OpiniónDomingo, 16 de febrero de 2025
Torbellino, por Víctor Andrés Belaunde Gutiérrez

Trump continúa avanzando como una especie de tornado que todo lo remueve a su paso. Viejas certezas caen unas detrás de la otra con una retórica exaltada que hace difícil discernir lo que efectivamente está pasando.

Lo primero es que, muy probablemente, nada de lo que estamos observando hubiese sido posible poco tiempo atrás. Uno de los aspectos más importantes, que es la razón de la presencia prominente de Elon Musk en todo lo que ocurre, es la utilización de la tecnología y la inteligencia artificial para ordenar información, procesarla y convertirla en algo accionable. En su tan mentado DOGE – Departamento de Eficiencia en el Gobierno – Musk se está valiendo de un pequeño equipo de geniecillos de la tecnología que han podido desenredar las frondosas partidas del presupuesto público federal de Estados Unidos y las de muchas entidades del gobierno.

Lo que se ha quedado al descubierto es asombroso. Es tal el desorden y la falta de control que entidades como el USAID gastaban ingentes sumas de dinero sin ton ni son. En el Perú habrían financiado historietas LGTB o entrenamientos de inclusión en zonas rurales, casos que fueron utilizados por la propia Casa Blanca para demostrar el frívolo despilfarro de recursos públicos.

También se sabe que el AID ha financiado medios de prensa y a “líderes de opinión”, muchas veces por medio de entidades intermedias, ONG, cuya única función era trasladar recursos discretamente del gobierno de EE.UU. a destinatarios diversos sin dar mayores explicaciones. No debería extrañarnos que los desmanes que siguieron a la caída de Castillo hayan sido pagados, en parte, por estos fondos, dada la identidad sospechosa de sus beneficiarios.

Lo increíble que esto ni siquiera era algo deliberado, simplemente la manera en que la maquinaria funcionaba. Nadie sabía a ciencia cierta a donde se iba el dinero y tampoco se preocupaban demasiado al respecto mientras que a cada cual le cayera lo suyo.

En el ámbito internacional, la semana ha estado movida. El vicepresidente Vance, luego de ser tontamente desairado por Macron, originando un inmediato gesto recíproco, se dedicó a jalarle las orejas al establishment europeo de seguridad en la Conferencia de Munich, que cada año se reúne en dicha ciudad alemana.

La crítica de Vance estuvo orientada a temas políticos y no de seguridad, sacando tirria. Atacó a los europeos por su permanente deseo de censurar información, o “desinformación”, señalando que este es un término con reminiscencias soviéticas. Criticó que se aprese a personas por protestar contra el aborto, como está ocurriendo en Inglaterra donde también encarcelan al periodista que más denuncio el escándalo de violaciones en masa.

Criticó también la voracidad de la burocracia de la UE. Un ejemplo no mencionado que en realidad corresponde a los ingleses, es la pretensión de acceder a la información encriptada de los usuarios de Apple, británicos o no británicos. Es decir, el Gobierno de su Majestad Británica quiere acceder a las fotos, información de suscripciones y a todo lo que pagan o tramitan por medio de un aplicativo desarrollado por Apple personas en cualquier país del mundo. Una arrogancia de poder evidente.

Respecto de Rusia la cosa esta interesante. Los medios y gobernantes de los países de Europa fulminan furibundos por una supuesta traición a Ucrania, ignorando algunas cosas.

La primera es que a pesar de sus declaraciones grandilocuentes, ninguno de ellos está dispuesto a destinar tropas en el número requerido para derrotar a los invasores rusos. Sus ciudadanos tampoco están interesados en ir al frente a una guerra terrible. La segunda es que no desean incrementar sus presupuestos de defensa ni su producción de armas y municiones. La tercera es que respecto de las armas que han proporcionado, tanto ellos como Estados Unidos bajo Biden, prohibían a Ucrania atacar blancos en territorio ruso. El cuarto factor es que la membresía de Ucrania en la OTAN siempre fue una quimera, algo irreal por su ubicación geográfica y vinculación histórica con Rusia y acuerdos anteriores con Moscú. Esta posibilidad, falsa, sólo sirvió para alimentar pretextos bélicos rusos y darle gasolina a los nacionalistas e imperialistas moscovitas.

El resultado de todo esto es una guerra sin fin, en la que Rusia no gana, pero Ucrania tampoco, convirtiéndose en una atroz lucha de desgaste, como la Primera Guerra Mundial, en la que el perdedor será el que se agoté primero o el que primero se quede sin hombres.

El pensamiento de Trump parece ser que el oso ruso quedaría domado por un conjunto de circunstancias: Su salida deshonrosa del Medio Oriente, al que regresó con fuerza gracias a Obama, su aliado Irán neutralizado, y los objetivos de su invasión ucraniana frustrados (la desaparición de Ucrania). El siguiente objetivo, más complejo pero fundamental, es alejar a Moscú y Pekín. El control de la masa territorial euroasiática por potencias enemigas supone un peligro para todo occidente que no tendría precedente.

Respecto del Perú, el gran peligro vendría de la forma en que evolucionará la rivalidad con China. También no está del todo claro cuál es su verdadero pensamiento respecto del tema arancelario, temas que se vinculan. Hasta ahora Trump ha utilizado el arma arancelaria para alinear políticas de los países de los que importan productos.

Lo que sí es indudable es qué gracias a Trump, la izquierda progre esta de duelo, en todas partes, nuestro Perú incluido. La razón, mundano motivo, es que les cerraron el caño. Ya no les lloverán fondos del Tío Sam con los que pontificar contra la derecha y las empresas, mientras disfrutan de burguesas existencias a expensas de los contribuyentes de Estados Unidos.

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