Lo que un marxista arrepentido y una refugiada somalí le enseñan al Perú.
Hay trayectorias de vida que merecen estudiarse. Thomas Sowell y Ayaan Hirsi Ali pertenecen a una clase de pensadores cuyo compromiso con la libertad no nació de un adoctrinamiento ni del confort de un dogma académico, sino del choque entre la teoría y la dura realidad. A través de geografías y experiencias opuestas, ambos recorrieron un camino de desengaño para convertirse en defensores de la meritocracia, el estado de derecho y la responsabilidad individual contra la cultura del victimismo.
El camino de Thomas Sowell es una lección de honestidad intelectual. Nacido en 1930 en Carolina del Norte, en una época de leyes de segregación racial, y criado en el barrio de Harlem en Nueva York, Sowell conoció de cerca la pobreza y la discriminación. En su juventud, como muchos intelectuales, encontró en las teorías de Karl Marx una explicación convincente para las desigualdades sociales. Durante sus años universitarios en Harvard, se consideraba abiertamente marxista y creía que el gobierno debía planificar la economía para corregir las injusticias del mercado.
El punto de quiebre para Sowell ocurrió en la práctica. En el verano de 1960, mientras trabajaba como pasante en el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos, estudió la industria azucarera en Puerto Rico. Al analizar los datos, descubrió que las regulaciones sobre el salario mínimo, diseñadas supuestamente para proteger a los trabajadores pobres, estaban destruyendo los empleos en la isla y perjudicando a la población más vulnerable. Cuando sugirió a sus superiores evaluar el impacto real de las leyes en lugar de sus buenas intenciones, encontró una burocracia desinteresada en la evidencia empírica. Ese hallazgo reveló que la planificación estatal solía generar consecuencias nefastas. Tras completar su doctorado en la Universidad de Chicago, bajo la influencia de figuras como Milton Friedman, Sowell consolidó su transformación hacia la economía de libre mercado.
Desde entonces, Sowell ha dedicado más de medio siglo a desmantelar la pretensión de una élite intelectual que busca rediseñar la sociedad desde un escritorio. En sus libros demostró cómo los mercados libres y la competencia descentralizada procesan el conocimiento humano de manera mucho más eficiente que cualquier comité de expertos. Asimismo, ha sido un crítico implacable de la cultura del victimismo. Para Sowell, atribuir todas las diferencias económicas al racismo o a la discriminación no solo es falso según las estadísticas, sino devastador para las personas, pues destruye el incentivo del esfuerzo personal, la meritocracia y el desarrollo de habilidades reales.
Por su parte, Ayaan Hirsi Ali llegó a conclusiones similares partiendo de un origen totalmente distinto. Nacida en Somalia en 1969, Hirsi Ali creció bajo la sombra del autoritarismo y la ley islámica radical. Sometida a mutilación genital a los cinco años y educada bajo el adoctrinamiento estricto de la Hermandad Musulmana durante su adolescencia, experimentó el peso de un sistema donde el individuo no tiene derechos. Su escape en 1992 hacia los Países Bajos para evitar un matrimonio forzado marcó el inicio de su despertar intelectual.
En Europa, Hirsi Ali descubrió el valor del pensamiento crítico, la igualdad ante la ley y la libertad de expresión. Tras estudiar ciencia política y ejercer como parlamentaria, enfrentó la resistencia de las élites occidentales a defender sus propios valores. Hirsi Ali observó cómo el multiculturalismo permitía la creación de comunidades aisladas donde las mujeres inmigrantes eran despojadas de sus derechos en nombre de la “tolerancia”.
Con el tiempo, Hirsi Ali también advirtió el deterioro de organizaciones internacionales como la ONU y diversas ONG globales. En lugar de proteger los derechos humanos individuales nacidos de la tradición occidental y judeocristiana, estas burocracias pasaron a imponer agendas colectivas dictadas desde arriba. Como ha denunciado Hirsi Ali, hoy estas instituciones funcionan casi sin supervisión, bajo la peligrosa realidad de que nadie pide cuentas a las ONG cuando debilitan las libertades locales o fallan a las personas que dicen defender.
Tras el asesinato en 2004 de su amigo y colaborador Theo van Gogh a manos de un extremista islamista, y tras atravesar una etapa de ateísmo militante, Hirsi Ali comprendió que confiar únicamente en la ciencia y en la lógica humana no bastaba para sostener la libertad occidental. Su posterior conversión al cristianismo reflejó su convicción de que los derechos individuales y la dignidad humana necesitan de la matriz moral reflejada en la historia judeocristiana para resistir ante las ideologías autoritarias.
Al examinar ambas biografías surge una paradoja fascinante: ¿cómo dos personas con orígenes tan distantes terminaron compartiendo las mismas ideas? Sowell creció como un hombre negro en la América de la segregación legal; Hirsi Ali creció como una mujer africana en sociedades teocráticas en el norte de África. Sowell enfrentó leyes estatales de segregación racial; Hirsi Ali enfrentó el sometimiento del fundamentalismo religioso.
Sin embargo, fue precisamente esa experiencia directa con la opresión la que moldeó su visión compartida. Ninguno aprendió a valorar la libertad en un salón de clases ni en la comodidad. Sowell comprendió que el verdadero motor de progreso para las minorías no era el paternalismo del Estado ni el victimismo permanente, sino el libre mercado, la educación de excelencia y la meritocracia, que permitió a la comunidad negra estadounidense progresar enormemente en las décadas previas a la expansión del “Estado de Bienestar”, un modelo de subsidios y programas públicos instituido por el gobierno de Johnson en los sesentas, donde el gobierno asume la manutención y protección económica de los ciudadanos. Hirsi Ali vivió el totalitarismo en carne propia y entendió que las instituciones libres no son un adorno garantizado, sino el resultado excepcional de un proceso civilizatorio que debe defenderse sin complejos.
Tanto Sowell como Hirsi Ali coinciden en que la cultura del victimismo es una trampa mortal. Para Sowell, enseñar a los jóvenes a culpar a la sociedad por sus carencias destruye la iniciativa personal y genera dependencia. Para Hirsi Ali, excusar la violencia o la opresión en nombre del trauma histórico o la diversidad cultural destruye la ley y abandona a los más vulnerables.
Al final, las historias de Thomas Sowell y Ayaan Hirsi Ali demuestran que las ideas de libertad, competencia y responsabilidad personal no entienden de razas ni de geografías. Los intelectuales de escritorio suelen enamorarse de teorías sociales porque nunca pagan el costo de sus fallos. En cambio, personas como Sowell e Hirsi Ali —que sintieron el peso real del control sobre sus propias vidas— poseen la claridad para ver que esas “utopías” terminan convirtiéndose en tiranías. Su propia supervivencia los volvió inmunes al engaño ideológico y nos recuerda que la libertad no se sostiene sola: requiere que los ciudadanos tengan la valentía de defender los pilares que la hacen posible.
Esta lección cobra una urgencia directa en nuestra realidad en el Perú. La advertencia de Hirsi Ali sobre el poder sin fiscalización de las ONG se refleja perfectamente en el Perú, donde diversas entidades operan sin rendir cuentas a nadie; una distorsión que la Ley 32301 busca corregir al transparentar su financiamiento y supervisión. Asimismo, la evidencia recopilada por Sowell demuestra que la movilidad social que genera el libre mercado y el esfuerzo individual es infinitamente superior a cualquier experimento de planificación central. Por último, en nuestras escuelas, la narrativa predominante enseña a los jóvenes a victimizarse, a culpar a la conquista o a la sociedad por sus carencias, promoviendo la falsa idea de que el Estado resolverá todos sus problemas. Frente a ese discurso estatista, la trayectoria de Sowell e Hirsi Ali nos recuerda que el verdadero progreso no nace de la culpa ni del paternalismo, sino del mérito, la responsabilidad individual y la libertad para competir.
