¿Sabían ustedes que el próximo 27 de abril será canonizado, esto es, será declarado santo, en la basílica de San Pedro en Roma, un joven adolescente quinceañero italiano llamado Carlo Acutis? Seguramente ese nombre a la mayoría no les sonará nada conocido o le será indiferente. ¿Quién es o era Carlo Acutis? ¿A lo mejor era un famoso artista, baterista, cantante rockero, futbolista o bailarín? o ¿Un político con mucho poder o, mejor aún, un reconocido multimillonario?
En mi vida puedo decir que he conocido algunos santos, así como también a mucha gente común y corriente, cuya santidad y espiritualidad la notabas, la sentías, tanto así que casi la podías palpar. Me pasó con San Juan Pablo II, con el beato Álvaro del Portillo y muchísimas otras personas, comunes y corrientes que, sin ser sacerdotes, religiosos o monjas, viven en su vida corriente, una vida espiritual profunda, que puede decirse que les rebalsa, si cabe el término. Recuerdo a un amigo sacerdote, hoy ya fallecido, con el cual me reunía de manera muy seguida para conversar e inclusive confesarme, y que solo el verlo te transmitía una paz y una alegría que definitivamente no era la de este mundo, pues era sobrenatural, pues venía de Dios, de una persona que vive en Dios y que está con Dios. Cuando uno conversaba con Juan Pablo II o con la Madre Teresa, esa sensación era maravillosamente abrumadora. Mi amigo sacerdote te hablaba de Cristo o de María como quien los viera y conversara con ellos como amigos, todos los días. También recuerdo a una humilde mujer que fue empleada del hogar en mi casa cuando yo era niño. Se llamaba Dionicia. Era una mujer joven pero que mientras trabajó en mi casa, uno notaba que esa mujer tenía un “algo más” profundo, un “no sé qué” especial, y efectivamente, era así pues me contaba que, en paralelo a su trabajo, rezaba todos los días, frecuentaba los sacramentos como la comunión y la confesión, así como acudía con frecuencia a Misa. Trabajó en mi casa varios años hasta que se fue a su tierra. Pasados unos cinco años, un día tocó a la puerta de mi casa, y al abrirle la puerta me encuentro con una monja bajita, con habito marrón hasta el suelo, con velo, toca y lentes. Me miró y sonrió. Era Dionicia. Se le veía con una paz increíble, feliz.
Vuelvo entonces a la pregunta: ¿Quién era Carlo Acutis? Carlo era un muchacho adolescente, común y corriente como los de hoy, que nació un 3 de mayo de 1991 y falleció un 12 de octubre de 2006. Como pueden apreciar, vivió tan solo quince años y unos meses más. ¿Qué tenía de especial este muchacho? Mucho. Para comenzar, Carlo vivió en medio de una familia común, educado por sus padres, especialmente por su niñera quien lo fue formando en la doctrina cristiana católica. Asistía al colegio como cualquier muchacho de su edad, estudiaba, tenía muchos amigos, hacía deporte y participaba de la vida familiar como cualquier hijo. Sin embargo, su madre narra en un libro en donde ella vuelca sus recuerdos de Carlo, que éste tenía un inmenso e innato sentido religioso para abrirse a los demás y muy en especial, a las personas más pobres y humildes. Su vida normal, común y corriente, la vivió siempre orientado hacia Dios, tenía como meta el “infinito” y Jesús era el centro de su vida.
En paralelo, ya viviendo en la era digital y con el nuevo siglo, como todo joven escolar, a Carlo le comenzó a apasionar el internet, las redes sociales y todo lo que implicaba la novedosa informática cada vez más, que iba metiéndose e influyendo tremendamente en la vida de las personas, especialmente en la de los jóvenes. Carlo no fue ajeno a esto y se volvió un apasionado del Internet. En paralelo, amaba a Jesús y quería darlo a conocer a todo el mundo. Muchos de sus amigos, incluyendo profesionales licenciados en ingeniería informática, lo consideraban a Carlo un genio de la informática. El talento de Carlo abarcaba desde la programación de computadoras -pasando por el montaje de películas- la creación de sitios web, hasta los boletines de los que se ocupaba también de la redacción y la maquetación, y el voluntariado con los más necesitados, especialmente con los niños y los ancianos.
Sin embargo, Carlo no se quedó ahí. Con su vida, dio testimonio de que la modernidad y las nuevas tecnologías pueden ser una gran oportunidad para llevar el Evangelio a todo el mundo. Carlo decía lo siguiente: “Nuestra meta debe ser el infinito, no lo finito. El Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. De allí que Carlo siempre buscara lo trascendental, lo infinito, no quedarse en lo temporal y finito. De otro lado, también decía que: “Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”. Para dirigirse hacia esta meta y no “morir como fotocopias” Carlo decía que nuestra brújula tiene que ser la Palabra de Dios, con la que tenemos que confrontarnos constantemente. Ahí es donde Carlo nos recordaba que, para llegar a esta meta, lo infinito, es decir, Dios, hacen falta unos medios muy especiales: los sacramentos y la oración. En especial, Carlo situaba en el centro de su vida el Sacramento de la Eucaristía que llamaba “mi autopista hacia el Cielo”. Esta frase de Carlo se ha hecho muy conocida y es repetida por muchos jóvenes adolescentes que, al igual que Carlo, no quieren ser meras “fotocopias” sino ser “originales”, puesto que cada ser humano, cada persona es única y además, como la cereza en la torta ¡Son Hijos de Dios!
Carlo armonizó perfectamente la modernidad de la era digital, los celulares, las computadoras, las redes sociales y toda aquella modernidad, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, asistiendo a Misa, rezando el rosario a diario y muy especialmente con su devoción a la sagrada Eucaristía, demostrándonos a todos que uno puede amar a Dios, tener una viuda espiritual profunda en medio del mundo, sin ser religioso o sacerdote necesariamente, sino en la vida corriente. Todo ello lo convirtió ante su familia y amigos, en un chico muy especial al que todos admiraban y querían mucho.
Carlo falleció de 15 años a causa de una leucemia fulminante. “Estar siempre unido a Jesús, ese es mi proyecto de vida” -decía Carlo- “Estoy contento de morir porque he vivido mi vida sin malgastar ni un solo minuto de ella en cosas que no le gustan a Dios”. Precisamente el próximo 27 de abril, día de su canonización en Roma, se estrenará la película animada “Carlo Acutis, el influencer de Dios”. Esta película buscará dar a conocer la vida y legado de Carlo, quien dejó una huella profunda en la fe católica, en su comunidad y en especial, en los jóvenes. Efectivamente, la vida de Carlo constituye un gran estímulo para los adolescentes y jóvenes de hoy que, en medio de este mundo loco, buscan en el fondo lo trascendental, lo esencial de la vida, esto es, Dios -aunque no lo sepan- pero muchos se pierden en la gran confusión que genera hoy el materialismo, el relativismo y el consumismo de un mundo frívolo que solo busca el pasarla bien, el solo divertirse, sin responsabilidades en lo posible. Carlo no será un santo que fue martirizado que vivió una vida extraordinaria en tiempos pasados. Carlo fue un joven que vivió una vida común y corriente como la de cualquiera de los jóvenes de hoy. Es un santo de lo ordinario, que vivió su colegio, su vida familiar y sus amistades, al lado de una profunda vida espiritual de oración y devoción a Jesús y a la Virgen y compartiendo su fe a través de internet. Será como ya le llaman el primer “santo millennial”, pues demostró que la fe no tiene que estar separada de la vida diaria, y que todos incluyendo los adolescentes, pueden ser felices en su vida ordinaria y llegar a la santidad. El próximo domingo 27 de abril, la mamá de Carlos estará presente -con su familia y amigos- en la ceremonia de canonización de su hijo en Roma. ¡Qué alegría para esa madre saber que su hijo “lo logró”! Llegó a Dios y está con Dios. Definitivamente, hablando en lenguaje digital, Carlo fue, es y será un gran “influencer”, y mucho más aún… un “influencer” de Dios.