Hay que aceptar, aunque nos cueste y nos mordamos la lengua, que la izquierda sabe vender sus ideas políticas. Seguramente fue el legado de Antonio Gramsci reforzado por un Ernesto Laclau (entre otros destacados devotos del marxismo intelectual), los que han posibilitado que dichas ideas puedan ser tomadas como moralmente superiores y, sobre todo, acordes al clamor popular.
La idea de Gramsci de tomar la cultura, en esencia los centros educativos y los medios difusores del intelecto como periódicos y radios, sentaron la base de una nueva hegemonía cultural que fue dando frutos un par de décadas más tarde de sus escritos en la cárcel. Durante el periodo de los años 60-70s comenzó la izquierda a ganar mucho terreno en las universidades más importantes del mundo de cada país. Se dejó un poco de lado al sindicalismo, pues el obrero ya había sido prácticamente capitalizado por el mercado. El sujeto revolucionario ahora era el universitario. El mayo francés del 68 lo ejemplifica perfectamente.
Además, mientras las universidades, sobre todo en humanidades, estaban siendo copadas por izquierdistas, la derecha solo pensaba eróticamente en el mercado y miraba con ojos burlones a todos los antropólogos, sociólogos y filósofos de sus casas de estudios. Ese carácter déspota de la derecha, sobre todo la librecambista, fue intensificado luego de la caída del muro. Cuando Francis Fukuyama sostuvo su aclamado libro “El fin de la historia y el ultimo hombre”, seguramente nunca pensó que el socialismo marxista podría encontrar nuevas fuerzas sociales que dinamizaran nuevamente sus retoricas.
Posiblemente nunca alguien pensó que una sociedad fuera tan suicida que luego de la enorme primavera que se estaba viviendo en el mundo occidental post caída del muro y la URSS, pudiera optar por el sistema que puso el muro y estaba desapareciendo. El punto es simple. Si es que se vende a una sociedad que las tinieblas son buenas y el sol quema como el infierno, es esperable que la mente pueda, en tanto este bien domesticada, voltearse drásticamente.
En síntesis, una sociedad no se mueve necesariamente por lo racional, sino por el estimulo emocional que muchas veces esta vinculado por un porvenir misterioso o distinto. Esto definitivamente, cala muy bien en la juventud. En ese sentido, precisamente esa es la retorica de la izquierda posee. Nos guste o no tiene un pathos y una mitología detrás. Políticamente eso es esencial, pues vas construyendo el clásico camino del héroe.
En medio de todo, podríamos incluso incluir al difunto psicólogo, Carl Jung, para explicar también la relación de la política y el sujeto. Los arquetipos, para Jung, son siempre los mismos modelos que todas las culturas y civilizaciones han tenido, específicamente en la forma de pensar y sentir. Al final, el pathos (emoción) que da la narrativa izquierdista es muy acorde a la configuración mental que el arquetipo de la persona en sociedad busca. Ese llamado “Inconsciente colectivo” jungeano es también visible en el argot político.
Pero a que voy con todo esto. Primero que la derecha en general, ha menospreciado a su enemigo, pues únicamente lo ve mediante un logos (razón, lógica) y no mediante un pathos (emoción, sentimiento). En segundo lugar, la derecha no se ha preocupado en hacer un mito, no tiene un camino del héroe, no tiene un emblema. Solo tiene un Excel y una biblia empolvada.
En ese aspecto, Javier Milei entendió bien lo que tiene que hacer la derecha para volver a estar con vida, por más que para un sector del liberalismo (al cual él adhiere) les parezca burdo.
“A un hombre puedes quitarle sus dioses, pero solo para darle otros a cambio” – Carl Jung.