehicular, entre tantos otros.
En ese cruce entre oportunidad y riesgo se instala la verdadera disyuntiva. No se trata solo de quién gana, sino de quién puede —si es que alguien puede— recomponer un país atravesado por fracturas que vienen de lejos, pero que se han profundizado en los últimos años. El 12 de abril no es, en ese sentido, una elección más. Es, más bien, un punto de inflexión. Una posibilidad —todavía abierta— de ordenar el rumbo y convertir las oportunidades en progreso. O, por el contrario, de volver a postergar lo urgente y seguir girando en el mismo círculo de incertidumbre.