Escrito por 07:15 Opinión

La Ruta Corta, por Manuel Sotomayor

Un país más pequeño que Lima, sin petróleo ni minerales, decidió diseñar bien sus instituciones. Hoy es top-10 mundial.

En 1991, Estonia recuperó su independencia después de medio siglo de ocupación soviética. Era un país de 1.3 millones de habitantes, sin petróleo, sin minerales, sin acceso privilegiado a ningún mercado. Su infraestructura estaba deteriorada, su economía destruida y su clase política, inexperta. Tenía exactamente lo mismo que el Perú tiene hoy: un punto de partida difícil y la obligación de construir un Estado desde casi cero.

Hoy, Estonia ocupa el puesto 10 del mundo en Estado de Derecho. El puesto 13 en el Índice de Percepción de Corrupción. El puesto 14 en facilidad para hacer negocios. Es el único país del mundo donde se vota por internet, se declaran impuestos en cinco minutos y se constituye una empresa en dieciocho. La diferencia entre Estonia en 1991 y el Perú en 2026 no es el talento de su gente ni la riqueza de su suelo. Es el diseño.

La pregunta correcta no es qué digitalizó Estonia. Es en qué orden lo hizo. Primero rediseñaron los procesos: eliminaron trámites redundantes, definieron competencias claras, establecieron plazos legalmente exigibles. Después los automatizaron. Este orden no es un detalle menor: digitalizar un proceso corrupto no elimina la corrupción, la hace más rápida. Digitalizar un trámite sin simplificarlo no ahorra tiempo, lo desplaza a una pantalla. Estonia construyó su arquitectura digital sobre instituciones rediseñadas, no sobre caos informatizado.

El mecanismo central es tan simple que resulta casi ofensivo: no se puede sobornar a una computadora. Cuando todas las contrataciones públicas se publican en tiempo real, el funcionario corrupto pierde su herramienta principal: la opacidad. Cuando el ciudadano puede ver quién accedió a sus datos y cuándo, el Estado pierde su impunidad informacional. Cuando una empresa se constituye en dieciocho minutos sin intermediarios, el inspector que pedía comisión queda sin función. La digitalización estonia no fue un proyecto tecnológico. Fue un proyecto anticorrupción con interfaz digital.

¿Puede el Perú replicar este modelo? Estonia tenía en 1991 algo que el Perú todavía no tiene: una clase política con urgencia existencial de construir bien porque no había segunda oportunidad. Un país pequeño recién liberado de la URSS, rodeado de vecinos poderosos, no puede darse el lujo del mal diseño. El Perú, con su economía de recursos naturales que genera rentas sin esfuerzo institucional, ha tenido durante décadas el lujo perverso de funcionar mal sin colapsar del todo. Esa es su maldición.

La lección transferible es una sola: antes de automatizar cualquier trámite público, la ley debería exigir simplificarlo. Reducir pasos, eliminar discrecionalidad, publicar resultados. No digitalizar el caos. Rediseñar y luego digitalizar. Es la diferencia entre GOB.PE —que pone formularios en línea sin tocar los procesos que los generan— y el modelo estonio, que convirtió la tecnología en un instrumento para hacer imposible lo que antes era rutina: la arbitrariedad burocrática (léase: corrupción).

Estonia tardó veinte años en llegar donde está. El Perú no tiene ese tiempo. Pero el camino existe, está documentado y ha sido recorrido. Lo único que falta, como siempre, es la voluntad de empezar por las reglas y no por los atajos.

No se puede digitalizar la integridad. Pero sí se puede diseñar un sistema donde la deshonestidad sea más difícil que la honestidad. Eso es, exactamente, lo que Estonia hizo.

Lo único que falta, como siempre en el Perú, es la voluntad de empezar por las reglas y no por los atajos.

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Etiquetas: , , Last modified: 3 de mayo de 2026
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