Escrito por • 20:59• Opinión

Bajo el canopy de la selva, por Raúl Injoque

Hongos amazónicos, autosuficiencia indígena y el fin de la impotencia aprendida

Existe un dicho que transmite bien el peso de lo invisible: “Si crees que eres demasiado pequeño para generar un impacto, intenta dormir en una habitación cerrada con un mosquito”. En la inmensidad de la Amazonía, donde solemos maravillarnos con los árboles gigantescos o la majestuosidad de sus ríos, tendemos a olvidar el poder transformador de lo diminuto. Como bien ha documentado en tres décadas de expediciones el botánico estadounidense Dr. John Janovec, bajo las hojas de la selva y oculto entre la hojarasca y el fango de los aguajales de Madre de Dios o Ucayali, existe un reino colosal y microscópico: el reino de los hongos amazónicos.

John, un científico que mantiene un apasionado love affair con la selva peruana desde los años noventa, nos ha enseñado a mirar con atención lo que la ciencia convencional solía pasar por alto. Mientras el Estado y los inversionistas tradicionales han enfocado históricamente a la Amazonía desde una perspectiva extractivista, madera, oro informal e hidrocarburos, la verdadera frontera del conocimiento científico, médico y económico se encuentra en la biotecnología viva del suelo y en la botánica ancestral que lo rodea.

En su más reciente visita al Perú la semana pasada, John compartió cómo sus investigaciones demuestran que estos hongos amazónicos no son meros descomponedores de materia orgánica. Son fábricas químicas de una enorme sofisticación. Hablamos de compuestos microscópicos capaces de modular respuestas neurobiológicas e inhibir la inflamación cerebral profunda, además de complejas moléculas antimicrobianas. Asimismo, estos organismos actúan como aliados agrícolas indispensables a través de las micorrizas, asociaciones invisibles donde el hongo se conecta a las raíces de las plantas para alimentarlas y protegerlas, capaces de acelerar el crecimiento de cultivos nativos de alto valor comercial, como la vainilla amazónica (Vanilla pompona).

Esta lectura de campo se enmarca en un panorama económico que recién empieza a medirse. Un análisis reciente del grupo de investigación Zero Carbon Analytics (ZCA), difundido por la plataforma ambiental Mongabay, estima que los medicamentos aún no descubiertos en las plantas con flor de los bosques tropicales tendrían un valor comercial de unos 714,000 millones de dólares, dentro de un rango que va de 382,000 millones a 1.17 billones. De ese total, la cuenca amazónica concentraría unos 215,000 millones de dólares, cerca del 30%, la mayor proporción del mundo. Y esa cifra considera solo las plantas con flor: el potencial de los hongos amazónicos, mucho menos estudiados, ni siquiera ha sido estimado.

La ciencia moderna está descubriendo lo que los pueblos originarios comprendieron hace milenios. El conocimiento de la biodiversidad no nació en laboratorios extranjeros; nació en el seno de naciones indígenas como los Shipibo-Konibo, los Awajún, o los Asháninka. Para estos pueblos, la naturaleza no se divide en categorías abstractas, sino en una compleja red de relaciones espirituales, medicinales y ecológicas.

Tomemos como ejemplo a la nación Shipibo-Konibo, asentada a lo largo del río Ucayali y en la cuenca de Yarinacocha, en el distrito de la municipalidad de Yarinacocha en Pucallpa. La presencia del pueblo Shipibo se extiende también a regiones como Loreto y Madre de Dios, e incluso a zonas urbanas como la emblemática comunidad de Cantagallo, cerca del centro de Lima, producto de sus procesos migratorios. Los Shipibo no solo poseen un alto conocimiento en el manejo de la flora, sino que comprenden el rol esencial que juegan los organismos diminutos del bosque y del fango en el equilibrio ecológico. De manera similar, el pueblo Awajún, custodio de las selvas del Marañón, Cenepa y Santiago, ha mantenido un sistema de medicina tradicional basado en la observación minuciosa del bosque. Para los maestros Awajún y Shipibo, las plantas medicinales y los hongos no son simples recursos; son entidades sanadoras del cuerpo y la mente cuando se abordan con el debido respeto ritual.

En el corazón de este vademecum se encuentra la liana de la ayahuasca (Banisteriopsis caapi), combinada con las hojas de la chacruna (Psychotria viridis). Durante siglos, la medicina ancestral ha utilizado la ayahuasca como una herramienta de diagnóstico, depuración física y sanación emocional. Los médicos ancestrales Shipibo, conocidos como Onányabo o curanderos, han empleado la ayahuasca para adentrarse en los mundos sutiles de la naturaleza, identificar desequilibrios y prescribir un régimen integral de plantas, cortezas y preparados fúngicos.

Hoy en día, la neurociencia moderna y la psiquiatría observan cómo los alcaloides de la Ayahuasca, como la harmina, la harmalina y la dimetiltriptamina (DMT), promueven la conexión neuronal y ofrecen alternativas para tratar la depresión severa, el estrés postraumático y las adicciones. Lo que la ciencia occidental tarda décadas en validar mediante ensayos clínicos, la medicina ancestral Shipibo y Awajún lo ha practicado con éxito empírico a lo largo de generaciones.

Conviene, sin embargo, ser prudentes. Los estudios clínicos con ayahuasca todavía son pocos, pequeños y preliminares, y la bebida no es inofensiva. Puede provocar interacciones peligrosas con antidepresivos y otros medicamentos, y no es recomendable para personas con ciertos trastornos psiquiátricos o problemas del corazón. Además, el auge del turismo chamánico ha dejado casos de abusos e incluso muertes a manos de falsos curanderos. Su lugar es el contexto ritual y tradicional, guiado por conocedores legítimos, y nunca el consumo casual o recreativo.

Pero tanto el patrimonio fúngico como la botánica médica enfrentan una amenaza mayor: la destrucción de sus hábitats. Los aguajales también conocidos como pantanos, son el corazón hídrico de la Amazonía. Estos humedales regulan los cursos de agua, fijan volúmenes masivos de carbono en sus suelos turbosos y proporcionan el microclima húmedo que los hongos y plantas requieren para prosperar. Los aguajales están siendo talados y envenenados por la minería informal de oro y la deforestación. Ya en 2014, un informe elaborado para WWF advertía que casi el 80% de los aguajales de Madre de Dios había sido impactado por la minería aurífera aluvial. Si los aguajales se secan o se contaminan con mercurio, los hongos desaparecen, las plantas medicinales mueren y la farmacia natural de los pueblos indígenas se extingue. Estamos perdiendo especies y moléculas vitales antes de haber tenido la oportunidad de conocerlas.

Identificar este potencial nos lleva a una pregunta inevitable: ¿cómo involucrar a los pueblos originarios en una fórmula de desarrollo sostenible que sea congruente con la visión occidental del mundo? Históricamente, la relación con las comunidades ha oscilado entre el extractivismo de la biopiratería y el asistencialismo liderado por Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) y la cooperación internacional. Durante más de treinta años, la Amazonía ha servido como escenario para cientos de proyectos bajo estos esquemas; sin embargo, hoy existe un consenso cada vez más amplio de que dicho modelo no ha logrado cumplir su promesa fundamental: la emancipación y autosostenibilidad de las poblaciones locales.

¿Cómo alcanzar una verdadera emancipación? Una pista la ofrece un estudio que realicé junto a Colby Silvert y otros investigadores de la Universidad de Florida, publicado en 2021 en el Journal of International Agricultural and Extension Education, sobre la autosuficiencia (self-reliance) de pequeños productores de café de la Selva Central del Perú. El estudio propone un marco para medir la autosuficiencia a través de los conocimientos, habilidades, actitudes y aspiraciones del productor, y sugiere que estos factores se relacionan con su disposición a adoptar prácticas comerciales sostenibles. Aunque se trata de agricultores, no de comunidades indígenas, la lección es útil para la Amazonía: cuando la intervención externa asume la resolución de los problemas en lugar de fortalecer las competencias locales, corre el riesgo de generar lo que la psicología llama “impotencia aprendida” (learned helplessness).

En la práctica, se cumple la máxima del economista Milton Friedman: uno de los grandes errores es juzgar las políticas y los programas por sus intenciones en lugar de por sus resultados. Las comunidades Shipibo, Awajún o Asháninka son sometidas a capacitaciones teóricas y diagnósticos participativos sin retorno práctico, mientras los presupuestos se diluyen en burocracias externas. Cuando la donación expira y la ONG se retira, las comunidades quedan en la misma vulnerabilidad, sin infraestructura productiva propia, sin habilidades de gestión de riesgos comerciales y habiendo aprendido a esperar subsidios en lugar de gestionar su capital biológico. Este paternalismo ha debilitado la relación con los nativos, haciéndolos más vulnerables al avance de actividades ilícitas que sí ofrecen ingresos inmediatos.

Frente a esta parálisis, la alternativa es la construcción de un modelo de negocio inclusivo y de bio empresa comunitaria orientado a construir una verdadera autosuficiencia (self-reliance). Como plantea el marco conceptual científico sobre desarrollo rural, la autosuficiencia real requiere alinear la capacidad con las aspiraciones comerciales y visión de inversión del productor. Integrar a las naciones originarias en la fórmula no consiste en otorgarles dádivas, sino en tratarlas como socios comerciales estratégicos de pleno derecho.

Este camino no es una utopía teórica; ya cuenta con experiencias exitosas en el Perú, como la del Laboratorio de Productos Naturales del Centro Takiwasi, en Tarapoto, San Martín. En alianza con comunidades nativas, Takiwasi elabora productos naturales a partir de plantas medicinales bajo esquemas de comercio justo, con trazabilidad de sus insumos y retención del valor económico en origen. Además, Takiwasi acompañó a estas comunidades para registrar cerca de mil conocimientos tradicionales a nombre de las propias comunidades, en el Registro Nacional de Conocimientos Colectivos de los Pueblos Indígenas, protegiendo así su propiedad intelectual. La lección es clara: el problema no es el apoyo externo en sí mismo, sino el asistencialismo. Cuando quien acompaña transfiere capacidades y derechos, en lugar de crear dependencia, se convierte en aliado de la autosuficiencia.

A partir de esta experiencia, un modelo comercial ético y de alto impacto para los hongos, la vainilla y los productos naturales derivados de plantas medicinales debe estructurarse bajo tres pilares fundamentales. En primer lugar, la propiedad colectiva y el beneficio compartido, mediante la creación de cooperativas indígenas que sean copropietarias de marcas colectivas registradas ante Indecopi y titulares legítimas de los derechos, asegurando un reparto equitativo de las utilidades sin intermediarios que se queden con el valor generado. En segundo lugar, la instalación de infraestructura e innovación en el propio territorio; en vez de extraer materia prima para procesarla fuera, se deben establecer viveros madre, centros de curado y extracción básica en Madre de Dios, Ucayali o Amazonas, reteniendo el valor agregado y el empleo técnico en las comunidades. Por último, la consolidación de alianzas comerciales de largo plazo, sustituyendo la caridad por contratos sostenibles con la industria global de suplementos, cosmética, biotecnología y gastronomía, donde el origen, la trazabilidad y la cultura sean el principal factor de diferenciación. Es importante mencionar que la ayahuasca ya se comercializa, en gran medida sin reglas claras. El Estado peruano reconoce sus conocimientos y usos tradicionales como Patrimonio Cultural de la Nación, pero esa protección aún no se ha traducido en una regulación concreta. Si su uso va a generar ingresos, estos deberían quedar en manos de los pueblos que la custodian, bajo reglas que protejan su carácter sagrado y la salud de quienes la consumen.

La naturaleza nos ofrece el mejor ejemplo a través de los hongos. Las redes micorrizas que conectan a los hongos con las raíces de los árboles no funcionan mediante caridad ni explotación; funcionan mediante simbiosis, un intercambio continuo y equitativo que fortalece a todo el bosque. Es momento de aplicar esa misma lógica ecológica a nuestras relaciones con los pueblos Shipibo, Awajún, y Asháninka. Romper la trampa del asistencialismo y reemplazarla con bio empresas sólidas no es sólo un imperativo económico, sino un acto de justicia. Solo transformando nuestro respeto por la botánica ancestral y el reino microscópico de los hongos en emprendimientos autónomos de alto valor, lograremos que la Amazonía siga estando de pie, próspera y soberana para las futuras generaciones del Perú.

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Raúl Injoque

Raúl Injoque

Columnista

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Last modified: 3 de octubre de 2026
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