El pasado miércoles 23 de setiembre, además de la llegada de la primavera, se conmemoró el día de la aviación civil en honor al héroe de la aviación peruana Jorge Chávez y su hazaña de atravesar los Alpes un 23 de setiembre de 1910. No confundir con el recientemente instaurado feriado del 23 de julio, fecha en que se conmemora al Día de la Fuerza Aérea del Perú y la memoria del héroe capitán FAP José Abelardo Quiñonez.
Volviendo al 23 de setiembre, hoy es una fecha que, lamentablemente, para mucha gente pasa desapercibida pero que hasta hace unas décadas no era así y personalmente la recuerdo muy bien. Mi padre era gerente de una línea de aviación grande de pasajeros y siempre le encantó la aviación, pese a ser de profesión abogado. Se especializó en derecho aeronáutico y con sus libros y artículos fue el pionero de esa novedosa rama del derecho en el Perú. De allí que todos los 23 de setiembre, por la celebración del día de la aviación civil, nos llevaba a mi madre y a mis hermanos a la Escuela de Aviación Civil de Collique —hoy lamentablemente desaparecida—, al festival aéreo. Dicho festival que se realizaba en honor a Jorge Chávez y a la aviación civil constituía una especie de gran kermesse con aeromodelismo, paracaidismo, viandas, música y con una particularidad especial: las “estrellas” del festival lo constituían los aviones y eso a mí personalmente, me fascinaba.
El festival aéreo de Collique incluía exhibición de todo tipo de aeronaves civiles como avionetas e inclusive algunas de mayor tamaño como el famoso Douglas DC3, aeronave con dos motores a hélice que uno podía observar de cerca, así como su conformación, colorido y belleza. El origen de esta aeronave data de 1933 con el modelo DC1 para 12 pasajeros. Ante algunas fallas, poco después se fabricó el modelo DC2 para 14 pasajeros. Luego, ante la demanda de una aeronave más rápida y sencilla, se crea otro modelo de fuselaje ensanchado, de más envergadura y con motores más potentes, con lo que surge el DC3, para 21 pasajeros. Cabe mencionar que estas aeronaves fueron reconvertidas para uso militar durante la segunda guerra mundial, construyéndose miles de unidades de modelos DC3, pero con suelo reforzado y puerta de carga mucho mayor, denominados C-47, C-53 y R4D. Estos aviones eran más conocidos como los “Dakota”, que fueron utilizados para el transporte de tropas y carga, como la famosa Compañía E del 506° Regimiento de la 101 División Aerotransportada de los Estados Unidos, que fueron los paracaidistas que se arrojaron desde estos aviones sobre la costa de Normandía, Francia, en el Día D, el 6 de junio de 1944, tal como se aprecia en la miniserie “Band of Brothers” (Hermanos de sangre), coproducida por Steven Spielberg y Tom Hanks en 2001.
Resulta que, en uno de estos festivales, allá por finales de los años sesenta o inicios de los setenta, se dispuso de una aeronave DC3 para que el público pudiera subir y dar unas vueltecitas por los cielos de Lima. Mientras mi madre se iba a los servicios higiénicos, a mi padre no se le ocurrió mejor idea que llevarnos a mis dos hermanos, a la nana que había ido con nosotros para cuidar a mi hermanito menor de 4 años, y a mí, a que diéramos unas vueltecitas en aquella bejuca aeronave DC3 que ¡solo Dios sabía cuántos años de antigüedad tendría!
Recuerdo que felices subimos por la pequeña escalerilla e ingresamos al avión por la única puerta que tenía, en la parte trasera de la aeronave. El problemita radicaba en que uno tenía, mientras buscabas tu asiento, que agarrarse con fuerza de los asientos para no caerse pues obviamente el avión estaba inclinado para atrás y uno tenía que literalmente trepar hasta llegar por el pasillo central a tu asiento. Una señorita amablemente nos dio una bolsa de papel a cada uno, “por si queríamos devolver”. “¿Devolver qué?” pregunté. “Ya verá” me respondió sonriendo cínicamente. El asunto fue que me acomodé en mi asiento —que eran bastantes estrechos y duros no como los de hoy en día— y me abroché el cinturón de seguridad. Ahí no había anuncios por altoparlantes ni lucecitas ni, “no smoking”, ni nada por el estilo.
Repentinamente, se cerró la única puerta del avión y los motores comenzaron a trabajar. Luego me enteré de que la cabina presurizada no existía en esta clase de aviones. El ruido de los dos motores era ensordecedor y luego de tomar velocidad, la aeronave fue ascendiendo poco a poco de manera horizontal —no como los modernos aviones a reacción de hoy, jets que despegan casi verticalmente— y me la pasé mirando por la ventanilla que todo se hacía mas pequeño. Como niño que sube por primera vez a un avión estaba encantado. Fue cuando empecé a oír unos estertores y toses —por no decir arcadas— de algunos pasajeros que comenzaron literalmente a vomitar en las bolsitas de papel que nos habían entregado al subir. Se habían mareado con el ascenso y alguna que otra turbulencia por ahí.
El vuelo fue estupendo, salvo el concierto de vómitos que al unísono amenizaba el vuelo. Pegado como lapa a la ventanilla rectangular, veía Lima chiquita, sus calles y avenidas, el Callao, La Punta, la Isla San Lorenzo, la Costa Verde, el morro Solar y Chorrillos. ¿Dónde estará Miraflores y mi casa me preguntaba? La aeronave dio unas tres a cuatro vueltas sobre Lima y luego de unos veinte minutos de vuelo, aterrizó perfectamente en Collique, con lo que volvimos a quedar inclinados para atrás. La bajada del avión fue más sencilla, pues todo era cuesta abajo.
Al bajar del avión nos encuentramos con mi padre que sonreía nerviosamente y a mi madre esperándonos, con una cara de furia desatada que casi me subo corriendo de nuevo al avión. “¡Solo a ti se te ocurre trepar a nuestros hijos en una carcacha de avión como esta! ¿Qué hubiera sucedido si se caía el avión? ¡Los tres chicos y la empleada muertos por tu genial idea de que dieran una vueltecita por Lima! ¡A quien se le ocurre eso!” Y así terminó nuestro paseo al festival de Collique. Los reproches continuaron por unas horas más, ante el rostro sonriente de mi padre, incluido el mío.
La verdad me lo pase genial. Fue mi primer vuelo en un avión. Luego en mi casa, a solas mi padre me preguntó si me había gustado el vuelo. Le dije que me encantó a lo cual me comentó que en mi familia siempre había habido una tendencia a amar los aviones y la aviación. Me mencionó inclusive a un antepasado nuestro, Johannes Gildemeister, as de la Fuerza Aérea Alemana (Luftstreitkräfte) durante la Primera Guerra Mundial, el cual acumuló en combate cinco victorias, esto es, que derribó con su avión Albatros D.V. nada menos que cinco aviones enemigos. Pero esa ya será otra historia que se las contaré en otra ocasión. Solo me resta decir que aquel vuelo en un viejo DC3, C 47, Dakota o como se le quiera llamar, fue una experiencia inolvidable, con el perdón de mi madre que ¡no le habló a mi padre durante una semana! En fin… ¡Que viva Jorge Chávez! “Voooolareeee…. oh oh… cantare ooooooh…”.
