Escrito por • 21:06• Opinión

Aquel jueves 3 de octubre, por Alfredo Gildemeister

Aún recuerdo aquella noche de finales del mes de setiembre de 1968 en que José Carlos “Pepe” Martin, gran amigo de mi padre, director de Gobierno del entonces primer gobierno del presidente Belaúnde Terry y padrino de bautizo de mi hermano, se apareció en mi casa en Miraflores algo alterado y con rostro muy preocupado. Se reunió con mis padres en la sala mientras yo escuchaba la conversación, escondido en el comedor. “Es un hecho Alfredo. El golpe está planificado para primeros días de octubre. Mis fuentes no se equivocan”.

Debo señalar que, en aquellos años, el cargo de director de Gobierno era lo que hoy equivaldría al ministro del Interior. Martín estaba al tanto desde hacía unos meses por el servicio de inteligencia, y así se lo contaba a mis padres, que los militares estaban organizando un golpe de estado para sacar del cargo al presidente Belaúnde. A mis ocho años obviamente no tenía la menor idea de qué diablos era un “golpe de estado”. “Esten preparados. Tomen sus precauciones. El golpe militar ocurrirá. Se los puedo asegurar” afirmó Martin. Luego se despidió y salió rápidamente de mi casa. Mis padres se quedaron muy preocupados. Cuando aparecí y les pregunté qué quería el tío Pepe, solo atinó mi padre a decirme: “nada, nada importante. Sólo vino a saludarnos”. El tío Pepe era además compañero de promoción del colegio Inmaculada con mi padre y su mejor amigo, de allí que se conocían bien, se tenían una gran confianza, existiendo una enorme amistad desde la niñez.

Personalmente me olvidé del asunto hasta que, pasados unos días, un jueves 3 de octubre —hace nada menos que 58 años— me fui temprano al colegio como todos los días, con la señora de la movilidad que me llevaba junto con otros niños. A golpe de media mañana, estando en plena clase con la monjita gringa que nos enseñaba un excelente inglés, sentí un alboroto en los pasillos del colegio, voces que hablaban en voz alta, especialmente de señoras.

Repentinamente ingresó al aula la madre directora del colegio —yo estudiaba en el colegio Carmelitas de primaria, en San Antonio, Miraflores— y rápidamente nos ordenó que saliéramos al patio, pues nos iríamos con nuestras mamás cada uno a su casa y concluyó diciéndonos que las clases quedaban suspendidas hasta nuevo aviso. A la madre se le veía nerviosa, por no decir asustada. Cuando bajé con mis compañeros de clase al patio, todo era un caos. Las mamás buscaban a sus hijos desesperadas, con caras angustiadas, llamando a sus hijos e hijas en voz alta, con lo cual el patio efectivamente era un despelote total. Personalmente, de lo mas tranquilo busqué a mi madre hasta que la encontré caminando en mi búsqueda con toda parsimonia. A mi hermano menor Lalo ya lo había encontrado. Nos fuimos rápidamente a mi casa. Las mamas salían casi corriendo a sus automóviles, llevándose a sus hijos. ¿Qué había pasado?

Mi madre nos explicó a mi hermano y a mí, con toda tranquilidad y con toda la psicología y tacto posible, que lo que había sucedido era que un tal Velasco —militar de carrera— durante la madrugada, había sacado al presidente Belaúnde en pijama del Palacio de Gobierno y se lo habían llevado no se sabía aún donde, con lo cual Belaúnde ya no era presidente, sino que el tal Velasco era el nuevo presidente. Es lo que se llamaba nos dijo, un golpe de estado. Inmediatamente recordé las palabras del amigo de mi padre, Pepe Martín, y la advertencia que les hiciera hacía tan solo una semana. Una vez que llegamos a mi casa prendimos el televisor y las noticias pasaban videos e imágenes de tanques, soldados y tanquetas rodeando Palacio de Gobierno y estacionados en algunas esquinas del centro de Lima. Aún no me quedaba clara la situación.

Al margen de todo, lo que más me gustaba de esta novedad del “golpe de estado” era que no tendría clases en el colegio en los próximos días. ¡Lo máximo! Finalmente, por la noche pude ver al tal Velasco por la TV. Un hombre de mediana edad, de mediana altura, con bigote y uniforme elegante lleno de medallitas de general de división —según me explicó mi padre— dando un mensaje en cadena a la nación. Ahí aprendí que en “cadena” significaba que todos los canales —cuatro o cinco canales que existían por aquél entonces— pasaban el discurso del tal Velasco, te gustase o no. No entendí ni michi del discurso, pero se me quedaron gravadas algunas palabras y frases como: “gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas”, “revolución”, “la tierra es para el que la trabaja”, “acciones revolucionarias”, etc.

Mi padre estuvo tratando de comunicarse con su amigo Martín, pero no contestaban en su casa, hasta que al final su esposa contestó con voz angustiada y le dijo a mi padre que Martín había desaparecido, no sabía donde estaba y no se había comunicado con ella. Mi padre se quedó muy preocupado y le dijo que tan pronto supiera algo de Martín lo llamara.

En la noche de aquel movido día, mientras dormía plácidamente y como cerca de la medianoche, mi cama empezó a temblar ¡toda la casa temblaba suavemente! Pensé que se trataría de un típico temblor limeño, pero no. Yo vivía en la tercera cuadra de la avenida Roca y Bologna en San Antonio, Miraflores, a media cuadra de la avenida Panamericana, hoy República de Panamá. Me levanté de un salto y cuando miro por mi ventana, me encuentro con una larga fila de enormes tanques que pasaban por dicha avenida, a unos metros de mi casa, con rumbo al centro de Lima. Puede ver como en las torretas de cada tanque, un soldado estaba tieso mirando al frente, cogiendo una enorme ametralladora. Todo temblaba a su paso, hasta que se alejaron los tanques y volvió el silencio. Muy bonito la verdad. Nunca había visto tantos tanques juntos. Me volví a dormir.

A la mañana siguiente, me levanté temprano y salí con mi abuela -que había venido a dormir a mi casa- a comprar pan a la panadería que estaba a un par de cuadras de mi casa. Cual sería mi sorpresa y el susto de mi abuela, cuando nos encontramos a unos diez soldados sentados en la puerta de mi casa y en el porche del garaje de mi casa, durmiendo bien abrigados, y un enorme tanque literalmente cuadrado a un costado y con su soldado tieso en la torreta mirando fijamente al frente mientras cogía la enorme ametralladora. Nos saludaron muy amablemente y mi abuela que no tiene pelos en la lengua, se encaró con el de la torreta. Se paró delante de la ametralladora y le dijo si estaba dispuesta a dispararle. El soldado solo la miró, medio que sonrió y solo atinó a decirle: “No señora. No se preocupe”.  Y nos fuimos a comprar el pan.

Así recuerdo aquél 3 de octubre de 1968, con su amanecer incluido. Lo mas curioso es que recuerdo que mucha gente que estaba harto del desastroso primer gobierno de Belaúnde, casi se podría decir que se alegró o en todo caso justificó el golpe del tal Velasco. ¡Cosas que solo pasan en el Perú! Los días y las semanas transcurrieron y los tanques continuaron pasando todas las medias noches por el costado de mi casa y regresaban al amanecer rumbo a Chorrillos. Las pistas obviamente quedaban destrozadas por el peso del tanque y sus orugas que demolían el asfalto de estas. De otro lado, cabe mencionar que muchos políticos y amigos de mi padre fueron detenidos o huyeron del país y se exiliaron en otros países como México, España o Argentina.

Pasados unos días del golpe, mi padre nos contó a mi madre y a mí, que su amigo Martín tuvo que esconderse de los militares que querían detenerlo. Los padres Jesuitas del colegio Inmaculada de Monterrico —su antiguo y querido colegio de la niñez— lo escondieron amablemente por un buen tiempo. Quien diría que aquel 3 de octubre se daría inicio una dictadura militar que duraría doce años y que para un niño de 8 años y hasta su adolescencia y fin de su etapa escolar, solo significaría ver discursos en cadena nacional de militares en la TV casi a diario, gente requintando de las sandeces que decían estos, nuevos feriados y más adelante —ya con un tal Morales Bermúdez— huelgas nacionales, lo cual significaba estar sin clases por semanas enteras. ¡Lo máximo!

Para terminar, cabe mencionar que el tal Velasco vivía a dos cuadras de mi casa en la avenida Roca y Bologna, cruzando República de Panamá. Con lo cual todos los días —puntualmente— pasaba a las 7:45 a.m. de la mañana por la puerta de mi casa en un enorme automóvil Dodge negro, acompañado de otro auto de seguridad, rumbo a Palacio. No llevaba motorizados ni cuatro o seis camionetas negras de seguridad con sirenas prendidas ni sujetos sacando la cabeza por las ventanas gritando a la gente que se apartaran ni nada parecido. ¡Cosas de la vida! ¡Hasta mi vecino resultó ser el tal Velasco!

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Alfredo Gildemeister

Alfredo Gildemeister

Abogado

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Last modified: 3 de octubre de 2026
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