Escrito por 09:42 Opinión

Quien nombra, gobierna, por Manuel Sotomayor

Por qué el argumento correcto lleva dos años perdiendo frente a una consigna de tres palabras, y qué haría falta para revertirlo.

La etiqueta «leyes pro crimen» lleva más de dos años circulando. Analistas políticos la refutaron con rigor, penalistas de litigio la desmontaron artículo por artículo, y desde entonces se ha sumado una serie creciente de voces técnicas haciendo, cada una por su cuenta, la misma corrección. El argumento existe, es correcto, se ha repetido, y sigue perdiendo. Eso obliga a una pregunta más incómoda que quién tiene la razón: por qué tener la razón no basta, y por qué a un lado del espectro le cuesta tan poco fabricar una consigna precisa mientras al otro le cuesta años reaccionar.

La respuesta está en cómo se conquista la hegemonía cultural: antes que el poder político, y colonizando el lenguaje cotidiano en lugar de las instituciones formales. Quien controla la frase que describe un fenómeno controla la mitad del argumento. Nadie discute si «ley pro crimen» es verdad, porque la discusión ya empezó dentro de ese marco. Esa eficiencia no es superioridad intelectual. Es una inversión de décadas —universidades, sindicatos, organizaciones civiles y una cultura militante que trata la consigna como un producto que se diseña, se prueba y se repite en coro por decenas de voces simultáneas—.

La lentitud del otro lado es estructural, y tiene cuatro raíces.

La primera es una falacia tan antigua como el liberalismo mismo: creer que un argumento correcto se impone por su propio peso. Es una fe respetable en la razón pública, y una entrega gratuita del terreno al adversario, que no comparte esa fe ni la necesita para ganar. Nadie pierde una elección por no haber publicado el mejor informe. Se pierde por no haber ocupado la frase que después todos repiten.

La segunda es filosóficamente coherente y tácticamente suicida. El liberalismo desconfía por principio de la disciplina de mensaje, porque valora la disidencia individual y sospecha de todo diseño colectivo del discurso. Conviene nombrar la contradicción completa: el mismo liberal que defiende el orden espontáneo del mercado aplica ese principio al mercado de las ideas y confía en que la mejor frase emergerá sola de la competencia libre de argumentos. El adversario no juega ese juego. Juega uno constructivista, y ahí el orden espontáneo pierde como perdería una economía sin coordinación alguna frente a un planificador disciplinado. Defender el mercado y desertar del lenguaje es la misma inconsistencia con dos nombres.

La tercera raíz es la jerarquía de prestigio del campo técnico. Un penalista gana reputación citando el artículo 317 con precisión, no inventando una frase memorable. Existe en el gremio intelectual una incomodidad con el lenguaje llano, como si la claridad fuera una vulgaridad impropia del oficio. El costo es concreto: mientras el experto pule la nota técnica, el adversario ya nombró el fenómeno, y todo lo que venga después llega discutiendo en los términos que el otro fijó primero. Quien nombra primero no gana la discusión: decide en qué terreno se dará.

La cuarta debería preocupar más a quien piensa en términos institucionales, porque no es escasez de análisis sino ausencia de una función. El Perú no carece de centros de estudio ni de columnistas serios. Carece de alguien dedicado a traducir el análisis correcto en una frase que compita en el mismo terreno que la consigna adversaria. No falta razón. Falta arquitectura.

Y hay un corolario todavía más incómodo: la inteligencia no protege contra la irrelevancia estratégica. Se puede tener razón, publicarla con rigor y perder igual, porque el rigor persuade a un lector ya dispuesto a leer con atención, y la consigna adversaria no necesita ese lector. Le basta con cualquiera que escuche una vez, en una cola de banco o en la radio del taxi. El patrón se repite en cada debate: la trampa del canon tardó años en instalarse frente a «más dinero para las regiones mineras», y el retiro de las AFP se defendió con series estadísticas mientras «es mi plata» ya había ganado la calle.

Revertirlo no exige otro centro de estudios; exige integrar esa traducción al análisis desde el primer día, no añadirla al final como resumen ejecutivo. Que cada informe salga con su versión de diez segundos ya lista. Que se pruebe antes de publicarla, como se prueba cualquier producto destinado a circular. Que se repita en coro por varias voces, no una sola vez desde una sola pluma. Y que se abandone la culpa por hacerlo, porque nombrar con precisión lo que uno defiende no es propaganda: es la condición mínima para que el debate ocurra en términos propios y no prestados.

Puestos a practicar lo que se predica, aquí va la respuesta a «leyes pro crimen», y cabe en el mismo espacio que la acusación: leyes pro inocentes. Quien la encuentre burda tiene toda la razón, y ese es exactamente el punto. La otra también lo era, y lleva dos años ganando.

Ganar la batalla cultural no es escribir mejor.

Es organizar la repetición.

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Manuel Sotomayor

Manuel Sotomayor

Expresidente de la CONFIEP

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Last modified: 22 de agosto de 2026
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