OpiniónDomingo, 9 de marzo de 2025
Hombres de Rojo, por Alfredo Gildemeister

Hace unos diez años, durante un sábado de semana santa, me encontraba en mi casa en Miraflores viendo cómodamente recostado en mi cama, el final de una excelente película de suspenso en la televisión, cuando una de mis hijas abrió la puerta de mi habitación y sin entrar, desde la puerta solo me dijo: “Tenemos que salir. Hay un incendio”. Y volvió a cerrar la puerta. Yo estaba tan concentrado en mi película que, la verdad, no le entendí nada de lo que me había dicho. Continue viendo el final de la película. Pasaron unos minutos y una vez que terminó la película, apagué el televisor y empecé a notar un extraño silencio en mi casa que me llamó la atención. Me bajé de la cama y al escuchar como una especie de murmullo que venía de la calle, me asomé por la ventana de mi habitación que daba a la calle. Lo que vi nunca lo podré olvidar. Había cientos de personas paradas en la calle mirando mi casa y mirándome aterrorizadas a mí. Todas las personas en la calle me gritaban que saliera rápido, ¡que mi casa se incendiaba! Distinguí entre la gente a mi esposa y a mis hijos. Inmediatamente recordé que mi hija había pronunciado la palabra “incendio” y automáticamente mi corazón empezó a latir aceleradamente y pensé “¡se incendia mi casa!”. Salí rápido de mi habitación. Sería cerca de las seis de la tarde y ya atardecía. Mi casa estaba media a oscuras y no había literalmente nadie. Lo único que pensé fue en apagar luces, desenchufar cables y llevarme mi laptop con toda la información con la cual trabajaba. Si se incendiaba mi casa, lo que tenía de más valor estaba en mi PC. Mi familia ya estaba a salvo afuera así que bajé al primer piso, la verdad no olía a quemado ni vi fuego alguno… hasta que salí a la calle. Al mirar hacia mi casa, lo vi todo. El tercer piso de mi casa en llamas ¡de más de tres metros de altura! ¿Qué estaba sucediendo?

Resulta que poco antes de la seis de la tarde, un miembro del Serenazgo de Miraflores vio que del tercer piso de mi casa asomaban llamas de fuego cada vez más grandes y harto humo. Rápidamente tocó el timbre de mi casa. Uno de mis hijos le abrió y le preguntó si estaban haciendo una parrillada en la azotea de mi casa pues se veían grandes llamaradas. Mi hijo subió a la azotea -mientras yo veía plácidamente mi película- y efectivamente dos habitaciones del tercer piso estaban en llamas, la ropa colgada del tendal ardía, etc. A mi hijo no se le ocurrió mejor cosa que patear la puerta de una de las habitaciones en llamas que estaba cerrada, para salvar el pato que él estaba criando y que vivía en ese cuarto. Obviamente que al caer la puerta e ingresar oxígeno, las grandes llamaradas que salieron no lo devoraron de milagro. Pudo cargar al pato y bajar corriendo, avisando que salieran todos rápido. Y todos salieron, menos este humilde servidor que estaba terminando de ver plácidamente su película. Ni enterado de lo que pasaba.

Cuando salí a la calle, lo primero que teníamos que hacer era llamar a los bomberos. El señor de Serenazgo no sabía el teléfono y fue uno de mis hijos de ocho años quien le dijo: “Es el 116”. Los bomberos de la 28 de Miraflores vinieron rápidamente, en cuestión de minutos. Me pidieron que los acompañara para guiarlos hasta el tercer piso. Los bomberos me siguieron hasta el tercer piso por la larga escalera de caracol que partía de la cocina. Al llegar al tercer piso, literalmente me encontré con un muro de fuego y humo. Era infranqueable. Me hice a un lado y los bomberos, bien equipados, con el traje adecuado y máscaras con tanques de oxígeno se sumergieron en el fuego y el humo. Me quedé helado. No los vi más. Luego apareció otro bombero para decirme que por ahí no podían subir la manguera, que había que subirla por afuera con un gancho. Mientras tanto regresé al primer piso para bajar la llave de la luz general. Lo hice hasta que me di cuenta de que mis dos autos estaban en el garaje y sin electricidad no podría abrir el portón del garaje. Si el fuego bajaba, se incendiarían y volarían los autos. Hice acopio de fuerza y levanté el portón con la fuerza de mis brazos. Los bomberos subieron la manguera con un gancho y luego de casi dos horas de incendio, apagaron el fuego. Menos mal que el incendio no se propagó al segundo y primer piso de la casa.

Luego de agradecer a los bomberos por su estupendo trabajo, miré mi tercer piso bajo treinta centímetros de cenizas y humedad por el agua. La casa obviamente quedó a oscuras. Comimos unos sanguches e intentamos dormir esa noche iluminándonos con velas y linternas. Sin embargo, a eso de las 3am de la madrugada, sentí que aporreaban la puerta de mi casa. Era un miembro de Serenazgo para avisarnos que el fuego ¡Se había reavivado en el tercer piso! Mientras llamamos a los bomberos nuevamente, subí con el serenazgo a la azotea y conecté la manguera de mi jardín y con el agua que salía pude aguantar el fuego hasta que llegaron los bomberos quienes terminaron de apagar el fuego reiniciado. A veces las brasas vuelven a prenderse, me indicaron. Luego nos explicaron que el incendio se debió a un corto circuito en la iluminación del tercer piso. Durante las semanas siguientes hubo que recablear toda la casa.

Vivir un incendio no se lo deseo a nadie. Es aterrador. Han pasado diez años. Hoy mi hijo mayor es desde hace un par de años, bombero voluntario miembro de la Bomba 28 del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú en Miraflores. Mi hijo acude a atender y apagar incendios todas las semanas, la mayoría no tan graves, pero algunos sí muy grandes como el reciente incendio en Barrios Altos, que ha dejado tres edificios completamente destruidos y otros dos parcialmente afectados. Hoy ya se ha convertido casi en algo “normal”, el tener incendios todas las semanas en diversas partes de la ciudad de Lima sin que las autoridades y el gobierno se inmute. El pasado jueves 6 otro incendio ocurrió en el centro de Lima, cerca de la plaza San Martin. Siempre le pregunto a mi hijo, por que es un tema que me preocupa mucho: si el incendio de Barrios Altos, ocurrido en un almacén informal en el Cercado de Lima, ha mantenido ocupados a un gran número de bomberos voluntarios de diversas bombas de Lima por varios días, turnándose y sin darse abasto e inclusive con falta de agua, ¿Qué sucederá en Lima cuando se produzca un terremoto de grado 7 o más, y ocurran varios incendios a la vez en Lima? Si con un solo incendio han tardado varios días en controlarlo, con falta de agua inclusive y han necesitado, como tantas otras veces, la ayuda de varias bombas, ¿Cómo van a hacer los bomberos voluntarios del Perú para apagar cincuenta incendios al mismo tiempo, más hoy que hay tuberías y cañerías con gas natural en diversas zonas de Lima? ¡Esto va a parecer el incendio de Roma en la época de Nerón!

A modo de conclusión, el país no puede continuar con un “sistema” de lucha contra incendios con un cuerpo de bomberos voluntarios verdaderamente heroico, pero sin remuneración alguna, mal equipados, con la mayoría de sus vehículos en mantenimiento o con falta de repuestos, los cuales tienen que recurrir a las pocas donaciones que reciben o a los propios recursos económicos particulares de cada bombero, para poder adquirir un equipo adecuado que lo proteja del fuego, salve su vida y le permita salvar vidas. ¿Qué espera el gobierno o el Congreso de la República para crear una institución de bomberos con un presupuesto asignado y recursos que le permitan pagar, entrenar y equipar bomberos ya de carrera, para que puedan atender debidamente los casos de incendios en Lima, tal como ocurre en otros países? Lima es una ciudad casi tugurizada, construida en gran parte basada en la informalidad más absoluta. Así como un terremoto -Lima está en una zona altamente sísmica-, también los incendios pueden causar gran pérdida de vidas humanas y colapsar una ciudad. Ya basta de tanta irresponsabilidad, negligencia y dejadez por parte del gobierno. Los bomberos voluntarios -esos heroicos hombres de rojo- hacen lo que pueden y les debemos muchísimo, pero no se dan abasto. Se debe afrontar y solucionar esto ya. No esperemos a que sea demasiado tarde.

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