Escrito por 08:50 Opinión

El shock de Mario y Rafael, por Alfonso Baella Matto

La política tiene una forma particularmente cruel de destruir las certezas. Durante años, un candidato puede caminar rodeado de aplausos, editoriales favorables, empresarios entusiasmados, encuestas prometedoras y auditorios repletos. Puede sentirse inevitable. Puede incluso empezar a verse a sí mismo como presidente antes de que una sola cédula entre al ánfora. Y quizás ahí comienza el verdadero problema: cuando la ilusión deja de ser un instrumento político y se convierte en una convicción personal.

Ponencia de Rafael López-Aliaga en el foro ‘Europa Viva 25’
Palacio Vistalegre Arena, Madrid (14/09/2025)

Algo de eso pasó con Mario Vargas Llosa en 1990. Y algo parecido podría estar ocurriendo hoy con Rafael López Aliaga.

Distantes en formación, trayectoria y dimensión intelectual, pero extrañamente parecidos en la manera de procesar la derrota. Ambos llegaron a una elección después de años acumulando expectativas. Vargas Llosa era visto como el intelectual que modernizaría el Perú; López Aliaga, como el empresario exitoso y alcalde confrontacional que encarnaría el retorno definitivo de la derecha al poder. En ambos casos, el entorno ayudó a fabricar una sensación de inevitabilidad. Empresarios, prensa afín, operadores políticos y seguidores repitieron durante meses —o años— la idea de la “presidencia asegurada”. La ilusión se volvió colectiva. Y cuando eso ocurre, perder deja de sentirse como una posibilidad democrática para empezar a percibirse como una anomalía.

Y ahí está el problema. Porque cuando el candidato deja de competir y empieza a sentirse destinado al poder, perder no solo duele: desfigura emocionalmente.

Las derrotas políticas tienen algo de duelo íntimo. Desde fuera, las multitudes observan cifras, discursos y conferencias de prensa. Pero dentro del candidato derrotado ocurre otra cosa: una demolición silenciosa. Se derrumba una expectativa construida durante años. Se desmorona una identidad entera que había aprendido a convivir con la idea del sillón presidencial.

Por eso las reacciones posteriores pueden parecer desproporcionadas: marchas, denuncias de fraude, llamados a desconocer resultados, teorías de conspiración y una necesidad desesperada de encontrar una explicación externa a la derrota, excluyendo los errores cometidos.

El cerebro político muchas veces no está preparado para procesar el colapso de una expectativa tan gigantesca.

Las elecciones no las gana el mejor currículum vitae. Tampoco el partido más antiguo, el diagnóstico más técnico ni el discurso más elaborado. Las gana quien logra crear una ilusión compartida y persuadir emocionalmente a la masa. Esa es, quizás, la virtud política más importante: la influencia.

Mario Vargas Llosa tardó años en aceptar que Alberto Fujimori había sido, simplemente, un mejor candidato. No más brillante. No más preparado. Solo mejor candidato. Fujimori entendió mejor el humor social del país y supo persuadir con más eficacia a una población golpeada y cansada. Vargas Llosa reconocería eso mucho después, cuando la herida emocional ya estaba por cicatrizar.

Portada del Diario Ojo en la campaña electoral de 1990

Pero el Perú pagó un precio muy alto durante ese “proceso de sanación”. Perdimos durante largos años no solo a uno de los escritores más grandes de nuestra historia, sino a una mente brillante ampliamente influyente en la coyuntura nacional. El dolor político absorbió buena parte de su energía intelectual y pública. El trauma de 1990 lo acompañó demasiado tiempo.

Por eso quizá hoy la discusión no debería girar únicamente alrededor de si Rafael López Aliaga tiene o no razones para seguir protestando. La discusión debería centrarse en algo más importante: la necesidad de la calma y la prudencia.

Hasta el momento en que se escribe este artículo, las hipótesis de fraude en la primera vuelta no han presentado pruebas fehacientes que permitan acreditar realmente un delito electoral. A pesar de los incansables esfuerzos realizados desde distintos sectores de la prensa —e incluso desde algunas empresas privadas— para atender las denuncias ciudadanas y revisar las sustentaciones de la defensa legal de Renovación Popular, hasta ahora sigue siendo difícil construir una teoría verosímil y jurídicamente sostenible de fraude.

Campo de Marte (ANDINA / Ricardo Cuba)

Sin embargo, faltan menos de dos semanas para que el país vuelva a las urnas y elija entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, en una segunda vuelta extremadamente delicada. Nuestra institucionalidad llega exhausta, erosionada por años de confrontación y desconfianza. Y en ese contexto, la responsabilidad de los liderazgos políticos se vuelve todavía mayor. Sobre todo cuando representan a un sector importante del electorado y conducen una bancada con peso parlamentario.

A veces, el gesto más sensato no es resistir. Es retirarse.

Vargas Llosa lo hizo. Se exilió políticamente. Tomó distancia del ruido, de la rabia y del resentimiento inmediato. Y quizá eso terminó salvándolo de convertirse en un personaje consumido por la derrota. El tiempo, la distancia y el silencio suelen ser mejores consejeros que la indignación.

Tal vez Rafael López Aliaga necesita algo parecido: un retiro temporal de la política, una pausa emocional, una reconciliación con la realidad electoral. Porque lo cierto es que el shock es fuerte. Más aún cuando se ha vivido durante años convencido de que el triunfo era inevitable.

Lo que no debe ocurrir es que el Perú vuelva a perder a otra figura pública importante atrapada dentro de su propia derrota. Ni que una parte relevante de la derecha termine arrastrada por un estado permanente de furia política que solo profundice la fragmentación.

Quizás el verdadero shock de Mario y Rafael no sea haber perdido una elección. Quizás sea haber descubierto que el país que imaginaban suyo nunca terminó de pertenecerles por completo.

Etiquetas: , , , , , , Last modified: 26 de mayo de 2026
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