Desde inicios de la guerra entre Rusia y Ucrania las opiniones se dividen en narrativas con argumentos, verdades y omisiones. De un lado están quienes justifican la intervención de Rusia como reacción legítima a la expansión de la OTAN por la injerencia occidental. Del otro, la demonización de Rusia sin matices, agrediendo a Occidente en el conflicto. Ambas posturas, sustentadas en hechos verificables, presentan omisiones, distorsionando una compleja realidad.
La narrativa prorrusa justifica la invasión de Ucrania en respuesta a provocaciones por la expansión de la OTAN y la injerencia de Estados Unidos en política ucraniana. Sostienen que, desde la caída de la URSS, Occidente rompió supuestas promesas de no extender la OTAN hacia el este, acercándose a fronteras rusas. Afirman que Víktor Yanukóvich fue derrocado en 2014 con la intervención de Estados Unidos y la Unión Europea, buscando un gobierno alineado con sus intereses. Defienden las intervenciones en Crimea y Donbás para proteger a los rusoparlantes ante políticas discriminatorias impuestas por Kiev. Denuncian una doble moral de Occidente, interviniendo en Irak, Libia y Afganistán, mientras sancionan a Rusia.
Esta postura minimiza el autoritarismo y violaciones de Derechos Humanos rusos. Existen pruebas de crímenes de guerra, bombardeos a civiles y ejecuciones extrajudiciales. Aunque la expansión de la OTAN pueda ser una provocación, no justifica invasiones militares o la anexión de territorios. La narrativa de protección a poblaciones rusoparlantes recuerda argumentos del pasado con paralelismos peligrosos, negando el derecho ucraniano a tomar decisiones soberanas sobre política exterior y sus alianzas.
La narrativa opuesta critica a Rusia como único agresor sin matices, que Occidente actúa en defensa de la democracia y el orden global, argumentando que la invasión de Ucrania viola el derecho internacional y que Putin hace peligrar la seguridad europea para recuperar territorios soviéticos. Plantean que la OTAN no es una amenaza sino una alianza defensiva, acogiendo a países motivados por el temor a la influencia rusa. Ucrania es vista como una nación que lucha por la democracia frente a un régimen autoritario.
Esta postura ignora la injerencia occidental en la política ucraniana, financiando movimientos y cambios de gobierno favorables a sus intereses. Oculta intervenciones militares de Estados Unidos en otras naciones justificadas con premisas similares, u operaciones militares fuera del ámbito tradicional de la OTAN. Simplifica el papel de Ucrania, ignorando problemas internos, corrupción o grupos ultranacionalistas.
Ambas narrativas excluyen una alternativa: la neutralidad ucraniana. Situada entre Rusia y Europa, zona de fricción histórica entre Oriente y Occidente, Ucrania puede convertirse en un punto de equilibrio geopolítico similar a Finlandia durante la Guerra Fría, conservando su soberanía sin alinearse con ningún bloque.
La polarización descarta la neutralidad como ingenua o inviable; avalando la integración total de Ucrania a Occidente para garantizar seguridad, o, por el contrario, que proteger los intereses rusos hacen necesario el control directo de su vecino.
Más allá del debate, el riesgo es la violación de la soberanía de un Estado haciendo peligrar el futuro de las relaciones internacionales. Si la anexión territorial por las armas se acepta como hecho consumado, otras naciones optarán por la misma vía. China y Taiwán, India y Pakistán, conflictos en África y América podrían activarse haciendo irrelevante la diplomacia ante el poder militar.
La solución de conflictos solo es posible mediante el diálogo. En un acuerdo sostenible las partes deben hacer concesiones, sin intransigencia, priorizando una estabilidad de largo plazo, promoviendo la coexistencia. Este conflicto demuestra que sin acuerdos sólidos la paz nunca será duradera. Las victorias militares tienden a reactivar las guerras con el tiempo, perpetuando ciclos de violencia.