Tan ilusos como el rey Príamo de Troya, que dormía tranquilo confiado de que sus muros eran infranqueables, hoy la derecha que parece haber confundido una elección con el final de la historia, y duerme tranquila pensando que “Keiko ya ganó”, y con eso terminan la conversación política.
Keiko Fujimori ganó la Presidencia de la República hace dos meses. Fuerza Popular obtuvo una posición dominante en el nuevo Parlamento y, además, alcanzó la presidencia del Senado mediante una alianza con Renovación Popular. Es, sin duda, una victoria política importante. Sería absurdo negarlo.
Pero la elección es solo una batalla, no la guerra.
Y ahí aparece una peligrosa sensación de triunfo que comienza a instalarse entre algunos políticos, empresarios y activistas: la idea de que todo estaría ya «oleado y sacramentado» porque, como dicen con una confianza casi religiosa, «Keiko ya ganó».
Ganó una elección, sí. Pero no ganó el futuro.
La historia está llena de hombres y sociedades que cometieron exactamente el mismoerror: confundieron la solidez del presente con la permanencia del poder. Reyes que creyeron inexpugnables sus murallas. Generales que confundieron una victoria militar con la derrota definitiva del enemigo. Gobiernos que, embriagados por una mayoría, dejaron de mirar el tablero porque suponían que las piezas ya estaban colocadas a su favor.
Ese es precisamente el peligro de la derecha peruana después de esta elección.
Porque Keiko Fujimori puede haber obtenido la Presidencia con una victoria estrechísima frente a Roberto Sánchez. Y aunque Fuerza Popular consiguió una bancada importante en el Senado, no obtuvo por sí sola una mayoría absoluta: De los 30 votos que conforman el “bloque de derecha”, 8 son de Renovación Popular. Y después de las declaraciones de Rafael López-Aliaga esta última semana, parece que la relación entre celestes y naranjas empieza a resquebrajarse.
El fujimorismo no obtuvo nunca un cheque en blanco. Sino una oportunidad. Pero las oportunidades políticas, a diferencia de las certezas matemáticas, pueden desaparecer.
El problema empieza cuando una victoria electoral produce complacencia. Cuando algunos sectores empresariales comienzan a asumir que el rumbo económico ya está asegurado. Cuando determinados dirigentes creen que el adversario quedó definitivamente derrotado. Cuando los activistas dejan de persuadir porque sienten que ya no necesitan convencer a nadie. Cuando el poder comienza a mirarse a sí mismo y deja de mirar a la sociedad.
Ese ha sido el principio de las grandes caídas en la historia de la humanidad.
Roma cayó. Los Habsburgo dejaron de gobernar. La Unión Soviética desapareció. El Imperio británico dejó de ser el centro del mundo. Napoleón fue derrotado después de conquistar buena parte de Europa. Julio César fue asesinado.
Ninguno de ellos cayó porque alguien les avisó que habían perdido. Cayeron porque, en algún momento, las condiciones que parecían permanentes dejaron de serlo.
Viéndose en el espejo fujimorista, Alberto Fujimori tuvo una constitución y una mayoría a su favor. Y el Perú terminó en manos de izquierdistas y caviares.
Por eso resulta particularmente peligrosa e irresponsable la frase «Keiko ya ganó».
Porque detrás de esas tres palabras puede esconderse una concepción equivocada, quizá ignorante, de la política: pensar que el adversario ya está derrotado, que el electorado ya está conquistado, que la agenda económica ya está asegurada y que los próximos cinco años serán apenas la administración de una victoria.
No.
Los próximos cinco años serán, precisamente, la prueba de esa victoria.
El verdadero desafío de Keiko Fujimori no era llegar a Palacio. Era llegar a Palacio y construir un gobierno capaz de sostenerse. Convertir una diferencia electoral mínima en una mayoría social amplia. Transformar un triunfo político en resultados concretos. Resolver la inseguridad, recuperar la confianza, ordenar las cuentas, generar inversión y empleo, y construir una relación razonable con un Congreso que, aunque favorable en parte, no es una propiedad privada de nadie.
