Al 99.6% del conteo oficial de la ONPE, dos discursos se levantan y colisionan en el polo derecho del tablero político: aceptar los resultados y avanzar con Keiko Fujimori hacia una segunda vuelta, o rechazar de plano todo resultado de la ONPE y criticar, incluso con dureza, toda voz discrepante.
El problema de esta última posición no radica únicamente en la falta de sustento legal para anular la totalidad del proceso electoral. Su mayor debilidad es que termina por dilapidar el poco sentido estratégico que aún le queda a la derecha.
Las elecciones generales de 2026 nos han dejado una lección incomoda: quizá el mayor antivoto no es el antifujimorismo, sino el “anti-Lima”. Esa resistencia —o identidad por oposición— tiene raíces en las fracturas históricas que el centralismo ha abierto entre la capital y el resto del Perú. Así se explica por qué nunca un alcalde de Lima ha podido llegar a la presidencia. Ni Luis Bedoya Reyes, con el PPC, ni Alfonso Barrantes Lingán, con la Izquierda Unida, consiguieron romper esa barrera hermética e intransigente.
Rafael López-Aliaga no hizo una buena campaña. Lejos de irradiar un mensaje de esperanza, quedó atrapado en confrontaciones estériles: contra otros candidatos de derecha y contra viejos fantasmas de la política nacional —Susana Villarán, Gustavo Gorriti, entre otros—. Esa estrategia terminó ahuyentando a buena parte de sus votantes hacia Nieto Montesinos, Carlos Álvarez y Carlos Espá. A pesar de haber tenido una vasta presencia de personeros en provincia —como acredita su abogado, Wilber Medina—, no lograron ganar en ninguna región fuera de Lima.
Tal vez la explicación más precisa —aunque para muchos insoportable—, sobre el fracaso de Renovación Popular sea su incapacidad para convencer al elector. A diferencia de Alan García o Alberto Fujimori, esta nueva fórmula celeste de “derecha ilustrada” simplemente no logró conectar con la población, con el ciudadano de a pie.
Keiko Fujimori, por su lado, ha conseguido recuperar regiones que no se pintaban de naranja desde 2011, cuando la hija del entonces recién condenado expresidente apareció por primera vez como candidata presidencial. Lejos del ruido que hoy se levanta en el Campo de Marte, hay un dato político que no puede ignorarse: el fujimorismo conserva respaldo popular.
De las 4,700 mesas de serie 900k, Keiko Fujimori ganó casi en 1,000. Una cifra que derrumba el relato de que esa serie solo favoreció a la izquierda. El fujimorismo no solo es fuerte en el interior, sino que llega hasta los lugares más recónditos del Perú. Ahí se entiende por qué ha sido el rival histórico de la izquierda popular. Y aunque pueda resultar inaceptable, es muy difícil que la derecha encuentre hoy un candidato más popular que la hija de Alberto Fujimori. Incluso cuando pierde, Keiko aglomera a una masa electoral que no necesariamente se define como de derecha, pero que sí reconoce en el fujimorismo una identidad política.
A esto se suma otro elemento decisivo: la composición del nuevo Parlamento es claramente favorable para una derecha que actúe de manera coordinada. Fuerza Popular ha conseguido 22 escaños en la cámara de Senadores y Renovación Popular 8. Un total de 30 curules para la derecha. Bastaría convencer a uno de los parlamentarios de OBRAS o del Buen Gobierno para poder legislar con mayoría simple. Pero solo con esas dos bancadas son suficientes para bloquear cualquier reforma constitucional o cualquier barbaridad que plantee Juntos por el Perú con el BCRP o con la JNJ.
Sin embargo, este análisis parece sonar a blasfemia entre quienes exigen la anulación total del proceso electoral. En los últimos encuentros de manifestantes en la Av. De la Peruanidad, en el Campo de Marte, lejos de promover un mensaje de unidad ante la adversidad, López-Aliaga, junto a varios de sus virtuales congresistas, han optado por abrir fuego contra Keiko Fujimori. Insultos y críticas en manifestaciones, entrevistas y redes sociales que terminan por hacerle el juego a la izquierda.
Lo cierto es que casi al 100% de actas contabilizadas, y ante la falta de elementos probatorios que puedan anular la totalidad del proceso electoral, la derecha debe enfocar sus esfuerzos en evitar cometer los mismos errores de la segunda vuelta de 2021, y entender que la división y la denigración no suman votos, los espantan. La esperanza, la integración y la alegría, ganan elecciones. Lo vimos en otros tiempos, cuando la política aún tenía dirigentes capaces de convencer.
La derecha, en consecuencia, debe dejar de actuar desde la pasión y la pulsión insurgente. Esa no ha sido nunca su naturaleza y, además, contradice sus propios principios. A estas horas, más que gritos, se necesita cabeza fría. Más que furia, estrategia. Y más que una pelea entre quienes deberían estar del mismo lado, una comprensión del camino.
