El voto blanco o viciado facilita el retorno de un proyecto constituyente. La decisión pasa por mantener o desmontar las instituciones que resistieron el golpe del castillismo
La democracia peruana puede ser caótica, fragmentada, imperfecta e incluso desesperante. Pero en una segunda vuelta electoral que enfrenta dos modelos antagónicos, debemos elegir entre preservar el sistema o poner en peligro nuestras instituciones. El futuro está en juego, no puede repetirse errores de 2021.
Con una primera vuelta plagada de irregularidades y un sistema electoral incapaz de responder a las demandas ciudadanas; la indignación y hastió es comprensible. Pero no implica perder la memoria o postergar decisiones.
No se trata de abandonar la lucha para que el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), ONPE y RENIEC transparenten un proceso cuestionado. Ese camino será largo, aunque necesario. La urgencia es otra, salvar al Perú del modelo bolivariano, autoritarismo documentado que se enquista en el poder, aportando pobreza y ausencia de libertades.
Las autoridades electorales ya proclamaron a dos candidatos. Estemos o no de acuerdo, la segunda vuelta existe y la cuenta regresiva se detiene en dos semanas.
Las redes hablan de fraude, voto blanco, voto viciado e incluso salidas extrainstitucionales. Esa indignación olvida que anular elecciones no es una posibilidad inmediata y limitarse a ese debate pone en peligro el futuro del país.
Guste o no, existen solo dos opciones: Keiko Fujimori, con lastres propios e históricos o Roberto Sánchez, representante antisistema, versión reciclada del castillismo, con sombrero y falsas raíces rurales. Propone una nueva Constitución para desmontar precisamente instituciones que durante el fallido golpe de Pedro Castillo salvaron al Perú.
Castillo representó deterioro institucional, improvisación estatal, captura política, conflictos y crisis económica. Cinco gabinetes y 78 ministros en 18 meses. Corrupción, casos como Sarratea, Anguía, Petroperú, Puente Tarata y asesores en la sombra. Decenas de investigados, familiares presidenciales incluidos. Paralización de inversiones, fuga de capitales e inflación golpeando especialmente a los más necesitados. El resultado fue más pobreza, polarización e incertidumbre.
Pero el Perú sobrevivió porque las instituciones resistieron. Con sus defectos, los contrapesos democráticos funcionaron frente al intento de ruptura constitucional del 7 de diciembre de 2022. Muchos parecen olvidar que las democracias no solo colapsan mediante golpes militares. Se erosionan lentamente, debilitando controles, atacando organismos autónomos y reemplazando instituciones por lealtades políticas.
La política peruana es inestable. Los gobiernos duran poco, el Congreso vive en confrontación permanente y la ciudadanía desconfía de la clase política. Sin embargo, en medio del desorden, el Perú conserva contrapesos que impiden la concentración total del poder que sufren paises vecinos. Eso es justamente lo que debe defenderse en esta elección.
No tiene que gustarnos el fujimorismo. No existen candidatos ideales. Pero hoy enfrentamos una candidatura que propone una asamblea constituyente, ataca al Banco Central de Reserva y se rodea de personajes controvertidos: vicepresidentas cuestionadas, sin solvencia técnica; Antauro Humala reivindicando violencia política; Walter Ayala investigado por ascensos militares, José Domingo Pérez, fiscal anticorrupción destituido, hoy defensor político del castillismo y Pedro Francke incapaz de evitar el deterioro económico. La lista continúa.
No es casualidad que el Grupo de Puebla respalde a Sánchez. Esa plataforma, presentada en 2019 para reciclar al Foro de São Paulo, reúne a expresidentes, comunistas, correístas, kirchneristas y podemistas que promueven proyectos refundacionales, discursos antiliberales y narrativas donde todo conflicto institucional contra la izquierda es denunciado como “persecución política”.
Los resultados regionales son evidentes: Ecuador atrapado en tensiones heredadas del correísmo, Bolivia enfrentando crisis económica y conflictividad creciente, Argentina luchando contra esa inflación estructural heredada, Venezuela destruida institucionalmente y Nicaragua en un régimen autoritario. El patrón es el mismo: concentración de poder, deterioro institucional, pobreza extrema y pérdida de libertades.
Las irregularidades electorales deben investigarse para recuperar la confianza. Pero la segunda vuelta continúa y el voto blanco o viciado no es neutral. Tampoco una alternativa. Ante márgenes estrechos, facilita la ruptura del sistema.
No se trata de afectos personales o nostalgias partidarias. Se trata de defender nuestra democracia imperfecta ante proyectos antisistema que amenazan con destruir instituciones que sostienen al país.
Etiquetas: 2026, Elecciones, Keiko Fujimori, Perú, Política, Roberto Sánchez Last modified: 26 de mayo de 2026
