OpiniónDomingo, 23 de abril de 2023
El vacío politológico, por Santiago Carranza-Vélez

El nuevo artículo de los politólogos Alberto Vergara y Rodrigo Barrenechea, Perú: el peligro de una democracia sin poder (traducción propia), publicado en el último número de Journal of Democracy, una de las publicaciones más importantes de Ciencia Política en el mundo, está dando qué hablar.

Ellos proponen que el Perú es un caso atípico en los estudios sobre la democracia a nivel mundial. Según señalan, la literatura académica del tema asume que las democracias mueren porque se acumula mucho poder en pocas manos, mientras que en el Perú pasa lo contrario: la democracia está colapsando por la disolución del poder entre políticos impopulares e inexpertos que actúan, tan solo, pensando en el cortísimo plazo. El sistema de incentivos cortoplacistas, en opinión de los autores, genera canibalismo entre las fuerzas políticas, inestabilidad en los gobiernos, entre otros males.

Además, sugieren que la democracia necesita cierto nivel de concentración de poder (limitado y dividido, por supuesto) para evitar el autoritarismo. Así, la democracia en el Perú se está destruyendo porque está vacía de contenido, de representación; ello conduce a la ingobernabilidad y eso, a su vez, abre posibilidades a los proyectos autoritarios.

El vaciamiento democrático, concepto “novedoso” el cual proponen, se explica debido a la alta fragmentación electoral, el reemplazo de los políticos profesionales por los “Outsiders”, y la falta de conexión entre las autoridades elegidas y la sociedad.

Sin embargo, considero que el mencionado artículo aglutina procesos bien conocidos y estudiados en la Ciencia Política peruana en un concepto con intensiones de novedad, pero los autores se olvidan completamente de estudiar los resortes del poder en el que se mueven los políticos precarios. Es decir, se quedan en la corteza de los sucesos, lo cual produce una explicación bastante incompleta de las razones por las cuales nos acercamos al autoritarismo.

La descomposición casi completa de un sistema político en cualquier parte del mundo configura un momento autoritario; sin embargo, y, en primer lugar, debo disentir con profundidad en su lectura sobre la descomposición. Proponen que esta empieza en el 2016, con el enfrentamiento entre PPK y el fujimorismo, cuando se activan las “armas nucleares”, como la vacancia y la disolución del Congreso. Y ello no es cierto, en verdad es el resultado de un proceso bastante más vasto.

La descomposición del sistema político en el Perú es casi permanente y se explica principalmente por la ausencia de partidos políticos. Lo que no explican mis colegas (o no quieren ver) es que todo espacio de poder se llena y ciertos poderes fácticos han tomado la delantera. Así, nominalmente gobiernan los políticos impopulares, inexpertos, pero los resortes del poder lo mantienen grupos políticos amorfos que se manifiestan en el descompuesto sistema de partidos. Son asociaciones concretas las que forman las relaciones de poder en el Perú y se esconden en la aparente fragilidad del sistema de outsider’s, vientres de alquiler, etc.

El primer poder fáctico que se incorporó a la política, en ese momento estaba ya transcurriendo el colapso del sistema de partidos, fue el de los tecnócratas promercado. Empezó en los noventa, se fortaleció en los 2000 y comenzó a decaer a partir del 2010. Este poder fáctico, y la historia lo comprueba, nunca buscó un proyecto autoritario. Al contrario, convivieron felices con los gobiernos electos democráticamente, nunca han promovido un golpe o medida al borde de la constitucionalidad. Les guste o no.

Otro poder fáctico de gran importancia es el que se denomina comúnmente como los “caviares”. También se mueven entre los gobiernos. Entran con fuerza con Paniagua y Toledo. Y prácticamente se adueñan de varias instituciones a partir del gobierno de Ollanta Humala. Al igual que los tecnócratas promercado, no les importan los vientres de alquiler, los usan. Pueden apoyar a Toledo, a Villarán, a Verónika Mendoza e incluso a PPK con tal de mantener su poder.

Durante buena parte de los 2000 y la década del 2010, el sistema peruano se mantenía con cierta estabilidad debido a la alianza tácita entre estos poderes fácticos: la tecnocracia y los caviares. En algunos gobiernos unos tenían más poder, en otros se revertía la situación, pero por lo general convivían manteniendo sus prebendas y poder estatal. No había golpismo.

El otro poder fáctico, que estaba más sumergido, pero que hizo trabajo de hormiga a vista y paciencia de las autoridades, es el de la izquierda radical. Obtienen el poder con Castillo, pero lo comenzaron a compartir ya desde la época de Vizcarra. Este grupo de poder se configurar a través de los sindicatos más grandes del país, grupúsculos de extremistas universitarios, asociaciones con el narcoterrorismo, con los antimineros, entre otros que se agruparon detrás de la candidatura de Pedro Castillo. Ellos comienzan a gozar de las mieles del poder en la época de Vizcarra. Recordemos el vizcarrismo obtuso de Marco Arana, Hernando Zevallos (luego ministro de Castillo), entre otras personalidades de la izquierda radical.

Estos dos últimos poderes fácticos, a diferencia de los tecnócratas promercado, sí han sido golpistas abiertamente. Los caviares operaron políticamente mejor y su golpe del 30 de setiembre del 2019, el inconstitucional cierre del Congreso de Martín Vizcarra, se concretó debido a sus herramientas comunicacionales, que crearon una posverdad discursiva y legal que fue impuesta debido a la popularidad de la medida. El otro golpe fue el del 7 de diciembre del 2022, que falló por mal planeado e innecesariamente extremista. Ese acto vino de la izquierda radical.

Es decir, cuando la configuración de poder en el Perú cambió la alianza (de tecnócratas con caviares a caviares con la izquierda radical) comenzó el momento autoritario. La crisis no empieza con la renuncia de PPK. Vizcarra pudo elegir hacer un gobierno de coalición, pero prefirió comprar el proyecto político caviar y el apoyo de la izquierda radical a este. No es la descomposición del sistema, es la preminencia de los proyectos autoritarios.

Para los politólogos en el artículo en mención, además, el Perú se afronta, bajo el gobierno de Dina Boluarte, a su momento más débil de institucional democrática. Gobierno el cual hasta ahora no ha cometido, o no se ha comprobado, ningún acto fuera de la constitucionalidad. De hecho, para los politólogos en cuestión, vivimos en este momento uno más autoritario que el 30 de setiembre del 2019 o el 7 de diciembre del 2022. También señalan que, por ejemplo, Merino hizo un gobierno con políticos de derecha autoritarios. Y me pregunto, ¿Quién? ¿Acaso Antero, Sheput, Patricia Teullet tenían planeado dar un golpe o convertir el Perú en una autocracia? Por favor… Nuevamente, los grupos que sí planearon y concretaron los golpes son los de la izquierda caviar y la radical.

La razón por la cual la democracia peruana ha enfrentado momentos de fragilidad se da porque, dentro de la descomposición del sistema político, ciertos poderes fácticos autoritarios (caviares e izquierda radical) han promovido agendas autoritarias. Esto, por supuesto, no se produce porque carecían de poder, sino, al contrario, se da porque la democracia dejó que los actores autoritarios lo acumulen. Felizmente, no aglomeraron tanto como para imponer sus planes y la democracia, convaleciente, sobrevive dos golpes después.

Se puede hacer un análisis político de la fragilidad de los actores político-electorales del Perú, pero ello no implica un estudio de regímenes. Para estudiar los regímenes políticos, sus cambios, sus transiciones, hay que estudiar las relaciones de poder en su totalidad, que van más allá de los políticos electoreros (Moraleja, estudiar las redes de poder). Por otra parte, para mantener al Perú en democracia ciertamente hay que recomponer el sistema político y alejar a los poderes fácticos autoritarios del control del Estado.

Continuaré con este tema el siguiente domingo…

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