A catorce días del 12 de abril, el tablero electoral peruano muestra varios candidatos que compiten por el mismo espacio de pantalla. Lo que no muestra con igual claridad es la red que los conecta: trayectorias compartidas, circuitos comunes y apuestas cruzadas. Esa red —identificada en el lenguaje político como el movimiento caviar— no se presenta en estas elecciones como un bloque unificado, sino como una estructura distribuida, con presencia simultánea en múltiples candidaturas, jugando al esquema de la dispersión.
Aquí reconstruimos esta arquitectura.

I. El punto de partida: cuatro años fuera del poder
Diciembre de 2022 marcó un punto de quiebre. La caída de Pedro Castillo desarticuló a la izquierda radical, pero también arrastró consigo al sector liberal-progresista que había operado como bisagra entre el interior del país y el establishment limeño.
El llamado espacio caviar —funcionarios, académicos, consultores y periodistas formados en circuitos como la PUCP y la cooperación internacional— no fue el núcleo del gobierno de Castillo, pero sí formó parte del entorno institucional previo: participó en los gobiernos de Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra, ocupó posiciones técnicas clave y contribuyó a la narrativa de gobernabilidad.
Tras el colapso de ese ciclo, el sector quedó sin candidato propio, con menor presencia estatal y con un electorado que dejó de diferenciar entre sus distintas expresiones. La respuesta no fue la reorganización en torno a un liderazgo único, sino una estrategia distinta: dispersión.
II. Los candidatos: dónde están y qué representan
Alfonso López Chau — El candidato del sur
Según la última encuesta de CPI de marzo, Alfonso López Chau de Ahora Nación ocupa la tercera posición en intención de voto con un 6.6%, solo detrás de Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori. Es el dato más relevante de esta elección para quienes siguen el movimiento caviar: el primer candidato de este campo que logra consolidarse como opción real en toda una macrorregión.
Grupos como Patria Roja y el Nuevo Perú de Verónika Mendoza iniciaron conversaciones con la agrupación socialdemócrata Ahora Nación, liderada por el rector de la Universidad de Ingeniería Alfonso López Chau. Esas conversaciones no prosperaron en una alianza formal, pero revelan el peso que López Chau tiene como articulador en el campo progresista. Su fuerza no viene de Lima. En el simulacro de Ipsos, el mayor porcentaje lo obtiene en el centro con 14.4% de votos válidos, seguido de la zona sur: la misma franja geográfica que en 2021 dio la primera vuelta a Pedro Castillo. Que un economista formado en la tecnocracia estatal —ex rector de la UNI, ex director del BCR— capture ese electorado no es un misterio. López Chau abrió las puertas de la UNI a los manifestantes de las protestas de enero de 2023. Ese gesto fundó su candidatura antes de que esta existiera formalmente.
Jorge Nieto Montesinos — El ascenso más rápido de la campaña
Jorge Nieto protagonizó uno de los crecimientos más marcados en las encuestas: partió de un 0.2% de intención de voto en enero hasta alcanzar el 4.6% en la medición de mediados de marzo, es decir, creció más de cuatro puntos porcentuales en un mes. En el simulacro de Ipsos llegó al 5.4% de votos válidos, mientras que en la encuesta de ATIK alcanzó el 5.9%, superando a López Chau. Nadie en la campaña ha crecido más rápido en menos tiempo.
Su perfil es el de un operador institucional de largo aliento. En los años setenta e inicios de los ochenta, militó en partidos de izquierda como el Partido Comunista Revolucionario. Décadas después sería ministro de Cultura y luego de Defensa durante el gobierno de Kuczynski, del que renunció cuando se produjo el polémico indulto a Alberto Fujimori. Ese gesto —la renuncia como acto de principio— se convirtió en su capital político más duradero. Hoy se presenta como el candidato de la gestión sobria y la institucionalidad, con un electorado que destaca entre los jóvenes de 18 a 24 años, donde alcanza el 15.3% de respaldo. Es decir: el exmilitante marxista que renunció por principios ahora lidera entre la generación que no sabe quién fue el PCR.
Fiorella Molinelli — La tecnócrata bajo fuego judicial
Economista de la PUCP, doctora en Gobierno y Política Pública, exministra de Desarrollo e Inclusión Social y expresidenta de EsSalud durante el gobierno de Kuczynski. Su trayectoria se caracterizó por su rol técnico y de gestión en la administración pública. Hoy postula bajo el partido Fuerza y Libertad con un discurso de reforma institucional y lucha contra el crimen.
Lo que no ha podido controlar es el calendario judicial. La jueza del 30° Juzgado de Investigación Preparatoria Especializado en Corrupción de Funcionarios y Crimen Organizado dictó el auto de enjuiciamiento contra Molinelli y otros doce imputados, en el proceso penal por presunta colusión agravada en la concesión del Nuevo Aeropuerto Internacional de Chinchero. La Fiscalía solicita para ella una pena privativa de libertad de 10 años, además de 10 años de inhabilitación para ejercer función pública. La resolución llegó el mismo día en que Molinelli participaba en la segunda jornada del debate presidencial. La candidata calificó la situación como una “clara muestra de la politización de la justicia”, señalando que la información se hizo pública el mismo día en que le correspondía participar en el debate.
La escena resume la paradoja Molinelli: una candidata que en el debate pide capturas en 90 días y acusa al sistema de estar podrido, mientras enfrenta ella misma un juicio oral con pedido de 10 años de cárcel. Es, de todos los candidatos de este campo, el perfil más políticamente vulnerable —y el que más incómoda al ecosistema caviar, porque refleja la cara del technocrat comprometido que ese mundo ha intentado dejar atrás.
El episodio del podcast La Encerrona es la evidencia de esa incomodidad. En su visita al espacio de Marco Sifuentes —el periodista más asociado a la narrativa liberal progresista en Lima—, Molinelli recordó públicamente el vínculo de Sifuentes con Susana Villarán, cuyo hermano Ricardo Sifuentes fue regidor durante la gestión de la exalcaldesa. El momento circuló en redes con el título «la candidata le sacó unos recuerditos a Ocram». No fue un debate político. Fue una familia política marcando territorio dentro de su propia casa.
Marisol Pérez Tello — La conservadora que el movimiento adoptó
Militante del Partido Popular Cristiano durante 35 años, Marisol Pérez Tello renunció al PPC en 2022. En 2024 impulsó el proyecto político Lo Justo, que al no lograr inscripción como partido se integró a Primero La Gente, agrupación que la eligió candidata presidencial en diciembre de 2025.
Su trayectoria complica la etiqueta. Pérez Tello es socialcristiana de formación, lo que la coloca técnicamente fuera del campo caviar. Pero su red de relaciones —fue ministra de Justicia de Kuczynski, comparte circuitos académicos con la PUCP y la USMP, postula por un partido que reúne activistas de derechos humanos y gestores públicos de los gobiernos intermedios— la inscribe en el mismo ecosistema. En las semanas previas al debate, intensificó su presencia mediática centrando el discurso en la inseguridad ciudadana y la reforma judicial, articulando un mensaje que busca a la mujer limeña de clase media como electorado prioritario. Según el simulacro de Ipsos de marzo, figura practicamente con un 0%: su candidatura es, en términos de probabilidades matemáticas, marginal. Pero su presencia en el debate le garantiza plataforma, visibilidad y —si cualquiera de los candidatos del campo pasa a segunda vuelta— poder de negociación para el periodo poselectoral. Ojo que ya deslizó en una entrevista con Juliana Oxenford para La República que le daría su voto a Alfonso López Chau.
Mesías Guevara — El partido del expresidente interino
El Partido Morado, que lleva a Mesías Guevara como candidato presidencial, es el vehículo más explícitamente vinculado al caviarismo: es el partido de Francisco Sagasti, el expresidente interino que fue calificado de «filoterruco» por López Aliaga. Guevara, exgobernador regional de Cajamarca y expresidente de Acción Popular, es una figura de provincia con historia en la centroderecha —lo que lo hace, paradójicamente, más presentable en el interior del país que candidatos más limeños de este campo. Su candidatura tiene escasa penetración en las encuestas, pero el partido tiene estructura, financiamiento y una agenda de reforma constitucional que actúa como paraguas ideológico del campo liberal.

III. La red parlamentaria: presencia transversal
Más allá de la contienda presidencial, el movimiento despliega una estrategia en el nuevo Congreso bicameral.
El caso más ilustrativo es la alianza Venceremos, integrada por sectores de izquierda radical. Su candidato presidencial es Ronald Atencio, quien reemplaza a Guillermo Bermejo tras su condena por terrorismo.
En sus listas parlamentarias aparece Sigrid Bazán, elegida en 2021 con Juntos por el Perú. Su candidatura a la reelección por esta alianza refleja una lógica de inserción transversal en distintos vehículos políticos.
Junto a ella figura Gahela Cari, integrante de Nuevo Perú, quien ha planteado propuestas como la reforma integral del sistema de seguridad.
Estos casos muestran una dinámica recurrente: la colocación de figuras con alta visibilidad en listas parlamentarias diversas, asegurando presencia legislativa independientemente del resultado presidencial.
IV. La competencia: fragmentación y oportunidad
De acuerdo con el análisis de Juan Carlos Ruiz Rivas (ATIK) en el Diario Expreso, cinco candidatos tienen opciones reales de pasar a segunda vuelta. Tres de ellos —López Chau, Nieto y Sánchez— provienen de un mismo campo ideológico con matices.
En paralelo, el voto de derecha se distribuye entre Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori, ambos alrededor del 11–13%. La fragmentación abre un escenario en el que un candidato con menos del 10% podría acceder al balotaje.
El universo de indecisos —31.9%— y el voto blanco o nulo —14.8%— se concentra en regiones donde estos candidatos tienen mayor margen de crecimiento.
V. Lo que no se ve
La narrativa pública se ha centrado en la disputa entre la derecha y la crisis de la izquierda radical. Lo que queda fuera es la dimensión parlamentaria y de largo plazo.
El movimiento no apuesta exclusivamente a la presidencia. Busca construir una presencia legislativa distribuida: escaños en distintas bancadas que puedan articularse posteriormente.
Esta lógica reduce el riesgo electoral. Si varias agrupaciones obtienen representación, el conjunto mantiene capacidad de influencia.
También persiste su presencia en espacios no electorales como medios digitales, consultorías, organismos internacionales y redes académicas. Estos circuitos permiten incidir en la agenda pública y formar cuadros técnicos.
Finalmente, está el periodo poselectoral. La experiencia reciente muestra que gobiernos sin mayoría parlamentaria recurren a equipos técnicos con experiencia estatal y conexiones internacionales. Esos cuadros, en gran medida, provienen de este mismo ecosistema.
En ese sentido, la elección del 12 de abril no define únicamente quién gobierna, sino qué redes estarán disponibles para sostener ese gobierno.
El movimiento caviar no aparece como una fuerza unificada en la boleta. Aparece, más bien, como una estructura que se distribuye, se adapta y permanece.
