OpiniónDomingo, 2 de marzo de 2025
Un aterrador primer día de clases, por Alfredo Gildemeister

En estas épocas del año en que los colegios inician clases, es inevitable que se me venga a la cabeza mi tan especial primer día de clases. Para mí el primer día de clases constituye una fecha traumática digna del análisis de los mejores sicólogos, por las razones que paso a narrar a continuación. Desde que nací y hasta los siete años de edad, viví en Chorrillos, en una casa ubicada al pie del mar, frente al malecón. Mi padre, ilustre exalumno del colegio Inmaculada de los jesuitas, me matriculó en el kindergarten de dicho colegio. El pequeño detalle que no me dijo, es que el colegio quedaba en Monterrico, que en aquellos años era como decir “a donde el diablo perdió el poncho”, esto es, a extramuros de la ciudad. Para llegar a esos lejanos parajes, el colegio ofrecía el servicio de sus “góndolas”, esto es, un ómnibus color amarillo patito para variar -no es una góndola veneciana por si acaso- que te llevaba hasta el colegio. ¿What? ¿En ómnibus yo solito, a mis cinco añitos? ¡Horror! Para un niño de cinco años como yo, constituía un viaje aterrador, que tu madre te dejara en el paradero por donde pasaba la famosa góndola, esperar a que pasara, subir a dicha góndola y a ver a donde demonios te llevaba. En mi caso, mi madre me llevó al paradero en la esquina de Huaylas con Malecón Iglesias, a esperar a la bendita “góndola”. Siempre fui algo nerviosito por lo que mi estómago ante situaciones extremas comenzaba a pedir baño a gritos. Por suerte, uno de los niños que también esperaba la góndola, me prestó el baño de su casa que estaba allí no más cerquita.

Por fin apareció la góndola, la número 2, toda amarilla ella, y mi madre me despidió con un beso. Comenzaba mi aterradora aventura. Me senté junto a una de las ventanillas y a ver a donde cuernos me llevaba. El hecho de estar solo por primera vez en mi vida, lejos de mis padres y del hogar, para un niño es algo traumático e inolvidable por lo que o te espabilas y afrontas la situación con decisión o simplemente buscas el primer puente para arrojarte (Nota: el puente Villena en Miraflores, el de los suicidas, aún no se había construido en esos años). Luego de unos diez minutos de trayecto, salimos de la ciudad y apareció el campo, las chacras –Lima era más chica y casi no había tráfico- y finalmente, el Colegio de la Inmaculada pegada a los cerros. Allí comenzó lo bueno. Yo iba vestido con mi uniforme azul, camisa blanca, cuello postizo almidonado hasta el extremo –mismo cartón- corbatita, saco azul tipo bléiser y pantaloncitos cortos azules. Era todo un azulejo de lo azul que estaba. Adicionalmente tenía un sombrerito con visera al mejor estilo de Daniel El Travieso. Todo esto constituía el uniforme del colegio en aquellos años. Llevaba una maletita marrón de cuero con mis libros, lápices y cuadernos, y nada más. La tragedia comenzó cuando una vez bajado del autobús, nadie me recibió en el colegio ni me dijo a donde ir. En eso pude apreciar que unos muchachos, un poco más grandes que yo, formaban fila. Me puse con ellos en la fila. Al parecer todo iba bien hasta que alguien me levantó en peso por atrás, diciéndome que yo no pertenecía a esa fila ¡Pues era la de quinto de media! Y yo era del kindergarten. Desgraciadamente, esta persona al sacarme de la fila, dejé mi maletita en el suelo. Nunca más volví a ver mi maletita ni mis libros.

Finalmente me metieron en un salón de clases. Apareció una “miss” que nos dijo que nos sacáramos las gorritas y las pusiéramos dentro de la carpeta. Luego ordenó a toda la clase que nos sacáramos los saquitos azules y nos pusiéramos unos overoles verdes claros. Me estaba poniendo el bendito overol cuando entró una monja y le dijo a la miss, señalándome, que yo no era de ese salón. La monja me cargó en peso -era fuerte- y me llevó a otro salón. Allí quedó mi gorrita y mi saquito azul. Nunca más volví a verlos. En el nuevo salón, me recibió la miss Evita, toda linda ella, me sentó en una carpeta y toda la mañana nos dio instrucciones y nos habló del colegio y lo maravilloso que era la vida escolar. Pasado un rato sonó un timbre. Era la hora de almuerzo.

¿Cómo sería eso? Espantoso. Yo no había llevado lonchera porque mi madre me inscribió en el comedor. Maldita la hora en que acabé en el comedor. Me llevaron a un comedor grande -al mejor estilo del comedor de la cárcel de Alcatraz- y me sentaron en una mesa con otros niños. Aparecieron unas señoras que nos trajeron ya en platos servidos, el almuerzo del día. Solo recuerdo que en mi plato había un poco de arroz y un pescado frito, con piel oscura, llena de escamas, aletas y todo, cuyo ojo vidrioso no dejaba de mirarme burlonamente. Creo que hasta sonreía. Para colmo, me moría de sed y nos pusieron para tomar en unos horribles vasos de plástico, una leche muy blanca y espesa con harta nata que me recordaba a la leche de magnesia Philips que me daba mi madre cuando estaba estreñido. Ahí comenzó mi drama. Entre el pescado que me miraba y la leche con nata en vaso de plástico, comencé a sentir una extraña sensación en mi estómago, como cuando el volcán Vesubio hizo erupción sobre Pompeya. Traté de aguatar las náuseas sin éxito alguno, hasta que, ya perdiendo todo control, pulcritud y nobleza alguna, opté por voltear dignamente hacia mi compañero ¡Pobre! mirarlo como pidiéndole disculpas, y vomitar todo lo que tenía adentro, incluyendo el desayuno de mi madre y la cena de la noche anterior. Al poco rato, un ejército de señoritas de servicio, lideradas por una monjita -sí, en primaria en aquellos años, aún había monjitas en el Inmaculada- salieron de la cocina con escobas, recogedores y harto aserrín. En cuanto a mi persona, me recluyeron en un aula hasta la hora de salida. Obviamente no almorcé y tenía hambre. La monjita personalmente, con cara de pocos amigos, vino y me subió a la famosa góndola amarilla toda, y me despachó hasta el día siguiente.

La góndola me dejó en mi paradero en Chorrillos, en donde mi madre me esperaba ansiosa –como todas las madres que esperan a sus hijos- para que le cuente mi primer día de clases. Recuerdo la cara de terror que puso cuando me vio bajar con un overol verde claro, sin maletín, sin libros, sin saquito ni gorrita azul y mitad vomitado. Sólo atiné a saludarla y a contarle todo lo que me había pasado y que no sabía nada de mis libros, maleta y el resto del uniforme. Así fue mi primer día de clases que comenzaban como Dios manda, el 1 de abril y no como ahora que los hacen ir a los niños con un calor infernal desde principios de marzo.

Por último, debo mencionar que, durante todo el año escolar, continué vomitando puntualmente cada día a la hora de almuerzo, cada vez que veía en mi sitio del comedor, la blanca leche en vaso de plástico con nata flotando. La monjita toda ella también de azul y tapada hasta el copete, cada vez que me veía entrar al comedor, ponía cara de resignación - ¿sería yo acaso su penitencia del día? - con la escoba en una mano y en la otra un poco de aserrín en una bolsita, por si acaso. Para no faltar a la verdad, debo mencionar que existieron algunos días del año en que no vomitaba a la hora de almuerzo. Esto sucedía milagrosamente cada vez que mi madre, antes de salir a tomar la góndola, se le ocurría hacerme “magia”, haciéndome unos “pases mágicos” sobre mi barriguita. Llámenle sugestión o milagro de algún santo estomacal, pero doy fe que ese día misteriosamente no vomitaba. ¡Gajes de la psicología materna! Así fue mi primer día de clases. Un día traumático para nunca olvidar y que esperaba que nunca más se repitiese, pero… A modo de epílogo: Una vez transcurrido el año escolar, y luego de hacer unos cuantos buenos amigos, a mis padres no se les ocurrió mejor idea que… ¡Cambiarme de colegio! Por lo que el siguiente año tuve que sufrir otro “primer día traumático de clases”, pues mis padres me pasaron al Colegio Nuestra Señora del Carmen - Carmelitas - de San Antonio, Miraflores, en donde el inglés era muy bueno. ¡Comenzaría nuevamente el drama para mí! pues cuando ya me había acostumbrado a un colegio, ahora a mis seis años, me cambiarían a otro colegio ¡a donde también me mandarían solito mi alma en una movilidad! Pero esa nueva dramática historia… se las cuento en otra ocasión.

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