Los primeros siete años de mi vida los pasé en Chorrillos. Vivía con mis padres y mis dos hermanos en una buena casa de dos pisos de los años cincuenta, mirando al malecón y al mar. Todos los veranos, a mediados del mes de febrero, venía un sábado casi de madrugada mi padrino Cesar, para irse con mi papá de caminata a La Chira. Siempre me dio curiosidad adonde diablos se irían. ¿Qué era eso de La Chira? Recuerdo que salían pasadas las 5 de la madrugada, cargados cada uno con dos botellones de agua helada, pantalón corto, polo, sombrero de jipijapa de ala corta y buenas zapatillas. Durante el día, mi madre preparada un estupendo almuerzo con asado, tamales y su famosa leche asada de postre. Pero lo que más destacaba en la mesa eran dos enormes jarras de vidrio, llenas hasta el tope de limonada helada, con harto hielo, las cuales eran guardadas con mucho cuidado en el frigider de la cocina como algo sagrado, para que se mantuvieran bien frías. Las dos jarras eran intocables. Mi madre me decía que eran de mi padre y mi padrino Cesar. A eso de las tres de la tarde, regresaban mi padre y mi padrino de su caminata, empapados de sudor y agotados. Mi madre los esperaba con las dos enormes jarras de limonada y dos vasos, en la mesa del comedor. Mi padre y mi padrino llegaban y se iban directamente al comedor, tomaba cada uno su jarra y literalmente se la vaciaban, bebiendo la limonada sin parar hasta terminarse cada uno su jarra. Una vez satisfecha la sed, pasaban a ducharse, cambiarse y luego almorzábamos todos sentados en el comedor en donde devorábamos la excelente comida preparada por mi madre.
Todos los años se repetía la famosa caminata a La Chira, las dos jarras de limonada helada y el tradicional almuerzo. Cuando nos mudamos a Miraflores, las caminadas no terminaron, sino que continuaron igual todos los veranos, un sábado de febrero. Un buen día, le dije a mi padre que me gustaría acompañarlo en la próxima caminata. Mis dos hermanos también reclamaron ir. Mi padre aceptó. Yo tendría ya unos doce o trece años. Llegado el siguiente mes de febrero, mi padre nos anunció que el próximo sábado haríamos la caminata a La Chira. Yo aún no sabía a donde diablos se hacía esta caminata. Pensaba que nos iríamos a la sierra de Matucana o de Cieneguilla.
Resulta que, al sábado siguiente, mi padre nos levantó a todos de madrugada. Con una ropa de baño, un polo, zapatillas y cada uno con dos botellas de plástico grandes con agua amarradas de una cuerda y colgando del hombro, con un sombrero de ala para protegernos del sol, salimos en el auto, acompañados también por mi infaltable padrino Cesar. Mi padre condujo el auto hacia Chorrillos. Estacionó el auto en la puerta de nuestra antigua casa, frente al malecón y comenzamos la caminata. ¿En qué consistía ésta? Pues en trepar caminando el morro Solar hasta la cima para descender hacia el otro lado, en donde se encontraba la playa La Chira. Personalmente no sabía que había otra playa, además de La Herradura, pero así era. El sol de febrero nos caía a plomo cuando comenzamos a caminar por las viejas callecitas de Chorrillos al pie del morro y comenzamos a trepar. Llegamos a la Virgen del morro, mi padre y mi padrino rezaron una oración y continuamos con la caminata. Pasamos el conocido Planetario y continuamos caminando, subiendo por el camino de trocha para vehículos, que nos llevaría hacia la cima.
A principios de los setenta, no existía en la cima del morro el innumerable mar de grandes antenas de transmisión que hoy se ven desde lejos. Solo se acababa de construir una, la cual se mantenía solitaria en la cima del morro. La subida hasta la cima nos tomó un par de horas. La vista de Lima a medida que uno iba subiendo se hacía cada vez más hermosa. La inmensa bahía de Chorrillos iba destacándose entre la ligera niebla que aún envolvía el amanecer. El morro estaba limpio, sin las construcciones de viviendas precarias que lamentablemente hoy van invadiendo y envolviendo el morro. Una vez que llegamos a la cima, la vista era imponente ya sea para el sur, en donde se divisaban las playas de Villa y Conchan, o hacia el oeste con el inmenso océano Pacífico o hacia el norte, nuestra bella capital. Pasada la cima, mi padre nos guio hacia una quebrada muy abrupta y dura, que descendía y se iba abriendo hacia una inmensa playa que se divisaba en la lejanía. Nos aproximábamos a La Chira. El calor era insoportable. Tomábamos sorbos de agua, ya entibiada por el calor, mientras descendíamos caminando entre filosas rocas, grava y espinosos cactus, hasta llegar a un suabe manto de caliente arena. Las zapatillas se nos llenaron de arena caliente. Mi padre nos contaba que cuando con mi padrino comenzaron a hacer esta caminata, ya hacía más de treinta años, aun se podían ver vestigios y restos de las batallas de San Juan y Chorrillos durante la guerra del Pacífico, en enero de 1881. Restos de morrales, cantimploras, balas y cartuchos disparados, era muy normal encontrarlos enterrados a muy poca profundidad en la arena. Mi padre se detuvo un momento y con la mano comenzó a remover la arena caliente, escarbando tranquilamente unos metros alrededor de él, y no pasó mucho tiempo en que aparecieran algunos cartuchos oxidados, ya disparados, grandes balas de fusil y restos de tela blanca como de yute -al parecer restos de un uniforme peruano- e inclusive restos de cuero como de un morral o cartuchera de revolver. Me hubiera quedado feliz excavando un poco más, pero había que continuar.
Luego de caminar una media hora, atravesando el inmenso arenal con algunas dunas inclusive, apareció la inmensa playa de La Chira. No se veía un alma en toda la playa. Estábamos los cinco absolutamente solos. El silencio se imponía y el ligero sonar del viento se oía como música de fondo. La sed era terrible. Ya se nos había terminado el agua. El calor era insoportable y no lo dudamos un segundo. Nos quitamos las zapatillas y el polo y corrimos hacia el mar zambulléndonos en sus aguas como locos salidos del desierto. Una vez refrescados y más tranquilos, empezamos a notar mientras flotábamos entre las olas, un fuerte olor como a desagüe. Mi padre sonrió y nos confesó que, en un extremo de la playa, desde hacía pocos años, desembocaba una enorme tubería con gran parte de los desagües de Lima. No nos había dicho nada antes para no quitarnos el entusiasmo de darnos un chapuzón en el mar. La verdad que teníamos tanto calor y el mar estaba tan refrescantemente frio, que no nos importó. Ya sentados, descansando en la orilla, vimos que a lo lejos apareció caminado por la orilla, un hombre cargando una caja. Pensamos que sería un pescador de la zona. Cuando se acercó a nosotros, nos saludó y nos ofreció unos helados de hielo que tenía en su caja de Tecnopor y que vendía. Sin pensarlo dos veces, mi padre le compró toda la caja y por la sed que sentíamos, nos devoramos los helados de hielo -similares a los “chups” de D’Onofrio- a los que el hombre llamó “Marcianos”. El hombre se despidió y siguió su camino por la playa. Finalmente, hubo que comenzar el camino de regreso, nuevamente desandar el arenal de desierto, trepar por la empinada quebrada, llegar a la cima del morro y bajar hacia el otro lado, hasta el auto estacionado en el malecón de Chorrillos.
Llegamos literalmente agotados a mi casa. Serían como las cuatro de la tarde. No bien entramos a la casa, mi madre nos esperaba con cinco enormes jarras de limonada helada, una para cada uno, las cuales fueron vaciadas en menos de cinco minutos. Luego de ducharnos y cambiarnos, almorzamos con un hambre de lobo el maravilloso y tradicional almuerzo preparado por mi madre. Nos sentíamos contentos de haber hecho la caminata. Tenía en mi bolsillo un par de cartuchos y una bala, restos de una terrible batalla, y la sensación de haber vivido una estupenda aventura con mi padre y mi padrino Cesar.
A modo de epílogo de esta historia, debo mencionar que al día siguiente los cinco caminantes amanecimos con fiebre alta, estómago flojo y nauseas. Cuando el doctor preguntó qué diablos habíamos comido o bebido recientemente, recordamos los maravillosos “Marcianos” de aquel vendedor humilde. He ahí la causa. Mi madre no le habló a mi padre por una semana. Nunca olvidaré La Chira: su arena, su mar, su calor y sus olores…